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Portada de la novela Sí, Acepto Al Matrimonio Contratado

Sí, Acepto Al Matrimonio Contratado

Después de tres años de entrega, Lina descubre que Víctor solo la usó como un refugio temporal mientras seguía anhelando a su ex, Isabela. Tras sobrevivir a un grave accidente que su pareja ignoró por estar con otra, ella decide cortar todo vínculo. Para huir de la deshonra y el sufrimiento, Lina pacta un matrimonio de conveniencia con el influyente y misterioso Máximo Sullivan, iniciando una nueva vida lejos de quienes la traicionaron.
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Capítulo 2

El sudor frío se pegaba a mi espalda, a pesar de que el aire acondicionado del lujoso apartamento de Víctor Castillo estaba al máximo.

Llevábamos casi tres años juntos, pero cada intento de intimidad era un fracaso.

Él se esforzaba, yo lo intentaba, pero siempre terminaba igual: con él frustrado, alejándose, y yo sintiéndome vacía.

Esta noche no fue diferente.

"Lo siento, Lina", murmuró, apartándose de mí. Su respiración era agitada, pero no por pasión, sino por ansiedad.

"Víctor, no te preocupes", le dije suavemente, tratando de calmarlo a él y a mi propia decepción. "Quizás deberíamos buscar ayuda, un terapeuta..."

"Estoy bien", me cortó, su voz un poco más dura de lo necesario. Me dio una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Solo necesito un momento. ¿Por qué no te das una ducha? Te relajará".

Era una forma educada de echarme de la habitación.

Asentí, recogí mi toalla y me encerré en el baño.

El agua caliente corría por mi cuerpo, pero no podía lavar la sensación de inquietud. Era como si algo estuviera a punto de romperse.

Cuando salí de la ducha, me di cuenta de que había olvidado mi pijama en el dormitorio. Envolviéndome en la toalla, abrí la puerta con cuidado.

Entonces oí un susurro.

Venía del salón.

La puerta estaba entreabierta y me asomé, curiosa.

Víctor estaba sentado en el sofá, con la espalda hacia mí. Sostenía su tablet, completamente absorto en lo que veía.

En la pantalla, una mujer de pelo oscuro y cuerpo escultural bailaba en una fiesta en Ibiza. Se movía con una sensualidad descarada, sus ojos brillando hacia la cámara.

"Isabela...", susurró Víctor.

Y entonces, vi su mano moverse bajo la manta que cubría sus piernas. Su cuerpo se tensó con una intensidad que nunca, jamás, me había dedicado a mí.

Mi corazón se detuvo. Sentí como si cayera en un pozo de hielo.

En ese preciso instante, su teléfono sonó sobre la mesita de café, rompiendo el hechizo.

Él se sobresaltó, apagó la tablet rápidamente y contestó la llamada, intentando que su voz sonara normal.

"Patrick, ¿qué pasa?"

La voz de su amigo y socio sonó clara y fuerte a través del altavoz. "¿De verdad vas a ir a la subasta benéfica de la Fundación Valero mañana? Isabela estará allí, subastando una cita para cenar. ¿Has olvidado cómo te humilló? Cuando tu empresa casi quiebra, te dejó por el hijo de un banquero suizo. Ahora que eres el rey de la construcción en Madrid, vuelve arrastrándose".

Víctor tardó un momento en responder. Su voz era grave, cargada de una emoción que me heló la sangre.

"Sé que es una oportunista. Pero la he extrañado como un loco todos estos años".

"¿Y Lina?", insistió Patrick. "Ella es tu novia. ¿Qué es para ti?"

Hubo un largo suspiro.

"Lo he intentado, Patrick, de verdad que lo he intentado, pero no puedo enamorarme de ella. Cuando has conocido a alguien que te incendia, los demás son solo un refugio tibio. Lina es increíble, pero para mí, siempre ha sido un consuelo".

Luego, añadió con un cansancio infinito: "Si me dejara, sería una liberación. No tengo el valor para terminar".

Cada palabra fue un golpe.

Retrocedí en silencio, volviendo al refugio del baño. Me miré en el espejo, pero no reconocí a la chica pálida y temblorosa que me devolvía la mirada.

El vapor del agua caliente no podía ocultar la cruda realidad.

Recordé cómo me enamoré de él en la universidad. Él era el presidente del consejo estudiantil, carismático e inalcanzable. Su discurso sobre construir un futuro mejor me cautivó.

Entonces apareció Isabela, una estudiante de intercambio de Argentina. Con su audacia y su belleza, lo conquistó.

Fui testigo de su obsesión. Vi cómo le conseguía entradas para festivales de música, cómo se peleaba en bares si otro hombre la miraba, la devoción ardiente en sus ojos.

Yo era solo una espectadora silenciosa, la amiga de su hermana.

Cuando la constructora de su familia estuvo al borde de la quiebra, Isabela lo abandonó sin piedad.

Fui yo quien lo encontró hundido en la miseria. Fui yo quien lo cuidó, quien lo escuchó, quien lo ayudó a levantarse.

En un momento de vulnerabilidad, me pidió que estuviera con él.

Y yo, tontamente enamorada, acepté. Creí que mi amor podría sanar su corazón roto.

Durante un tiempo, pareció que funcionaba. Se volvió atento, recordaba fechas importantes, me abrazaba durante las tormentas porque sabía que me daban miedo.

Pero todo era una actuación. Una mentira.

El regreso de Isabela lo había demostrado. Yo no era su amor, era su curita, su estación de paso mientras esperaba el regreso de su verdadero tren.

Mi amor había sido un sacrificio unilateral. Y ahora, todo había terminado.

Tomé mi teléfono y le envié un mensaje a su hermana, mi mejor amiga, Sofía.

"Sofía, tenemos que hablar. Es urgente".

Mientras esperaba su respuesta, tomé una decisión. Ya no sería el consuelo de nadie.

Víctor quería ser liberado.

Pues bien, yo le daría su libertad.

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