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Portada de la novela SOY LA PERVERCIÓN DEL JEFE

SOY LA PERVERCIÓN DEL JEFE

Un magnate implacable, cuya autoridad nadie cuestiona, encuentra en Ana el primer obstáculo que no puede derribar. Ella, una futura abogada que desprecia su soberbia, termina trabajando para él por un giro del destino. En medio de un clima de hostilidad y desprecio, nace un magnetismo oscuro e inevitable. Decidido a poseer lo que se le niega, el empresario transformará su interés en una obsesión para someter la voluntad de la joven.
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Capítulo 2

Estaba ansiosa y no porque me tocaría hacer mis pasantías con un abogado como Sebastián Vega, sino porque con él aprendería mucho.

«¿A quién querés engañar? Ambas sabemos que es porque te morís de ganas por hacer realidad tus sucias fantasías»

Mi consciencia se encarga de traer a colación la cantidad de veces en que me he soñado teniendo sexo salvaje con él, aunque por lo poco o nada que se conoce de su vida privada, empiezo a coincidir en lo que dijo Ana, quizás es homosexual y por eso no se lo ha visto con ninguna mujer. Es más, recuerdo que hace unos meses, leí una nota en una revista importante del país, que lo vinculaban con un empresario importante de la moda, un tal Santiago Beltrán, con el que se había reunido en varias ocasiones y bueno, han deducido que tienen una relación sentimental, aunque francamente deseo que eso no sea real.

Con los nervios a flor de piel, decido escoger un atuendo que sea formal y sugestivo, porque deseo verme sensual, aunque claro, lo importante es la carrera, pero mentiría si dijera que no quiero que note mi presencia. Estoy ansiosa por llegar al estudio y ver que, impresión consigo de su parte.

Busco entre mis trajes formales, uno que me quede sexi, pero elegante.

Una falda por encima de las rodillas en color negro, una camisa abotonada hasta el cuello junto a un moño anudado y un saco del mismo color que la falda con botones plateados metálicos; unas medias de mi tono de piel, los tacos agujas de cuero y mi cartera de igual material y color predominante. Una cola alta, que aliso al final; hay humedad y mi cabello lo sabe. Unos aros de plata, que me regaló Ariana en mi cumpleaños, un poco de color en las mejillas, delineado sutil y labial rojo, pero no llamativo y ya estoy lista.

Pensé en si ir en mi auto, pasado de moda y desgastado por donde lo mires o ir en taxi, aunque no tengo mucho dinero, aun, no he cobrado mi sueldo y no puedo darme el lujo de gastar lo poco que tengo, así que me decido por viajar en colectivo.

Durante el viaje estuve hablando sola (Lo sé, pensaran que soy estúpida y créanme, en mi lugar estarían igual o más nerviosa) “ensayando” la manera en la que me presentaría, sin sonar lo desesperada que estoy por llamar su atención y porque me suceda lo mismo que en esas novelas que leo, cuando el millonario, se coge a la pobre o en mi caso y mi fantasía, seducir al abogado hasta tenerlo arrodillado ante mí.

«¿Y si es gay?» Me recuerda su consciencia, cosa que suplico a todos los santos porque eso no sea cierto.

Cuando estoy llegando al centro, siento mi corazón palpitar con fuerza, mis manos transpirar, mi respiración acelerarse y mis músculos contrayéndose ¡Esperen! Siento como algo me baja y me remuevo en mi asiento para disfrutar de esa sensación exquisita que me provoca el que mis fluidos “acaricien” mi ya hinchado clítoris.

Llevo mis manos al agarra mano del asiento que tengo enfrente y escondo mi cabeza entre los dos.

Estoy excitada, pensando en él me acabo de mojar y buscó, disimuladamente, intensificar el placer que me estoy regalando, al mover mis muslos y contraer mis músculos internos, cerrándolos a la nada.

El colectivo agarra un par de pozos y eso hace que salte unos pocos centímetros de mi asiento y el impacto produce que la acción de fricción entre mis piernas se sienta agradable.

Yo siempre digo, «Hay que hacerse el amor de vez en cuando, no dejarnos cohibir por lo que dice parte de la sociedad que nos juzgan y ven la masturbación como un pecado, como algo degenerativo» yo disfruto y lo utilizo mucho para desestresarme.

Con mis ojos cerrados y sumida en la sensación que todo esto me provoca, paso por alto la parada donde tengo que bajar y cuando me doy cuenta de ello, no sólo habían pasado 10 minutos y eso me atrasaba la jornada, más considerando que es mi primer día de pasantía y que no puedo llegar tarde, vamos muy mal.

Desesperada me bajo del colectivo y lo primero que hago es ubicarme.

Corrientes y Callao.

—¡Mierda!

Volver en colectivo haría que llegue todavía más tarde y tomar un taxi sigue siendo una muy mala idea ¿Qué hago?

Me paro en una esquina ¿Por qué? La verdad que espero un milagro ¿y creen? Los planetas están alineados a mi favor, o eso creo.

—Hola, preciosa.

Es normal o bien, no debería serlo, que un desconocido nos aconseja en las calles, como en este caso; un auto estacionó delante de mí y cuando bajó el vidrio de su ventana y se asomó no pude evitar suspirar.

1) Porque sinceramente estaba bueno.

2) Porque como siempre, alguna barbaridad me diría, aunque podría sacar algún beneficio.

—¿Qué queres? —respondo de muy mala gana y sin mirarlo.

—¿Queres que te lleve a algún lado, bonita?

No respondo, solo miro mi reloj y doy cuenta del poco margen de tiempo con el que cuento para llegar; él nota mi inquietud y sigue insistiendo.

—No te hagas rogar. Sabemos que estas apurada y soy tu única opción—dice, con una sonrisa de suficiencia en su rostro, que por supuesto no paso por alto. Hay que ser sinceros, el chico es lindo y aun sigo excitada—. Congreso está cortado.

De inmediato le dedico toda mi atención ¿Enserió? ¿Ahora por qué cortan?

No puedo evitar soltar un insulto mientras golpeó mi cintura con las palmas de mis manos, para luego posicionar una de ellas en mi frente.

El joven observa mi actitud y no puede evitar soltar una carcajada, yo le dedica una de “esas miradas” que podrían asesinar a cualquiera, pero a él parece no importarle.

—Por cómo estás vestida, intuyo que debes ir a un lugar importante, y por tu actitud infiero que estas llegando tarde. Vamos, yo te llevo. Sin compromiso.

Observó mi reloj y en 10 minutos ya tengo que estar en la oficina y estoy a unas 15 cuadras. Imposible llegar caminando. Aunque podría llegar corriendo… ¡NO! ¿Encima de llegar tarde, ir toda transpirar y desaliñada? No, eso no va a pasar.

Suelto un suspiro y vuelvo a observarlo mientras evalúo todas las posibilidades.

Viajar con un desconocido, pero poder llegar a tiempo con la ayuda de Dios o ir caminando y que sea lo que todos los Santos deseen.

—Vamos, no soy un asesino serial ni nada de eso —menciona y tomando en consideración todo lo que está pasando con las mujeres hoy en día, es un riesgo que no puedo tomar. ¿Y si algo me pasa? Aunque también me corre el horario.

¡Mierda, 9 minutos!

Yo sé que no debería hacer esto, y no pretendo ser ejemplo de nada así que ¡por favor, no hagan la locura que voy a cometer!

—Esta bien —admito derrotada y me subo.

—¿A dónde vamos, bonita? —me pregunta ejerciendo presión en el volante y atento a mis palabras cuando le contesto—. Bien, vamos entonces.

Suelto un suspiro y m permito bajar la ventanilla, pero él de inmediato me lo impide.

Lo primero que se me viene a la cabeza es que es un delincuente sexual y me maldigo por haberme subido al vehículo.

Internamente comienzo a gritar y mis ojos se llenan de lágrimas, rezo cerrando mis ojos y sin que me de cuenta y sin saber el por qué, él rompe en carcajadas al mismo tiempo que baja las ventanillas apretando un botón.

—¿Crees que pueda lastimarte? —inquiere y yo lo fulmino con la mirada. Entiendo perfectamente su expresión de burla, y es que lo hizo a propósito, disfrutó verme loca de los nervios por no saber qué es lo que iba a hacerme. No respondo, solo lo rebajo con la mirada y me quedó observando hacia la ventana, hasta que rompe el silencio—. Fabian, un gusto —. Veo que extiende su mano para que la tome y yo, pese a querer matarlo, pero agradecida por que me lleve hasta el estudio, estrecho su mano y con una sonrisa falsa es que prosigo a presentarme.

—Ariana —digo sin más y lo suelto y vuelvo a lo que estaba; él sigue hablando.

—¿Siempre estás molesta?

¿Estoy molesta?

¡¡¡CLARO QUE ESTOY MOLESTA!!!

Primer día de pasantía, tendría que estar sentada al lado del honorable licenciado Vega y sin embargo estoy en el auto de un desconocido…

«Pero está bien bueno, el desconocido» mi consciencia hace que mi atención se posicione en el joven que, pese a ser un idiota, no tiene la culpa de que esté llegando tarde. Hubiera traído mi auto, aunque esté feo y posiblemente no me dejen entrar al estacionamiento privado del edificio. En fin, me calmo.

—Es que estoy llegando tarde —explico mientras observo en detalle los lunares que tiene en el rostro.

—Deberías relajarte —propone y me echa una de esas miradas que puedo asegurarles hizo estragos dentro de mi ropa interior. Él lo habrá notado, porque enseguida fijó sus ojos a mis piernas, luego añadió—: ¿Te puse nerviosa?

El tono de su voz fue… ¿Sensual? No lo sé, pero debería estar ofendida. Sin embargo, me siento algo excitada.

—No, para nada —. Intento disimular lo que me provoca, pero caigo rendida tan pronto suelta un audible jadeo que hace fuerte impacto en mi zona sensible y las palpitaciones que me tenían presa en la inconsciencia regresan y no puedo evitar girarme hacia él y posar mis ojos sobre los suyos.

Por unos segundos, mientras esperábamos a que el semáforo nos deje paso, nos fundimos en una lucha de miradas.

Podía notar cómo el amarillo de sus ojos iba desapareciendo, puesto que el negro de sus pupilas iba tomando más dimensión, cuando quise darme cuenta, tenía frente a mí a un hombre cuyo rasgos y comportamiento es el de un animal salvaje que acecha a su presa, la observa en detalle, la estudia, la degusta con sus ojos y en cuanto menos se lo espera ataca.

No logro parpadear cuando se abalanza sobre mí y estampa sus labios contra los míos.

Un segundo más tarde, estamos pasando nuestras manos por todas partes.

Jadeamos.

Nos devoramos.

Deseo más.

Tomo su mano y sin mediar palabras la ubico debajo de mi falda y él comprende lo que deseo.

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