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Portada de la novela Soy la Tercera

Soy la Tercera

El arquitecto Mateo Vargas sacrificó su herencia por Sofía, solo para descubrir una realidad desgarradora: su matrimonio de un lustro fue un engaño. Ella mantiene una familia oculta con Javier Ríos, colega de Mateo. Tras sobrevivir a un intento de asesinato por envenenamiento planeado por los amantes, Mateo resurge transformado. El hombre leal muere para dar paso a un frío ejecutor, listo para aniquilar a Sofía y Javier frente a la alta sociedad de Madrid.
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Capítulo 2

El agente inmobiliario sonreía, deslizando los planos del ático sobre la mesa de caoba.

"Es una propiedad magnífica, señor Vargas. Con las vistas al Retiro, es la joya de la corona. Solo necesitamos una copia actualizada de su Libro de Familia para finalizar la compra a nombre de ambos."

Asentí, sintiendo el brazo de Sofía en el mío.

"Por supuesto. Lo buscaré en casa esta noche."

Sofía, mi esposa desde hace cinco años, le dedicó al hombre una sonrisa deslumbrante. Ella era Sofía Luna, la carismática CEO de una de las startups tecnológicas más prometedoras de Madrid. Yo era Mateo Vargas, el arquitecto que había dejado la prestigiosa firma de mi familia para apoyarla. Para mí, ella lo era todo. Nuestro matrimonio era mi mayor orgullo, la prueba de que había tomado la decisión correcta.

Esa noche, busqué el Libro de Familia por toda la casa. En los cajones, en las cajas de documentos, en la caja fuerte. No estaba en ninguna parte.

"Qué extraño," le dije a Sofía. "No lo encuentro. Quizás se perdió en la última mudanza."

Ella se encogió de hombros, sin darle importancia.

"No te preocupes, cariño. Pide un duplicado y ya está. Es solo un trámite."

Su calma me tranquilizó. Al día siguiente, me presenté en el Registro Civil. El aire era denso y olía a papel viejo. Después de una breve espera, un funcionario con gafas gruesas tecleó mis datos en su ordenador.

Esperé pacientemente, pensando en el ático, en nuestra vida perfecta.

El funcionario frunció el ceño, mirando la pantalla. Volvió a teclear.

"¿Mateo Vargas?" preguntó, sin levantar la vista.

"Sí, ese soy yo."

"Aquí hay algo que no cuadra."

Sentí una punzada de inquietud.

"¿Qué ocurre?"

El hombre finalmente me miró, con una expresión de pura burocracia, sin emoción alguna.

"Señor Vargas, usted figura como soltero en nuestros registros."

El mundo se detuvo. Las voces a mi alrededor se convirtieron en un murmullo lejano.

"No, eso es imposible," logré decir. "Me casé hace cinco años. Con Sofía Luna. Tuvimos una gran boda."

El funcionario suspiró, como si tratara con un niño.

"Puede que tuviera una fiesta, señor. Pero no una boda legal. La señora Sofía Luna sí contrajo matrimonio hace cinco años."

Un alivio momentáneo me inundó. Un simple error informático.

"Exacto. Conmigo."

El funcionario negó con la cabeza lentamente, su mirada era directa, casi compasiva.

"No, señor Vargas. Su cónyuge legal es el señor Javier Ríos."

Javier Ríos. El nombre me golpeó como un puñetazo en el estómago. Un desarrollador de software mediocre que trabajaba para Sofía. Lo conocía. Había estado en nuestra "boda".

El funcionario me entregó un certificado de estado civil. Mi nombre, y al lado, en mayúsculas: SOLTERO.

Salí del Registro Civil como un autómata. El sol de Madrid me cegaba. El ruido del tráfico era ensordecedor. Los cinco años de mi vida, mi matrimonio, los aniversarios, los sacrificios... todo se deshizo en un instante. Era una farsa.

Cuando llegué a la puerta de nuestro apartamento, escuché la voz de Sofía a través de la madera. Hablaba por teléfono, su tono era frío y profesional, el que usaba para los negocios.

"Javier necesita mantener el estatus de casado para cerrar la ronda de financiación en California. Es solo un papel, el inversor es muy tradicional. Mateo no tiene por qué saberlo."

Hizo una pausa. Su risa fue corta y sin alegría.

"Él me adora. Nunca me dejaría. Es un tonto enamorado."

Un tonto enamorado.

La llave tembló en mi mano. Abrí la puerta. Ella se giró, sobresaltada, y colgó el teléfono rápidamente. Su rostro se transformó, adoptando la máscara de esposa cariñosa que yo conocía tan bien.

"Cariño, has vuelto. ¿Todo bien en el Registro?"

Le mostré el papel. El certificado de SOLTERO. No dije nada.

Su sonrisa vaciló por una fracción de segundo. Vio el documento, pero fingió no entender.

"¿Qué es eso? ¿Un error?"

"Tú me lo dirás," dije, mi voz era un susurro ronco.

Ella se acercó, intentó tomar mi mano.

"Mateo, debe haber una explicación lógica. Sabes cómo es la burocracia en este país."

Pero no me miraba a los ojos. Su mirada se desviaba hacia la ventana, hacia cualquier lugar menos hacia mí.

De repente, la imagen de mi padre apareció en mi mente. El día que le dije que dejaba la firma familiar para apoyar a Sofía. Su decepción. Su advertencia. "Esa mujer te está utilizando, Mateo. No ves más allá de su cara bonita."

Sofía había insistido en que mi familia nos frenaba, que su ambición era demasiado grande para el conservadurismo de los Vargas. Y yo la creí. Corté lazos con ellos por ella.

"Todo fue por esto, ¿verdad?" pregunté, la voz rota. "Alejarme de mi familia... para que nadie pudiera advertirme. Para que estuvieras sola conmigo."

El dolor en mi pecho se intensificó, convirtiéndose en una presión física. Me costaba respirar. Sentí un mareo agudo y tuve que apoyarme en la pared para no caer. Mi cuerpo entero temblaba.

Sofía corrió a mi lado, su rostro ahora una máscara de preocupación genuina.

"¡Mateo! ¿Qué te pasa? Estás pálido. Siéntate, por favor."

Me guio hasta el sofá, me trajo un vaso de agua. Su tacto, que antes me reconfortaba, ahora me quemaba la piel. Era la actuación de su vida, y yo era su único espectador.

Bebí el agua, mis manos temblaban tanto que derramé un poco. La miré. Quería gritar, quería romper cosas, pero solo sentía un vacío inmenso.

Decidí hacer una última prueba.

"El Libro de Familia original," dije con calma. "Lo he recordado. Lo guardé en la caja de seguridad del banco. Pero creo que se mojó la última vez que llovió fuerte. Quizás deberíamos ir juntos a verlo."

Era una mentira. No había tal caja. Quería ver su reacción.

El pánico cruzó sus ojos por un instante, tan rápido que casi lo pierdo. Pero se recompuso al momento.

"Claro, mi amor. Cuando quieras. Pero ahora descansa. Estás muy alterado."

Evadió la confrontación. No negó, no confirmó. Simplemente cambió de tema. Y en esa evasión, encontré mi respuesta final.

Me recosté en el sofá, cerrando los ojos. Ella me acarició la frente.

"Duerme un poco," susurró.

Fingí dormir. Escuché sus pasos alejarse, el sonido de su teléfono marcando un número. Y luego, su voz, baja y urgente.

"Javier, tenemos un problema. Creo que empieza a sospechar."

El mundo se volvió negro. No era el sueño. Era la oscuridad de una verdad que me había tragado entero.

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