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Portada de la novela Si tan solo Supieras

Si tan solo Supieras

Ian Field, un gélido empresario de 29 años, vive refugiado en su trabajo para olvidar un viejo amor. No obstante, su mundo se sacude al reencontrarse con Amber Craig, de 28 años, la mujer que dejó huella en su vida. Ella es ahora una profesional brillante comprometida con el magnate Joseph Carrington. Este inesperado cruce de caminos revive secretos y pasiones latentes, desafiando el futuro de Amber y ofreciendo a Ian una redención final.
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Capítulo 3

La misma noche

Sídney

Ian

Nada te prepara para enfrentar tus errores. Puedes haber imaginado el peor escenario, ensayado cada palabra como un actor antes de subir al escenario, repetirte que nada te afectará, que serás indiferente, maduro, fuerte. Pero la realidad es un golpe seco, un puñetazo directo al estómago cuando las heridas siguen abiertas y el dolor, en lugar de menguar, te grita en la cara: idiota. Porque lo eres al pensar que puedes controlar lo que sientes, al creer que puedes mirarla y no quebrarte.

Pero te das cuenta de que aún duele. Que su ausencia sigue siendo un eco en tu pecho. Que la herida nunca cerró, solo aprendiste a ignorarla. Que una sola mirada suya es suficiente para desgarrarte desde adentro. Y entonces, el mundo se reduce a una pregunta que te quema la lengua: ¿por qué? ¿Por qué la dejaste ir? ¿Por qué nunca fuiste sincero? ¿Por qué sigue clavándose en tu piel como si nunca se hubiera ido?

Y aunque no quieras admitirlo, aunque la rabia te obligue a fingir lo contrario, sabes que bastaría una sola palabra en el tono correcto para hacerte olvidar todo. Para correr a sus brazos como si el tiempo nunca hubiera pasado. Para intentar retomar la historia justo donde se quedó.

Pero el orgullo es una venda sobre los ojos, y la rabia, una sombra que susurra veneno en el oído. Así que disparas primero. Empuñas las palabras como cuchillas, intentando alejarla antes de que descubra que sigues siendo el mismo idiota de siempre: aquel que la amó con locura y que, a pesar de todo, todavía lo hace.

Mentiría si dijera que nunca imaginé volver a encontrarme con Amber. Al contrario, cientos de veces soñé despierto con ese momento. A veces bastaba con verla sonreír, esa maldita sonrisa coqueta que siempre me desarmaba. Otras, me conformaba con un saludo frío, distante, pero que al menos me diera la certeza de que aún existía en su mundo. En el mejor de los casos, fantaseaba con que nos sentaríamos a tomar un café, hablando como dos viejos amigos que se amaron hasta los huesos. Y en el peor... me aferraba a la esperanza absurda de que todavía podía recuperarla.

Pero la realidad distaba mucho de lo que imaginé.

El aire de la biblioteca se siente pesado, sofocante, como si las paredes se cerraran sobre nosotros, y el silencio solo lo rompen nuestras respiraciones. No hay sonrisas, ni saludos amables. Solo rabia. La suya. La mía. Una chispa a punto de incendiarlo todo.

Y sus reclamos me golpearon como un látigo, y aunque sé que tiene derecho a odiarme, a reprocharme por haberme ido sin explicaciones, sin un adiós... no pude evitar que mi ira brote con la misma intensidad. Si tan solo supiera la verdad, lo entendería. Pero ya no tiene sentido remover el pasado. ¿Para qué? Ella tiene una nueva vida en la que yo no encajo. Se va a casar con Joseph Carrington, un puto parásito rastrero.

No, no son mis celos los que hablan. Conozco demasiado bien a ese bastardo. Sé lo que es en realidad: un oportunista disfrazado de caballero, un depredador con modales refinados. Y lo peor es que Amber, contra toda lógica, parece haber logrado lo imposible: domarlo. Pero ¿de verdad lo ha cambiado? ¿O simplemente no ve la verdad de su querido prometido?

Por eso necesito escucharla decir lo que siente por él, o quizás es parte de conservar un gramo de esperanza de poder volver a su vida, de volver a ser el dueño de su corazón.

Sigo sujetando su brazo con firmeza, sin lastimarla, pero tampoco con intención de soltarla. No puedo. Lo malo es que su cercanía es una maldita tortura. Su perfume, el mismo de siempre, me envuelve y me enloquece. Su piel arde bajo mis dedos. Y sus labios... joder, sus labios. No puedo dejar de mirarlos, de imaginarme devorándolos hasta que todo el dolor desaparezca. Mi respiración se vuelve errática. El corazón me bombea con violencia, seco de palabras, sediento de certezas. Una sola señal, eso es todo lo que necesito.

De repente su voz se clava en mi pecho como una daga.

-Ian, tu pregunta es ridícula. Nadie se compromete sin amor. Ahora, suéltame.

El tono amargo de su voz me hace apretar la mandíbula hasta doler.

-Esa no es una respuesta -espetó con la rabia trepándome por la garganta-. Mucha gente se casa sin amor. Por estatus, por seguridad, por miedo a estar sola...

La expresión de Amber cambia en un instante. Sus ojos marrones centellean con furia, su boca se tuerce en una mueca de desprecio. Sé en ese segundo que he cruzado la línea. Que estoy a un maldito segundo de recibir una bofetada por mi bocotá.

¡Mierda! Me maldigo a mí mismo. Sigo metiendo la pata con ella. Hablar con Amber ahora es como caminar sobre vidrios rotos. ¿Cómo demonios le digo que la sigo amando sin arruinarlo todo?

Respira hondo, Ian. Inténtalo de nuevo. Sin cagarla esta vez me repite mi interior.

-Entonces te lo pregunto otra vez, pecosa -murmuro, esta vez con menos rabia y más urgencia-. ¿Amas a Joseph? ¿Te hace feliz?

Pero su respuesta me derrumba.

-Lo que haga con mi puta vida es mi problema. Recuerda que dejaste de tener derecho a meter tus narices en mis asuntos. Así que mantente lejos de mí. Al menos por el resto de la noche no me tortures con tu presencia.

Su voz es un gruñido. Una sentencia y luego, de un tirón, se suelta de mi agarre.

La veo marcharse, paralizado como un maldito imbécil, sin poder hacer nada. Solo dejo caer mi cuerpo en el sillón más cercano, con los codos sobre las rodillas y las manos cubriendo mi rostro.

Rabia. Frustración. Un nudo asfixiante en la garganta es solo lo que obtengo, mientras mi cabeza es un caos a punto de estallar en una espiral de dudas que surgen: ¿Y ahora, Ian...? ¿vas a dejar que ese bastardo se quede con ella? ¿Vas a rendirte tan fácil? ¿Vas a permitir que esa boda suceda?

Unas horas más tarde

No podía seguir como un maldito idiota refugiado en la biblioteca, mucho menos darle el gusto a Joseph de verme derrotado. Porque esto tiene su puto sello. No fue coincidencia que su cena de compromiso sea en la mansión de los O'Connor, más bien fue su forma de restregarme en la cara que consiguió lo imposible. Pero no iba darle el placer de verme caer.

Entonces con mi mejor máscara, en este instante soporto a los amigos snob de Shirley como si realmente disfrutara la fiesta. Fingiendo. Mintiendo. Aguantando. Doy un sorbo a mi vaso de whisky y, sin poder evitarlo, mis ojos la buscan. Amber.

¡Diablos! Si ya era hermosa cuando la conocí, ahora es simplemente deslumbrante. Ya no es la muchachita dulce que me enloquecía con sus miradas traviesas. Su cabello pelirrojo cae al natural, tal como me gustaba. Sus ojos marrones, tan expresivos, tan atrapantes. Sus labios, pintados de carmín, invitan a ser besados. Pero lo que aún me cautiva es su piel pecosa y blanca, ese detalle que siempre la hacía única. Ahora, sin embargo, se ve diferente. Más madura. Más fuerte. Ese vestido negro ceñido a su cuerpo acentúa su belleza natural sin esfuerzo.

De repente, un leve carraspeo me saca de mis pensamientos. Giro la cabeza con desgana y ahí está, Joseph Carrington.

El gusano rastrero, con su estúpida sonrisa de falsa cordialidad. Mierda. Hasta su voz me resulta insoportable.

-¿Viendo lo que dejaste escapar de tu vida? -su burla gotea veneno-. Pero es todo lo que conseguirás con Amber. Ahora te odia. Eres un cero a la izquierda. Un pedazo de mierda que aborrece. Y créeme, podría seguir toda la noche diciéndote en lo que te convertiste para ella.

Suelto una risa seca y amarga. Esto es un puto juego para él.

-¡Hijo de puta! -gruño, apretando la mandíbula-. No sé qué pretendes con tu jueguito retorcido, pero esta vez la balanza está a la par. Dejé de ser ese pobretón que chantajeaste a tu antojo...

Joseph suelta una carcajada burlona.

-¡No, Ian! Yo no te puse un arma en la sien para que aceptaras mi propuesta. Tú lo hiciste solo.

Mis puños se tensan. ¡Cabrón! Gusano rastrero pretencioso.

-Me obligaste Joseph. Te aprovechaste de la situación. -escupo entre dientes-. Pero si me da la gana, puedo contarle la verdad a Amber. Y hasta aquí llega tu puta fiesta de compromiso. ¿Quieres probarme?

Clavo mi mirada asesina en la suya.

Joseph ni siquiera parpadea. Se acerca un poco más, con esa maldita confianza que me da ganas de reventarle la cara contra la mesa.

-Lo dudo. -musita, con una media sonrisa-. Amber me ama. Se va a casar conmigo. En cambio, tú eres solo parte de su pasado. Un error que borró para su bienestar.

Lo voy a matar a golpes, pudo fingir demencia o tal vez es mejor actuar con frialdad.

-¿Y a quién crees que le va a creer? -continúa, deleitándose en cada palabra-. ¿Al hombre que ha estado a su lado todo este tiempo... o al idiota que la abandonó en el hospital?

El aire se me atora en los pulmones. Lo sabía. Sabía que le había metido esa idea en la cabeza.

Aprieto el vaso con tanta fuerza que casi lo hago añicos.

-Sabes que estuve a su lado. Sabes que sujeté su mano todas esas semanas que estuvo inconsciente. No la abandoné, aunque le hiciste creer lo contrario. -mi voz es puro veneno-. Pero eso... eso va a cambiar.

Joseph suelta un resoplido y se inclina un poco más, casi en un susurro.

-¿Y tú crees que puedes contra mí? -su sonrisa se vuelve una mueca de amenaza-. ¿Acaso olvidas que, si me da la gana, puedo hundirte en la cárcel? ¿Dejarte en la maldita calle sin un centavo?

Hace una pausa y su expresión se endurece.

-Así que mantente alejado de mi prometida... O vas a conocerme, Ian.

Su voz es un filo de cuchillo.

-¿Me escuchaste? -amenaza clavando sus ojos en los míos, provocando que apriete el vaso con más fuerza, pero sobre todo dejándome sumergido en mis pensamientos más profundos.

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