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Portada de la novela Sólo existe una delgada línea entre la venganza y el amor.

Sólo existe una delgada línea entre la venganza y el amor.

Isabella, la dedicada gestora de su patrimonio familiar, queda cautivada por la presencia de Adrien Hamilton. Tras un romance fugaz, el carismático empresario logra que ella acepte casarse sin dudarlo. Pero la ilusión se quiebra tras el viaje de novios. Al volver, Isabella descubre que la devoción de su marido es un engaño meticuloso. Su matrimonio no es más que una farsa cimentada en una mentira cruel, transformando su pasión inicial en un oscuro misterio.
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Capítulo 2

Dos años atrás:

Me siento hechizado mientras la veo acercarse, sus caderas se mueven con gracia, contoneándose  en cada paso. Sus ojos verdes y almendrados se encuentran clavados en los míos, atentos a las emociones que reflejo en mi rostro.

Su sonrisa felina me recuerda lo mucho que le gusta que la observe acercarse, como una fiera acechando a su presa, sigilosa, decidida y con cautela.

Se detiene frente a mí y toma mi mano, levanto la suya y la hago girar para admirar su belleza. Cuando vuelve a estar frente a mí, la tomo por la cintura y nos damos un beso apasionado que ella devuelve con intensidad y fiereza.

Su lengua cálida y hambrienta me envuelve, al punto de casi devorarme. La sostengo firmemente por la cintura y mis caricias se vuelven urgentes mientras recorro cada curva desde su hombro hasta su cintura, pero una chispa de conciencia me recuerda que estamos en público.

Llevo mis manos a su rostro y rompo el beso, ella abre los ojos y me mira con deseo, sus pupilas reflejaban una lujuria incontenible. Le doy un beso casto en los labios y susurro cerca de sus labios:

— Siempre logras hacerme olvidar dónde estoy, chiquita.

Ella me mira con una chispa traviesa en sus ojos, se separa de mí y mi cuerpo anhela inmediatamente su calor. Era tan fácil desear tenerla cerca.

— Te ves tan sexy allí — comienza diciendo—, logras que pierda la noción del tiempo, amor. Además — continúa diciendo mientras acorta la distancia entre nosotros —, no creo que sea un escándalo que el hijo del dueño de los hoteles Hamilton bese a su novia —. Me besa de nuevo y la rodeo con mis brazos.

Una tos seca me hace soltar a Ericka y girar para ver a Liz, mi secretaria, disculpándose con la mirada.

— Lamento molestarlo, Señor Hamilton —su vista se desplaza de mi hacia Ericka —. Vengo a recordarle la reunión que tiene programada con su padre, la cual se efectuará en diez minutos.

Ericka suelta una pequeña risa y yo la miro.

— Gracias, Liz — le respondo a mi secretaria, con la seriedad propia de un ejecutivo.

Ella asiente y comienza a alejarse por el pasillo. Tomo a Ericka de la mano y camino con ella hacia mi oficina.

— Espérame aquí, preciosa, debo reunirme con mi padre — le digo. Ella hace una mueca, la cual la hace ver adorable —. No tardaré — le prometo. Le doy un beso y luego se dirige al sillón, se sienta colocando sus piernas sobre mi escritorio, sonriéndome con picardía.

Salgo de mi oficina y me dirijo a la de mi padre. Claudia, su secretaria, asiente al verme. Toco suavemente la puerta y me dispongo a entrar.

— Pase — escucho decir a mi padre. Empujo la puerta de madera y lo veo frente a la computadora revisando algunos trámites. 

La oficina es amplia, con grandes ventanales que dejan entrar la luz natural. Está decorada con elegancia y refinamiento. Matizada en colores neutros y algunos detalles en tonos cálidos.

Mi padre, detrás de un amplio escritorio de madera, posa su mirada en mí y me indica que me siente. Al hacerlo, analizo su actitud e intuyo que está inquieto. Él devuelve su atención hacia la computadora, continuando con su labor. 

Sabía que desde el verano mi abuela había estado aún más decaída debido a su enfermedad, aunque su actitud y fortaleza la hacían parecer autoritaria cuando hablaba con alguno de nosotros.

Mi padre retira su atención de la computadora y nuestras miradas se encuentran, expectantes. Por su actitud sé que algo personal está en juego, pero si lo presionaba no conseguiría una respuesta. Al final mis sospechas se confirman.

— Hijo — comienza, frunciendo el ceño mientras lucha con sus emociones. — Se trata de tu abuela —  agrega y se pasa la mano por el cabello —. El médico dice que su situación va en decadencia y no puede pronosticar una mejora.

— Lo sé, papá. Sé que es algo duro, pero en estos momentos solo nos queda esperar. — contesto intentando consolarlo.

— Tienes razón — suspira, se sienta erguido en su silla y me mira —. Pero no es por eso que quería reunirme contigo. — Le permito organizar sus ideas sin interrupciones. — Ella posee acciones en la empresa, y es su deseo heredártelas.

Me tenso en mi asiento. Sabía que mi hermano estaba enfocado en el mundo del espectáculo y nunca mostró interés alguno por la empresa familiar. Pero no esperaba que mi abuela me cediera sus acciones, lo que me convertiría en el socio mayoritario, por encima de mi padre.

Él me observa en silencio mientras asimilo el torrente de emociones que se agolpan en mi cabeza.

— Sé que estás preocupado — continúa diciendo. Al oírlo levanto la mirada y asiento —. Pero no tienes por qué — asegura, y eso hace relajar la creciente tensión en mí —. Cómo sabes, Carl tiene sus propios intereses, alejados del negocio — hace una pausa, respira y prosigue —. Por ello, siempre he puesto mi confianza en ti como mi futuro sucesor.

Asiento nuevamente, agradecido por su confianza, a pesar de no haber dedicado el esfuerzo necesario en el cargo que poseo.

— Gracias, papá — respondo con sincera gratitud —. Comenzaré a  tomar en serio mis responsabilidades, para ser un digno sucesor.

Él se levanta y rodea el escritorio, colocando sus manos sobre mis hombros.

— Sé que lo harás. Aunque eres joven, veo el potencial que posees para manejar este negocio. — dice, para luego darme un cálido abrazo. 

La relación con mi padre siempre ha sido buena, a pesar de las ocasiones en las que me llamaba la atención por mi comportamiento, las cuales ocurrían constantemente. Aunque ya había dejado atrás esa etapa de vida desordenada al conocer a Ericka. Mi familia, a pesar de no estar entusiasmada con mi noviazgo, reconocían que había cambiado desde que estaba en una relación con ella.

— Tu abuela quiere que nos reunamos con ella estas navidades — comenta —. Solo la familia — añade apenado.

— No te preocupes, a Ericka tampoco le emocionan las fiestas familiares. — respondo resignado,  encogiéndome hombros, consciente de que desde presenté a Ericka como mi novia frente a la familia, no había tenido un recibimiento cálido, especialmente por parte de mi abuela. Aunque nunca me lo había expresado abiertamente, conocía su desaprobación.

Después de despedirme de mi padre, regresé a mi oficina. Ahora tenía que contarle a Ericka sobre el cambio de planes para las navidades.

Al llegar a mi oficina, la veo caminar de un lado a otro. Levantó la mirada cuando oyó el sonido de la puerta al cerrarse y corrió hacia mí para besarme. Le correspondí el beso, notando la urgencia en su gesto. Mis manos recorrieron su espalda mientras ella se acercaba aún más, y el calor de su cuerpo comenzaba a nublar mis pensamientos. Si me dejaba llevar, terminaría haciendo el amor con ella en mi oficina. Por ello, rompo el beso y ella me mira confundida.

—Lo siento, nena — le susurro —. Necesito decirte algo.

Ella me miró expectante mientras rodeaba el escritorio para sentarme. Se acerca a mí, sentándose en mis piernas. Acaricié su cabello y le di un beso.

— ¿Y bien? — pregunta impaciente, tamborileando con sus dedos sobre el escritorio —. Deja el suspenso y dime.

Sus dedos suaves se trasladaron del escritorio a mi cuello, acariciandome mientras buscaba perderme en sus ojos cálidos. A pesar de lo impulsiva y alocada que era, su mirada me envolvía.

— Mi abuela... — comencé diciendo, y noto cómo rueda sus ojos —. Quiere que pasemos las navidades con ella.

Se levantó de inmediato, dando vueltas alrededor del escritorio con una mezcla de enojo y angustia en su mirada. Observo cómo respira profundamente, intentando calmarse. Conozco bien sus gestos y sé que está molesta, pero tratando de controlarse. Después de darle un momento para asimilarlo, me mira con sus ojos húmedos.

—Lo siento, mi amor, pero esperaba pasar las navidades contigo —admite, y una lágrima escapa por su mejilla.

Me levanto rápidamente y la rodeo con mis brazos, ella suspira y yo la abrazo más fuerte. Estaba seguro de que no lloraría; han pasado diez años desde el accidente de sus padres y desde entonces no ha llorado desconsoladamente.

—Prometo compensarte, chiqui — le aseguro mientras le doy un beso.

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