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Portada de la novela Su Altaleza Renacida

Su Altaleza Renacida

El eco de una traición sangrienta y el abandono de su esposo, el príncipe Alejandro, junto a su hermana Valentina, marcaron el fin de su vida anterior. Tras perder a su hijo y morir en la miseria, la protagonista despierta inexplicablemente en el pasado. Con su embarazo restaurado y el conocimiento de la crueldad que vendrá, decide cambiar su destino. Esta segunda oportunidad será el inicio de un plan meticuloso para ejecutar su venganza contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 3

Al día siguiente, mientras supervisaba los preparativos para la cena, llamé a mi criada, Elena. Era una chica joven, bonita, con ojos que brillaban con una ambición apenas disimulada. En mi vida anterior, fue ella quien, sobornada por Valentina, cambió mi tónico nutritivo por una hierba que debilitó mi cuerpo, haciéndome más susceptible al "accidente" que me costó la vida.

La recordaba perfectamente, llorando falsamente sobre mi cuerpo sin vida, ya disfrutando de la recompensa que Valentina le había prometido.

Elena entró e hizo una reverencia. "Alteza, ¿me mandó llamar?"

La observé por un largo momento, disfrutando del poder que sentía al conocer su destino. Ella se removió, incómoda bajo mi escrutinio.

"Elena", dije con una sonrisa cálida, "has estado a mi servicio desde que llegué al palacio. Siempre has sido diligente y leal."

Sus mejillas se sonrojaron de placer. "Es mi deber, Alteza."

"Mi salud ahora es... delicada", continué, tocando mi vientre. "Necesitaré a alguien con más experiencia a mi lado. Pero no quiero que tu talento se desperdicie." Hice una pausa dramática. "He pensado que podrías servir directamente al príncipe. Él necesita a alguien joven, enérgica y atenta como tú."

Los ojos de Elena se abrieron de par en par, una mezcla de shock e incredulidad. Servir al príncipe directamente era un ascenso inmenso, una oportunidad para ganar favor y quizás, algo más. Vi la codicia florecer en su rostro, la misma codicia que la había llevado a traicionarme. Perfecto.

"¿Yo... Alteza? No sé si soy digna..."

"Tonterías", la interrumpí con amabilidad. "Eres más que digna. Confío en ti. Ve, se lo comunicaré al príncipe."

Ella se arrodilló, abrumada. "Gracias, Alteza. ¡Gracias! ¡Le serviré con toda mi vida!"

"Lo sé", respondí en voz baja, mientras ella salía corriendo, sin duda para compartir las buenas noticias.

Más tarde, busqué a Alejandro en su estudio. Estaba revisando unos documentos, pero su atención era superficial. Su mente estaba en otro lugar. Probablemente en Valentina.

"Alejandro", dije suavemente desde la puerta.

Levantó la vista, su expresión se suavizó al verme. "¿Sofía? ¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?"

"Estoy perfectamente. Solo venía a hablarte de un asunto doméstico." Entré y me acerqué a su escritorio. "He estado pensando en mi personal. Con el embarazo, necesitaré a mi vieja nodriza cerca. Pero mi criada actual, Elena, es muy capaz. Es una pena desperdiciarla."

Él arqueó una ceja, sin interés. "¿Y?"

"Pensé que podría servirte a ti", dije, como si la idea acabara de ocurrírseme. "Es lista, rápida y muy discreta. Sé que a veces necesitas a alguien de confianza para... recados especiales."

Alejandro me miró fijamente, tratando de descifrar mis intenciones. Un hombre tan calculador como él no creía en la generosidad desinteresada. ¿Estaba su esposa embarazada ofreciéndole una nueva sirvienta bonita para sus aposentos? Sonrió, una sonrisa torcida y cínica.

"No es necesario, Sofía. Tengo suficiente personal."

"Pero ninguno tan leal a nuestra casa como ella", insistí. "Piensa en ello como mi contribución, querido. Quiero que estés bien atendido, sin distracciones. Así podrás concentrarte en los asuntos importantes... y en nuestro futuro hijo."

Mi argumento era impecable. Apelaba a su comodidad, a su ego y le daba una excusa perfecta. Si yo, su esposa, lo aprobaba, ¿quién podría criticarlo?

Finalmente, cedió con un gesto de la mano. "Como quieras. Si te hace feliz."

"Me hace muy feliz", respondí con una sonrisa dulce. Por dentro, me reía. Lo estaba rodeando de mis peones. Elena, cegada por la ambición, sería un excelente espía y una futura fuente de conflicto.

Esa tarde, la tía de Elena, que trabajaba en la lavandería del palacio, me encontró en el jardín. Se inclinó tan bajo que su frente casi tocaba el suelo.

"Alteza, no tengo palabras para agradecerle su generosidad con mi sobrina. Nuestra familia le estará eternamente en deuda."

Su voz estaba llena de un orgullo mal disimulado. Levanté la vista de mis bordados y le sonreí.

"Elena se lo ha ganado. Espero que sirva bien al príncipe."

"¡Oh, lo hará, Alteza, lo hará!", exclamó.

Vi cómo se alejaba, con la espalda más recta que antes. Pequeños idiotas, todos ellos. Creyendo que habían ganado la lotería, sin saber que solo eran piezas en mi tablero, listas para ser sacrificadas.

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