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Portada de la novela Sentimientos & Deseos

Sentimientos & Deseos

Bajo el yugo de Antonio Salvador, Verónica Wingburgh padece una existencia marcada por la brutalidad en la era victoriana. Un escape frustrado termina en una tragedia fatal, agravando su calvario. No obstante, la llegada de Charles William, hijo de su opresor, transforma su mundo. Ambos se sumergen en un romance clandestino y protector que desafía los valores sociales. Juntos enfrentarán riesgos letales y secretos oscuros para alcanzar su ansiada libertad.
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Capítulo 1

En el siglo XIX, concretamente en el 1856, la mujer era considerada un objeto, ya fuera sagrado o de placer. En cualquier caso, dependía de los hombres que la rodeaban, tanto de su familia como de su futuro esposo. La sociedad no la consideraba capaz de tomar decisiones propias debido a la debilidad de su carácter y a su escaso, o casi nulo razonamiento; además, se esperaba que fuera sumisa. Por ello, las doncellas de clase alta eran casadas jóvenes con personas de su mismo estatus social, ya que mantener el prestigio en la sociedad era vital y la única regla imperante era que las clases alta y baja jamás podrían relacionarse.

En aquel entonces, la iglesia Santa Mercedes era testigo de un aguacero implacable. El agua fría se precipitaba con decisión sobre el suelo y los tejados de Cassidy. Sin embargo, lo que realmente importaba no era la lluvia, sino la multitud congregada para la boda del señor Salvador y la señorita Wingburgh. Ambas familias, de alta alcurnia y renombre en el pueblo, se unían ese día.

La expectación crecía mientras todos aguardaban la entrada de la novia, acompañada por una melodía que resonaría en el recinto. La joven avanzaba hacia el altar entre sonrisas y aplausos de los invitados. Sin embargo, solo unos pocos conocían la verdad: para ella, se trataba de un matrimonio forzado; para él, una transacción comercial.

La protagonista de nuestra historia es Verónica Charlotte Wingburgh, quien lucía un vestido blanco de ensueño, tan bello como sencillo. Su atuendo, digno de una princesa, consistía en una falda de seda blanca, adornada con delicados toques de encaje, y un corset igualmente ornamentado con sutiles detalles. El velo, de gasa decorado con encaje floral, ocultaba su rostro marcado por la tristeza de aquel día.

Con paso lento, se dirigía hacia su prometido, un general que la esperaba en el altar. A pesar de la solemnidad, Verónica solo pensaba en escapar. Desafortunadamente, no tenía a dónde huir ni con quién. A través del velo, cruzó una mirada con su prima Elisa, la única que comprendía la infelicidad que le aguardaba en su matrimonio. Le ofreció una sonrisa de consuelo, un gesto silencioso para que continuara.

La ceremonia comenzó cuando Don Salvador tomó la mano de Verónica, acortando la distancia entre ellos. El sacerdote Enrique inició con palabras dulces:

—Hoy, en la casa del Señor… —empezó, dirigiéndose a los presentes—, uniremos en sagrado matrimonio a Don Antonio Leopoldo Salvador y a Lady Verónica Charlotte Wingburgh —anunció, mirando a los futuros esposos.

La tristeza de Verónica se hizo palpable al darse cuenta de lo poco que quedaba de su libertad. Bajó la mirada para contener las lágrimas, símbolo de la tormenta interna que enfrentaba: un matrimonio arreglado por sus padres. Durante el discurso del sacerdote, mantuvo la vista fija en el suelo, hasta que llegó el momento crucial.

—Don Antonio Leopoldo Salvador, ¿toma a Lady Verónica Charlotte Wingburgh como su legítima esposa, para amarla y respetarla en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe? —preguntó el sacerdote.

Antonio respondió con una voz que denotaba firmeza y seriedad:

—Acepto, padre —afirmó, sosteniendo la mano de Verónica.

El sacerdote se volvió hacia la joven, cuyo nerviosismo era evidente. La miró con ternura antes de formular la pregunta decisiva:

—Lady Verónica Charlotte Wingburgh, ¿toma a Don Antonio Leopoldo Salvador como su legítimo esposo, para amarlo y respetarlo en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

Verónica, conteniendo la respiración y consciente de la libertad que estaba a punto de perder, asintió con la mirada a sus padres y a su prima, antes de fijarla en el sacerdote, quien aguardaba su respuesta.

—Acepto, padre —dijo con voz débil, cargada de dolor.

El sacerdote concluyó la ceremonia con palabras de felicidad y esperanza para la pareja. Antonio levantó delicadamente el velo de Verónica y la besó, ante el aplauso de los invitados que celebraban el gesto romántico.

Tras el beso, los recién casados se dirigieron hacia la salida de la iglesia, recibiendo felicitaciones. Elisa se acercó a Verónica, y le ofreció consuelo ante la evidente angustia de la novia. Se abrazaron, y en ese abrazo, Verónica confesó entre sollozos:

—Los odio, Eli —refiriéndose a sus padres.

—Lo sé, prima —respondió Elisa, apretándola con fuerza y compartiendo la pena de la condena impuesta por sus tíos—. Recuerda que siempre estaré aquí para ti, aunque no estemos juntas.

Con un gesto de despedida, Verónica se separó de Elisa y se unió a su esposo. Juntos, se dirigieron al carruaje que los llevaría a su luna de miel. Mientras se alejaban, Verónica lanzó una última mirada a sus padres y a su prima, marcando el inicio de su nueva vida.

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