
Separamos Es El Destino
Capítulo 3
La guerra se intensificó. Unos días después de la llamada, Yolanda se mudó a la hacienda que Scarlett y Máximo aún compartían.
"Vengo a apoyarte, amiga," dijo Yolanda con una sonrisa falsa, mientras sus maletas eran llevadas al interior.
Máximo lo permitió. Sabía que la presencia de Yolanda era una tortura para Scarlett, y eso era exactamente lo que buscaba. Quería una reacción, una señal de que todavía le importaba.
El primer objetivo de Yolanda fue un objeto sagrado para Scarlett. El "Corazón de Obsidiana".
No era una joya cara, pero su valor era incalculable. Era una pieza única, tallada a mano por la madre de Scarlett antes de morir. Simbolizaba el corazón del agave, el alma de su familia, el núcleo de su legado.
Yolanda lo vio en la repisa de la chimenea y supo exactamente qué hacer.
"Max, qué pieza tan hermosa," dijo, tomándola en sus manos. "Como regalo de bienvenida, ¿me la darías?"
Máximo miró a Scarlett, esperando ver el fuego en sus ojos, la furia que siempre mostraba.
"Claro, es tuya," dijo él, sin apartar la vista de su esposa.
Scarlett sintió que el aire le faltaba. Se levantó y caminó hacia ellos.
"No puedes," dijo con voz temblorosa. "Ese es de mi madre."
Yolanda sonrió. "Pero Máximo ya me lo ha dado. Ahora es mío."
Scarlett intentó arrebatárselo de las manos. En el forcejeo, la obsidiana resbaló. Cayó al suelo de piedra y se hizo añicos.
El sonido del objeto rompiéndose resonó en el silencio de la habitación.
Para Scarlett, fue la metáfora final. Su amor, su amistad, su legado familiar. Todo roto en el suelo.
Su corazón se rompió junto con la piedra.
Se derrumbó de rodillas, recogiendo los fragmentos con manos temblorosas. No gritó. No lloró. Simplemente se quedó allí, rota.
Máximo, por primera vez, vio algo que no esperaba: una vulnerabilidad pura. No había ira, solo un dolor profundo y silencioso. Se sintió incómodo, una punzada de algo parecido al arrepentimiento.
Al día siguiente, intentó arreglarlo. Le entregó a Scarlett una caja. Dentro, había una réplica del Corazón de Obsidiana, perfectamente tallada.
"Hice que la hicieran anoche. Es idéntica," dijo él, casi como una disculpa.
Scarlett la miró sin expresión. Luego, sin decir una palabra, la tomó y la arrojó a la chimenea encendida. El fuego consumió la réplica, convirtiéndola en cenizas.
"Nunca podrás reemplazar lo que rompiste," dijo ella con una frialdad que lo heló.
Con el corazón roto y su legado en pedazos, Scarlett tomó una decisión. No quería pasar sus últimos meses en esa guerra. Quería paz.
Contactó a un viejo amigo de la familia, un psicólogo de renombre en la Ciudad de México. Había oído hablar de una terapia experimental de amnesia disociativa. Un procedimiento para borrar recuerdos selectivos.
Quería olvidar a Máximo. Quería borrar cada momento, cada beso, cada pelea.
Mientras planeaba su huida, la crueldad en la hacienda continuaba.
Una tarde, Máximo encontró a Scarlett en su estudio. Vio un frasco de pastillas en su escritorio. Antes de que pudiera leer la etiqueta, Yolanda entró corriendo.
"¡Max! ¡Necesito tu ayuda con algo en el jardín!" gritó, distrayéndolo.
Máximo se fue con ella, olvidando por completo las pastillas. Scarlett las guardó rápidamente, su secreto a salvo por un poco más de tiempo.
La confrontación final entre las dos mujeres era inevitable. Sucedió en la biblioteca.
"Siempre te he envidiado," confesó Yolanda, su voz ya no era dulce, sino llena de un resentimiento que había guardado por años. "Tu talento, tu destilería, el amor de Máximo. Todo debió ser mío."
Scarlett la miró, finalmente entendiendo la profundidad de la traición.
"Tú le diste la grabación," dijo, no como una pregunta, sino como una afirmación.
Yolanda sonrió. "Le mostré la verdad. Que solo lo querías por su poder. Yo lo salvé de ti."
Para cimentar su control sobre Máximo, Yolanda recurrió a un truco aún más bajo.
Se hizo un corte en el brazo con un trozo de vidrio. Corrió hacia Máximo, llorando.
"¡Fue Scarlett! ¡Me atacó! Dijo que me odiaba, que le había robado todo."
Máximo, viendo la sangre y las lágrimas, se llenó de ira. Encontró a Scarlett en el patio.
"¿Por qué la lastimaste?" le gritó.
Scarlett, cansada de luchar, simplemente lo miró.
"Pídele disculpas," exigió él, desesperado por una señal de que a ella todavía le importaba, de que sentía algo, cualquier cosa.
Ella no respondió.
"¡Pídele perdón!" gritó él, su frustración creciendo.
Scarlett lo miró fijamente. Luego, lentamente, recogió un trozo afilado de agave del suelo. Ante la mirada horrorizada de Máximo, se hizo un corte en su propio brazo, más profundo que el de Yolanda.
No dijo una palabra. La sangre goteaba sobre las piedras. Era su respuesta. Su desafío. Su rendición.
Máximo se quedó sin palabras, observando la sangre, observando el dolor en sus ojos. Se dio cuenta de que la había empujado demasiado lejos.
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