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Portada de la novela Si Pudieras Verme

Si Pudieras Verme

El ángel Maksim vigila oculto a Katya, una brillante bailarina rusa, hasta que un fenómeno místico le otorga a ella la capacidad de verlo. Este encuentro rompe normas divinas y forja una conexión prohibida mientras Katya enfrenta enigmas de su pasado. Ahora, Maksim debe defenderla de entidades del cielo y del infierno que buscan separarlos. En esta lucha contra el destino, el ángel descubrirá que amar a una mortal conlleva un sacrificio mortal.
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Capítulo 1

Actualidad

Moscú, Teatro Bolshói

Maksim

Rostros, voces, gestos, acciones... todo eso nos arrastra sin piedad a un recuerdo anclado en la niebla de nuestra memoria. Algunos lo llaman nostalgia, otros lo sienten como un grito silencioso que atraviesa el alma, como si perteneciera a una vida que ya no nos pertenece. Yo lo llamo eco. Un eco persistente que no se desvanece.

Hay quienes dicen que el tiempo todo lo cura, pero nadie habla de aquellos instantes que el tiempo repite como una burla. Una y otra vez. Como un sueño recurrente que se trunca justo cuando estás por entenderlo, por vivirlo completo. Y despiertas. Siempre despiertas justo antes del final.

¿Y entonces qué? ¿Cuál es la solución? ¿Olvidar? ¿Sumergirse en la rutina, pretendiendo que eso que te falta nunca existió? ¿O pelear contra uno mismo, desenterrando fragmentos de una verdad que tal vez no quieras conocer, pero que necesitas para respirar?

Yo he intentado todo. He callado, he observado, he seguido órdenes, he cumplido con mi deber... pero ese vacío sigue ahí. Como una nota suspendida en el aire, esperando la melodía que le dé sentido. Algo -alguien- me falta. Lo sé, aunque no pueda nombrarlo. Y esa ignorancia, ese no saber, duele más que cualquier herida.

Quizás la paz no está en olvidar, ni en entender. Tal vez la paz esté en recordar, incluso lo que nunca vivimos. En reconocer que no estamos rotos por lo que perdimos, sino por lo que nos fue arrebatado antes de tenerlo.

Aun así, sigo aquí. Cuidando. Observando. Esperando. Porque hay algo en ella... en su rostro, en sus gestos, en su voz... que me devuelve una parte de mí, una que ni siquiera sabía que había perdido. Cada noche me conformo con mirarla bailar sobre el escenario, ver cómo brilla mi bailarina en cada voltereta, en cada movimiento que me arrastra con su danza, con esa belleza innegable que parece nacer de otro mundo, pero lo más doloroso es saberme un espectador de su vida, un fantasma entre las sombras que ni siquiera puede estrecharle la mano, mucho menos cruzar una maldita palabra; solo me queda aspirar el perfume que deja tras de sí cuando pasa cerca, ese aroma a jazmín y vainilla que se clava en mí como una maldición dulce y silenciosa.

Y ya debería estar acostumbrado, pero Katya es como una adicción, una necesidad de la que dependo para mantenerme en pie. ¡No! No soy un acosador, ni un pervertido escondido entre el público o tras el telón, soy un ángel, y mi deber es protegerla, cuidarla de todo lo que pueda hacerle daño... aunque ser su sombra tenga consecuencias, como soportar a los idiotas que ha llamado "novios", o luchar contra pensamientos que no deberían tener cabida en mí, como el deseo de rozar su piel o perderme en su mirada, y eso, eso no es bueno para alguien como yo, no debería permitirme emociones humanas, por eso cuando el peso se vuelve insoportable, mi escape es deambular por las calles, perdiéndome entre rostros que me atraviesan sin verme, como si yo no existiera.

En fin, otra noche... y el teatro se envuelve en penumbra, cubierto por ese velo sagrado que anuncia el inicio del hechizo. Un murmullo tenue recorre la sala como un suspiro contenido, mientras las luces se apagan una a una, dejando solo un halo dorado que flota sobre el escenario. El telón se abre con lentitud, como si el mundo mismo se rindiera ante lo que está por aparecer... y entonces, ella emerge.

Katya Adabache.

Su figura se recorta contra la luz como un espejismo celestial. Es delgada, de proporciones delicadas, con una piel pálida que parece esculpida en mármol fino. El vestido blanco que lleva -de gasa liviana, casi líquida- se ondula con cada paso como si flotara sobre un mar invisible. Su espalda es recta, orgullosa, pero hay una suavidad etérea en la manera en que sus brazos se mueven, en la curvatura de su cuello largo y elegante. Cada giro suyo arrastra al público a un estado hipnótico, como si bailara entre el sueño y la vigilia. Su cabello, castaño claro, recogido en un moño alto sin pretensión, brilla bajo los reflectores como si el sol se hubiera escondido en cada hebra. Y sus ojos... maldita sea, esos ojos azul grisáceo, casi translúcidos, miran como si atravesaran el alma. Juro que por un instante me miran a mí, directo, como si me hubiera desnudado por dentro sin tocarme.

Desde un palco en lo alto, oculto entre las sombras, me aferro a ese momento como un náufrago al borde de su último respiro. Mis manos, crispadas, aprietan el borde del asiento; mis nudillos blancos son los únicos testigos de lo que se revuelve dentro de mí. Mis ojos la siguen con una devoción que me duele en el pecho, con un anhelo que se clava como una espina, y sin pensarlo, susurro con la voz rota, quebrada por algo que no entiendo, o que no quiero aceptar:

-Tú deberías llamarte ángel... porque lo eres -mi voz apenas se escapa entre los dientes, apenas audible-. En cada giro, parece que abres tus alas... y esa mirada... Dios... parece traspasarme el alma.

Es una ternura desgarradora la que se me escapa. No debería sentir esto. No debo. No puedo. Pero ahí está, latiendo con fuerza bajo mis costillas, desbordando lo que juré reprimir.

-Si pudieras verme... si pudieras escucharme... si pudiera tener un solo día como hombre... sería suficiente. Solo uno. Pero no debo. No puedo verte de otra manera. No puedo enamorarme... porque serás mi perdición.

Siento ese calor familiar que se enciende en el centro del pecho, esa quemadura que no me pertenece. No es mía. No debería doler. Pero duele. Aprieto los puños hasta sentir las uñas contra la palma, como si eso bastara para contenerlo, para impedir que el deseo se derrame por completo.

-¿Por qué esta prueba? -escupo entre dientes-. ¿Por qué no me apartan de ti? ¿Por qué me he vuelto adicto a ti? ¿Cuándo fue... cuándo fue que te vi con otros ojos?

Me río, sin humor, con una tristeza densa que no alcanza mis ojos. Es una risa hueca, inútil. La miro girar, perfecta, impune, como si no supiera lo que causa. Cada pirueta es una puñalada dulce. Una condena envuelta en belleza.

Pero entonces, algo cambia.

La atmósfera se vuelve tensa. Un destello dorado corta la oscuridad del palco, como un relámpago que no hace ruido, pero hiere igual. El aire se espesa. Y lo siento... antes de verlo. Su presencia. Implacable. Innegable.

Uriel.

Aparece como una sentencia divina. Su silueta se recorta entre la luz como un muro imposible de ignorar. La túnica resplandece como si el juicio mismo la habitara. Su voz... su voz no es un sonido, es una fuerza.

-Te estás dejando consumir, Maksim -retumba, como si hablara desde el centro del tiempo-. Lo que sientes... está prohibido.

No me giro. No puedo. No quiero. No ahora. Mis ojos siguen fijos en ella, en su cuerpo que desafía la gravedad, en su expresión serena, entregada, como si bailara para redimir pecados que ni siquiera conoce. No necesito un sermón, no esta noche.

-No soy un acosador -respondo con los dientes apretados, con la furia contenida bajo la piel-. No soy un pervertido escondido tras un telón. Soy un ángel. La protejo y lo sabes.

Uriel da un paso más. La luz que lo envuelve se sacude, como si la tormenta en su interior quisiera estallar.

-Cuidarla no es amarla. No con ese deseo oculto. Has cruzado una línea, Maksim. Tal vez no en actos... pero sí en intención.

Y entonces, me giro. Lentamente. Mis ojos ya no suplican. Arden. Me sostengo frente a él con toda la rabia, el miedo y la verdad que cargo desde que vi a Katya danzar por primera vez.

-¿Y si no puedo evitarlo? -pregunto, cada palabra cortándome la garganta-. ¿Y si lo único que me mantiene cuerdo... es ella?

Uriel me mira, y su juicio pesa como siglos sobre mi espalda. Su voz baja, pero definitiva.

-Entonces caerás. Y cuando eso ocurra... nadie te levantará. Ni siquiera Katya...

Uriel suelta un suspiro cargado de frustración, profundo, como si le doliera tener que decírmelo. Sus ojos, normalmente inmutables, ahora parpadean con un dejo de compasión que me resulta insoportable. Desvía su mirada hacia el escenario, hacia ella, como si incluso él sucumbiera -aunque fuera por un instante- al influjo de su danza.

-Un consejo... un recordatorio -añade, con la voz más baja, más grave-. Tómalo como quieras, Maksim. Pero acepta tu misión sin pasar los límites. No es bueno cruzar esa delgada línea entre el cielo y la tierra. Va contra el orden natural de las cosas...

Las palabras resuenan en mi mente como campanas rotas. No me muevo. No respiro. No parpadeo. Es como si el mundo entero se contuviera, congelado en el borde de un abismo que solo yo parezco ver. Y luego, como si el universo decidiera recordarnos dónde estamos, el estruendo de la ovación rompe el aire. Palmas. Gritos. Aplausos que sacuden las paredes del teatro. Katya ha terminado su número. El telón cae, lento, solemne. Y con él... se rompe el hechizo.

Pero yo sigo ahí. Roto. De pie. Y perdido.

Minutos después

Frente al espejo, Katya respira agitada. Su piel está perlada de sudor, pero su belleza sigue intacta, serena, como si hubiera nacido para la luz del escenario. Se cubre los hombros con un abrigo blanco, intentando calmar el temblor en su pecho.

La puerta se abre con brusquedad. El director de la compañía entra, siempre con esa voz seca y urgida:

-La prensa está como hienas en la entrada principal. Toma la salida lateral, Katya. Te harás un favor.

Su voz, amable pero firme, corta el murmullo del camerino. Ella asiente, agotada. Sus hombros caídos hablan más que sus palabras.

-Gracias... no tengo fuerzas para responder preguntas esta noche -murmura, con un hilo de voz. Luego baja la mirada y añade, como una confesión-. Me siento... vacía.

-Diste todo allá afuera -él suaviza el tono, casi con ternura, al ver su rostro-. Guarda algo para mañana, estrella.

Ella le regala una sonrisa pequeña, rota, como un reflejo aprendido. Pero sus ojos... sus ojos azul grisáceo, brillantes bajo el maquillaje desgastado, no mienten. Gritan otra cosa. Gritan soledad. Exhausta. Dolida. Perdida. Y me atraviesan el alma.

No pierde tiempo. Katya recoge sus cosas con prisa, casi con ansiedad, como si quedarse un minuto más en ese lugar fuera un castigo. Se cuelga el bolso al hombro, se ajusta el abrigo de lana blanca que contrasta con sus medias negras, y sale del camerino como si huyera. A su paso, cruza miradas con algunos colegas que le lanzan saludos fugaces, frases cortas: "Estuviste increíble", "Descansa, estrella", "Nos vemos mañana". Pero ella solo asiente, sin detenerse. No los escucha. Solo quiere irse. Escapar. Borrar el aplauso que no llenó el vacío.

Y sin darme cuenta... ya estamos en el callejón.

La noche es cruel. El viento corta la piel como navajas invisibles. Katya camina sola, apretando el abrigo contra su cuerpo delgado, temblando más por dentro que por fuera. El callejón está cubierto por una niebla baja que lame el suelo, densa, húmeda. Las farolas parpadean con una cadencia siniestra, como si dudaran si morir o alumbrar. Algunas se apagan por segundos, dejando grietas de oscuridad que parecen respirar.

No hay prensa. No hay fans. No hay ruidos humanos. Solo sombras. Solo ella. Y yo.

La observo desde la cima de un edificio cercano, oculto entre esculturas de ángeles corroídas por el tiempo. Mi capa se agita con el viento. Mi mirada no se aparta de ella ni un segundo. Soy su sombra. Su guardián. Pero también su esclavo.

Siento el eco de Uriel aun golpeándome por dentro, como campanadas de condena: "Te estás dejando consumir. Lo que sientes está prohibido".

Y sin embargo... aquí estoy.

-Debería detenerla -pienso, la culpa anudándoseme en la garganta como un lazo tirante-. No me gusta este ambiente. Hay algo que no encaja.

Una farola se apaga de golpe. El sonido seco del cristal apagándose es como un disparo.

Katya se sobresalta. Se detiene un segundo. Mira hacia atrás. Nada. Acelera el paso. El abrigo se le desacomoda, y su silueta delgada, pálida, se recorta contra la negrura como una figura de porcelana a punto de quebrarse. Su cabello castaño claro se escapa en mechones del peinado que ya se ha deshecho, y se pega a su rostro húmedo. Sus pasos resuenan, apresurados. Frágiles. Vulnerables.

Y entonces...El rugido de un motor rasga el silencio como un trueno. Un auto se aproxima a toda velocidad. Sin luces. Sin aviso. Saliendo del infierno mismo. Lo veo. Lo presiento. Va a alcanzarla.

Mi corazón -si es que aún tengo uno- se detiene. El tiempo se comprime. Cada segundo es una eternidad. ¿Debo intervenir? ¿O es este su destino? ¿Debo permitir que muera esta noche?

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