Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela SOY LA PERVERSIÓN DEL JEFE  2

SOY LA PERVERSIÓN DEL JEFE 2

Ariana vuelve a Buenos Aires tras un año, convertida en una mujer distinta y fortalecida. Sebastián Vega, el empresario que antes la despreció, busca ahora su redención, pero ella solo tiene espacio para el rencor. Al ver que Ana, quien fue su mejor amiga, ocupa hoy el lugar preferido de su antiguo verdugo, Ariana inicia un plan de venganza. Entre lujos y peligros, deberá enfrentar traiciones y un pasado oscuro para evitar ser manipulada nuevamente.
Capítulos
Compartir

Capítulo 2

Intentaba no pensar en Sebastián, después de todo él seguro se estaba divirtiendo con Ana o cualquier otra mujer. De verdad, no importaba si al final, yo también tenía derecho a disfrutar de mi vida sexual.

Aunque me había olvidado de Fabián, debía admitir que sabía cómo hacerme recordar lo que habíamos hechos y al cabo de un ida y vuelta caliente, terminamos enredados en el baño del club.

—Muéstrame más—pidió y francamente yo también deseaba más.

Levanté mi vestido hasta que me lo saqué y una vez que lo tuve en ambas manos, lo coloqué detrás de su cuello y lo atrae hacia mí.

Con sus manos acariciaba mi espalda desnuda, y cada tanto bajaba a mis glúteos y me apretaba con fuerza, lo que me hacía gemir en su boca.

Meneaba las caderas sintiendo su erección acariciar húmeda mi intimidad. La abstinencia me estaba matando y no iba a esperar mucho.

Mientras él acariciaba mis glúteos, yo fui directo al grano. Le quité el cinto del pantalón, bajé el cierre de su bragueta y liberé su miembro listo para jugar en mi interior. Cuando detuve el beso, también detuve mis movimientos y con el, lo aparté para que pudiera oírme.

—¿Tienes un preservativo? —pregunté y él me miró unos segundos y carcajeó. No respondió, solo buscó mis labios para seguir besándonos, pero insistí—: Si no hay condón, no hay sexo —advertí seria y entonces él, tomó uno de su billetera.

Se lo colocó en una fracción de segundos y luego me acomodé con él dentro de mí.

La sensación de estar llena era maravillosa. Si bien usaba mis juguetes para satisfacerse no se comparaba con estar con una persona de carne y huesos.

—Eso nena, eso.

Cerré mis ojos y disfruté de ese trozo de carne dentro mío, pero él estaba más impaciente que yo y por tanto comenzó a mover mis caderas.

Me sujete de su cuello y mientras nos besábamos con desespero mis caderas se movían en círculos.

Cada tanto soltaba agresividad, aunque no lograba seducirme del todo. En mi mente no había otra persona que Sebastián y con él, su manera de llevarme al orgasmo.

—¿Te parece si te llevo a un lugar más privado? Quiero hacerte tantas cosas que aquí en cualquier momento nos sacan.

Asentí sin pensarlo. Debía sacarme la idea de que alguna vez podría volver a tener algo con el licenciado, después de todo una persona que dice querer a otra y justifica tanto daño no es buena.

Necesitaba recuperar mis deseos de disfrutar la noche y estaba dispuesta a todo.

De la mano salimos del club y ya nos esperaba en la puerta una flamante Yamaha en color negro y verde. No sabía nada de motos, pero descifré la marca porqué la tenía en la carrocería.

—¿Y tu auto?

Me di cuenta de que no sabía nada de él. Si quiera si su verdadero nombre era Fabián.

—Te dije, me lo robaron. Por eso, me compré esta bebé.

Fruncí el entrecejo. ¿A qué podría dedicarse como para pagar la fortuna que salía ese rodado? Esas como otras preguntas invadieron mi mente y como no me guardaba nada, decidí preguntar.

—¿A qué te dedicas? Digo, porque no se nada de ti.

—Tengo una concesionaria de motos. Bueno, mi padre, pero da igual, va a ser mía cuando deje este mundo. Trabajo para él en el sector de ventas y aunque quizás puedas pensar que como soy hijo del dueño puedo cambiar de rodados unas veces quieta, déjame decirte que me descuenta mensualmente las cuotas correspondientes.

Me mantuve en silencio sin dejar de observarlo y elegí creer. Solo sería un revolcón, lo que hacía de su vida no tendría que importarme, a decir verdad.

Puso en mis manos su casco y tras ponérmelo, subimos a la moto. Segundos más tarde estábamos en un bonito departamento en el centro.

—No sabía que te podía gustar el arte —dije hipnotizada por la cantidad de objetos y cuadros artísticos en todos lados.

—No, no me gusta —respondió casi de inmediato y de manera normal, lo cual me hizo sentir curiosa, porque ¿por qué tendrías tanto arte si no te gusta? Supuse que se dio cuenta de lo que había dicho, por lo que, me explicó su respuesta—: Vivo con mi hermano y él es un fanático de estas cosas.

—¿No estás solo? —De solo pensar que alguien más podría estar en la casa me hizo sentir incómoda.

—Si, se fue de viaje justamente por eso. Él se dedica al arte y muchas cosas en el departamento son hechas por él.

—A mí no me interesa tanto el arte, pero debo admitir que tiene buen talento —comenté recorriendo el lugar, hasta que sentí que sus brazos me envolvieron por atrás.

–En particular, a mí me gusta otro tipo de arte —dijo y me giró de manera brusca para atacar mi boca.

Enseguida envolví con mis brazos su cuerpo y profundicé el beso.

Tenía sus manos por todas partes y como si tuviera que ver la atmósfera del departamento, comencé a sentir aquel deseo descontrolado por acabar en un sexo depravado y salvaje.

Fui manifestando el deseo y con urgencia nos despojamos con urgencia de lo que nos estorbaba.

Algo en mi cuerpo me pedía más y por primera vez en tantos días decidí escucharlo.

Lo empujé hacia uno de los sillones en el living y caí de rodillas a sus pies. Bajé el cierre de su bragueta y tras liberar su imponente erección, me lo metí en la boca. Él recargó su cabeza en el respaldo y soltó un fuerte gemido. Sonreí por el resultado de mi accionar.

Me consideraba buena en el sexo oral, por no solo solo lo escuchaba gemir a lo alto, sino que se retorcía bajo mis manos.

Con fuerza tomó mi cabeza y comenzó a subirla y bajarla. Me ahogaba cada vez que me hacía llegar hasta el fondo y luego me liberaba para tomar aire y masturbarlo con la mano.

Me volvía loca cada vez que lo veía hacer gestos depravados y pasaba su lengua por sus labios.

Acariciaba su torso con su pene dentro de mi boca y la manera en la que se entregaba a mi placer era fascinante.

El deseo quemaba entre mis piernas y ya no soportaba por sentarme sobre su regazo.

Liberé su erección y tras recibir el preservativo de su mano, se lo coloqué y me subí a horcajadas sobre su regazo.

Meneé las cabezas lo más rápido que podía, entre tanto él apretaba mis senos con intensidad. Tomé sus manos y las crucé encima de su cabeza y me concentré en hacer bailar su dureza dentro de mí.

Cabalgaba su pene dejando que el choque de nuestros cuerpos se hiciera eco en toda la habitación.

—¡Dios que buena estas! —decía con sus dedos clavados en mi cintura y agilizando mis movimientos—. Eso es, muévete así..., así nena, así.

Sonreí al ver lo que le provocaba y me sobresalté cuando me sujetó a él y se puso de pie para acomodarme en uno de los laterales del sillón, subir mis piernas a su hombro y comenzar a envestirme con agresividad.

Cada vez que salía de mi cuerpo de un modo lento y arremetía con ímpetu me hacía ver las estrellas.

—Oh, nena. No tienes idea de cuánto deseaba este momento.

Separó mis piernas y apretó con fuerza mis senos. Mordí mi labio interior ante el gesto lascivo con su lengua.

Se acercó hacia mí e hizo algo que en algún momento me había parecido asqueroso; sin embargo, en este momento era lo más erótico y caliente que no había hecho con Sebastián. Saqué mi lengua y la comenzó a chupar.

El que hiciera eso tuvo satisfactorias sensaciones entre mis piernas. Su dureza por poco y desgarraba el útero. Este hombre era un animal y era esto lo que necesitaba. Sexo rudo y sin sentimientos de por medio.

Volvimos a la posición anterior, aunque esta vez me posicioné de espaldas y sujetándome a sus rodillas empecé a menearme.

Todo mi cuerpo se sentía libre de goce. El mismo goce que podía sentir en brazos de Sebastián, pero no era él.

Mi cuerpo lo extrañaba, pero me obligaba a olvidarlo.

Cuando Fabián me atrajo hacia él, puso su mano sobre mi clítoris y mientras seguía moviéndome, me estimulaba.

No callaba un solo grito. Tampoco él lo hacía. Los dos estábamos ardiendo como la lava de un volcán.

—Si..., si. Por favor, no pares, no pares —supliqué y llevé mis dedos a la boca. Sabía que él me estaba mirando, porque, aunque tenía mis ojos cerrados, sentía el peso de su mirada.

El calor se ramificó por todas partes. La rapidez con la que nos movíamos produjo que esas palpitaciones se intensificarán en mi zona más sensible. La humedad en exceso empapaba no sólo el látex del preservativo, sino la base de su pene.

Varias palmadas sobre el clítoris me hacían ir y volver del infierno, pero lo que mal me ponía a cien, eran las palabras sucias que me decía al oído.

—Me vuelves loco cuando me la aprietas. Tus gemidos me la ponen tan dura que duele. Te quiero llenar toda. Que chorree de tus piernas mis fluidos. Y esos pezones. ¡Dios, qué buenas tetas! —Lo escuchaba hablar y me generaba más morbo. Relamía mis labios con exageración haciendo que su excitación sea aún más fuerte—. Esta noche voy a meterme tan dentro de tu cuerpo, que solo saldré de él cuando sacie todas mis ganas.

Me encorvé y busqué sus testículos, necesitaba estrujarlos con sus manos. Pero tan pronto él lo notó, me sujetó de las piernas y se arrastró hacia delante, hasta quedar semi acostado. Más tarde sacó su pene de mi vagina y sin pedir permiso lo introdujo en mi ano.

No recordaba cuan placentero podía ser esto, que cerré mis ojos y me dejé llevar.

Ese era el tipo de relación que me importaría de ahora en más. Sin sentimientos de por medio y solo placer.

Fabián era del tipo de hombre al que aparentemente no le interesaban los sentimientos. Que vivía libremente su sexualidad y que no le interesaba exponerse a los peligros de llevar a su casa a una desconocida.

No podía decir que el amor no era para mí, era joven y sabía que en algún momento conocería ese hombre que, además de hacerme vivir una hermosa historia de amor, me lo haría de una manera obsesiva. Todavía elegía creer.

Resultó que, no tuvo que dar mucha envestidas. En una fracción de segundos volvía a alcanzar el Clímax.

Ni bien terminamos quedamos agotados sobre el sillón, y tras uno segundos en silencio nos miramos y empezó a reír.

—Qué idiota —dije incómoda. Ver reír al hombre con quien acababas de tener sexo y estando desnuda no era algo grato de tolerar.

—No seas agresiva, nena. ¿Tienes hambre? —preguntó y se pudo de pie sin importarle caminar delante de mis ojos con como si yo no estuviera allí.

—No suelo comer luego del sexo —expliqué, pero él solo ignoró mi comentario y desapareció en la cocina. Luego escuché el ruido de lo que inferí se trataba de un microondas y tras vestirme rápidamente fui hasta donde él.

—Toma lo que quieras de la heladera. Hay de todo —mencionó y se sentó a la mesa con una milanesa. Carcajee porque en mi vida había conocido a alguien que estando desnudo se pusiera a comer como si nada. La verdad, me parecía bastante divertido. No quería quedar ni como quejosa ni prejuiciosa, por lo que me senté y ya que estábamos, indagué sobre su vida— ¿No vas a comer? —preguntó con la boca llena.

—¡Ay, Fabián! Cierra la boca. Es asqueroso—. Él rio y se encogió de hombros.

—Por cierto, ¿no serás de esas locas que luego de tener sexo con un desconocido se obsesiona al punto de creerse una novia súper tóxica?

—No —dije espantada. Jamás me comportaría como ese tipo de mujeres.

—Bueno, porque quiero proponerte algo.

También te puede gustar

Portada de la novela Amor Después de la Tormenta
8.5
Las cenizas de mi abuela estaban esparcidas por el lodo. La urna rota. El lugar profanado. La lluvia fría lavaba mi rabia, pero no la apagaba. Sabía quién lo había ordenado: Damián. Él solo quería controlarme, usar a los muertos para manipular a los vivos. Mi teléfono vibró con su nombre. "¿Ya lo viste, León?" Mateo, su hombre de confianza, sonaba tenso. Apenas pude susurrar: "¿Por qué, Mateo? ¿Por qué mi abuela?" Él respondió: "Damián dice que tienes que volver." Me reí, una risa horrible. "¿Y así me lo pide?" Me amenazó: si no volvía "por las buenas" , mi abuela nunca tendría un entierro digno. Tuve que aceptarlo. Subí al auto negro que me envió su abogado. Mi regreso, sin embargo, llegó demasiado tarde. En el coche, una enfermera me dio la noticia: "Tu abuela… no lo logró." Damián estaba esperándome, impaciente. Le dije con la voz hueca: "Mi abuela… acaba de morir." Su respuesta me heló la sangre: "Era de esperarse. Si te hubieras portado bien, habrías estado con ella." La furia me cegó. Lo encaré, gritándole que él me había chantajeado. Me arrastró a la casa, me encerró en mi habitación. Entonces, Isabela, su amante, apareció, vestida de blanco. "Pobre Leoncito," dijo con voz empalagosa. "Damián dice que te mantuvo cerca porque tus ojos se parecen a los míos. Eres mi copia barata." Luego añadió: "Y lo de tu abuela… Damián dice que es una bendición. Ahora puedes concentrarte en él. O bueno, en nosotros." Enloquecí. Me lancé sobre ella. Damián entró furioso, me arrojó contra la pared. "¡No te atrevas a tocarla!" rugió, antes de golpearme brutalmente. Me dejó allí, sangrando, mientras consolaba a Isabela. Desperté golpeado, solo. Damián me obligó a acompañarlo a una gala, a fingir que todo estaba bien. Allí, vi a Isabela con la pulsera de turquesas de mi abuela. Fue la gota que derramó el vaso. Me desplomé, avergonzado y humillado. Cuando volví en mí, fui a donde Isabela dormía y vi la pulsera en su mesita de noche. Traté de recuperarla, pero Damián apareció. Me arrebató la pulsera. "¡Ya no tienes nada, León! Todo lo que eres, me pertenece." Me arrastró hasta el balcón sobre el acantilado. Lanzó la pulsera al abismo. "¡Te la daré, entonces!" Sin pensarlo, salté. El impacto fue brutal. Lo último que vi fue a Damián volviéndose hacia Isabela, la puerta del balcón cerrándose. Me había abandonado a morir. Pero no morí. Fui hallado por Ángel, un guardián de las tierras de mi abuela, y por su joven primo, Javier. Ellos me salvaron, me cuidaron, y juntos forjamos una nueva verdad. Con la ayuda de Javier, engañamos a Damián para que creyera que yo estaba muerto. Pusieron la llave del apartamento de mi abuela en un cuerpo no identificado, y Damián lo creyó. Él empezó su propio infierno. Su mundo se derrumbó. Comenzó a obsesionarse con la idea de que yo estaba vivo. Isabela, por su parte, empezó a enfermar, a consumirse misteriosamente. Un día, Mateo le reveló a Damián la verdad sobre Isabela: ella profanó la tumba de mi abuela, ella me provocó. Damián se dio cuenta de su ceguera, de su crueldad. Un año después, él me encontró. En el bosque, ante las flores de luna que señalaban mi presencia. Vino a pedir perdón, a implorar mi regreso. Pero ya era tarde. "No, no has cambiado," le dije. "Solo te quedaste sin juguetes y viniste a buscar el que rompiste." Cuando le dije que se fuera para siempre, Damián se arrodilló, destrozado. Pero la costumbre tiró más fuerte. Cuando Mateo lo llamó, diciéndole que Isabela estaba muriendo, Damián se marchó. Le di un frasco para Isabela. "No la curará," le dije, "pero detendrá la enfermedad. Su sufrimiento te mantiene atado a ella. Mi paz lo merece." Cerré la puerta. Esta vez, para siempre. Damián se fue. Intentó buscarme, enviarme regalos que siempre eran devueltos. Su imperio se desmoronó. Cinco años después, murió, solo, ahogado en su propio arrepentimiento. Yo construí una nueva vida con Ángel y Javier. Nos casamos, tuvimos una hija, Luna. Un día, Luna preguntó sobre una foto mía de joven que encontré en un viejo anuncio de "persona desaparecida" de Damián. "Nadie importante, mi amor," le dije. "Solo un viejo fantasma." El pasado estaba enterrado. El futuro, finalmente, era mío.
Portada de la novela El Casamiento Secreto
8.6
La existencia de Core se vuelve un caos cuando recibe la orden de entrevistar a su esposo, un célebre artista envuelto en polémicas. Vinculada a Winson por una deuda millonaria heredada de su padre, ella ha sacrificado su orgullo con tal de pagar lo que debe y ser libre. No obstante, pese a sus intentos desesperados por distanciarse, el influyente magnate no tiene intenciones de soltarla y hará lo necesario para mantenerla bajo su control por siempre.
Portada de la novela Enamorarme de nuevo de mi esposa no deseada
9.2
Tras tres años de desprecio y frialdad matrimonial, Belinda descubre que Lucas solo la usó para proteger a su antigua amante. Decidida a terminar con su sufrimiento, firma el divorcio y desaparece. Al pasar el tiempo, regresa convertida en una exitosa cirujana y pianista de prestigio. Su asombrosa transformación despierta un profundo arrepentimiento en Lucas, quien ahora la persigue bajo la lluvia, suplicando el perdón de la mujer que tanto lastimó.
Portada de la novela Enamórate perdidamente
9.2
Leonardo Salvatore, un poderoso empresario de 35 años, vive volcado en sus dos hijos y en el prestigio de su apellido. Su mundo, ajeno al amor verdadero, cambia al conocer a Althea Salazar. Ella es una joven de 20 años que llega a España desde Colombia, buscando escapar de un pasado tormentoso. Al aceptar el puesto de niñera, surge una conexión intensa que desafía sus temores. ¿Podrá este vínculo superar los retos o terminarán por rendirse?
Portada de la novela La novia que fue abandonada mil veces
8.2
Después de diez años organizando su matrimonio, la protagonista enfrenta el desprecio sistemático de su prometido, Kody Morgan. La reaparición de Tonya, el antiguo amor de Kody, fractura la relación cuando él decide priorizar las nimiedades de su amiga sobre su propia boda. Cansada de ser humillada y relegada a un segundo plano por un vínculo del pasado, ella opta por romper su compromiso para buscar a alguien que realmente la valore y respete.
Portada de la novela Me llamó cazafortunas, ahora no me deja en paz.
8.6
Escarlata salvó la vida de Asher y terminó ligada a él por un contrato matrimonial de tres años. Pese a renunciar a su identidad para complacerlo, solo obtuvo humillaciones y el estigma de ser una interesada. El retorno de la exnovia del magnate impulsa a Escarlata a exigir el divorcio para recuperar su autonomía. No obstante, al intentar alejarse, Asher desarrolla una obsesión posesiva, negándose a dejarla ir y reclamándola como suya.