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Portada de la novela SEÑOR DAMASCA ES EL PADRE DE MSI TRILLIZOS

SEÑOR DAMASCA ES EL PADRE DE MSI TRILLIZOS

Shasha Yan vio sus sueños truncados tras una cruel traición de su madrastra y hermana en una noche fatídica. Aquel encuentro con un desconocido la obligó a huir del país para empezar de cero. Ocho años más tarde, regresa consagrada como diseñadora y acompañada por sus trillizos, quienes anhelan conocer su origen. En este reencuentro con el pasado, deberá decidir si permite que el padre de sus hijos entre en su vida y sane las heridas que la marcaron.
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Capítulo 1

Apenas salía de la universidad, mi teléfono sonó. Miré la pantalla y el nombre de Mónica apareció. Nunca tuve buenas relaciones con estas mujeres recién llegadas a mi familia. A causa de ellas, toda mi familia, lo que yo solía llamar así, se fue por el desagüe. Por respeto, tomé la llamada.

-Shasha, sé que estás a punto de salir de la universidad. Bueno, sabemos que no somos tan cercanas. Pero todos planeamos cenar en Tamplets Hotel. Tu padre me dijo que me asegurara de que aceptes venir.

Arqueé una ceja, sabía que de esta mujer nada bueno vendría. Mucho antes de rechazar, me dijo que mi padre lo pidió.

-Está bien, Mónica.

Llamarla madre sería una falta de respeto para mi propia madre. Mi padre incluso me dictó un castigo cuando me dijo que lo hiciera y me negué. Muchas veces pienso que no soy su hija biológica, me trata como basura.

Caminé, cogí mi pequeña motocicleta y fui directo al Tamplets Hotel. Era un hotel de seis estrellas. Nuestra familia nunca estuvo con escasez de dinero, así que cenar en un hotel como este no era nada.

Entré y le di mi nombre a la recepcionista. Era muy amable, me condujo hasta la sala que habían reservado.

Entré y las vi sentadas: madre e hija, y una supuesta amiga de Madelin, como ella dice. "Las inseparables". Me senté, pero no vi a papá.

-¿Dónde está papá?

-Él viene de camino. Llegas, no saludas, solo preguntas por tu padre, ¿eh?

Ella rodó los ojos con desdén y desprecio hacia mí. Eso ni me afecta para nada. Ya estaba acostumbrada a lidiar con ellas. Siempre terminábamos peleando por alguna razón.

Un mesero entró y dejó un vino. Madelin me miró de reojo junto a su amiga y sonreían. Yo saqué mi celular y me perdí leyendo un pequeño drama en Snapchat. Mónica destapó la botella y me llenó un vaso, y llenó el de su hija de igual modo. No tomé el vino, lo dejé en la mesa, y me tomé el vaso de agua, ignorando por completo su existencia en esta sala.

Pero al cabo de un momento me sentí mareada y no podía sostenerme. Recogí mi celular y salí para buscar un baño y lavarme la cara. Por más que buscaba, no encontraba el baño. Pasaba por una puerta, ya no podía caminar y me apoyé. No sabía qué pasaba ni qué esas dos malvadas habían puesto en el vaso de agua. Jugaron con mi mente, ya que sabían que pensaría que el vino tenía algo y solo tomé el agua. El veneno estaba en el agua. Cómo fui tan estúpida.

Furiosa conmigo misma, estaba por dejar el marco de la puerta donde me sostenía. La puerta se abrió y sentí un jalón. La habitación estaba oscura y una mano grande tomó posesión sobre mí.

No tenía fuerzas para luchar. Estaba débil, indefensa. Solo mi voz podía ayudarme.

-¿Quién eres? ¡Suéltame! ¡No, por favor, no lo hagas!

-¡Cállate! ¡Odio a las chicas gritonas!

-¡Se equivoca de persona! Solo me apoyé en su puerta. ¡No, por favor, para!

-¡Te callas o te callo yo!

Sentí una corriente eléctrica atravesar mi cuerpo y dejarme paralizada. No podía luchar contra él. Sus manos, sus brazos eran demasiado grandes para mí. Sentí mi cuerpo derrumbarse en una cama. No podía moverme, el cuerpo de este extraño me cubría por completo. Por más que lo intentaba, no era posible para mí.

Las odio, Mónica y Madelin, las odio con todas mis fuerzas. Entre lágrimas y sollozos, perdí el conocimiento. Me desperté en la noche y mi cuerpo me dolía, como si un camión de bloques me hubiera pasado por encima. Mi cuerpo estaba desnudo. Me asusté. Mi mente quedó en blanco cuando me di la vuelta. Un hombre yacía boca abajo.

Me tapé la boca dejando que las lágrimas brotaran. No podía pararme, el dolor me arrollaba. Me caí al piso y no pude contener más las lágrimas.

-¡Mamá, esto no puede estar pasándome, nooo! ¿Por qué a mí? ¡Noooooo!

Miré mi ropa esparcida por todo el cuarto. Me vestí con toda la velocidad que me quedaba y salí corriendo. Ni miré atrás hasta dejar el hotel. La gente me miraba, y yo estaba con una mirada de desprecio y enojo. Lucía tan joven. Tenían razón, yo era muy joven. Apenas tenía 18 años. Perdí mi virginidad a los 18 años.

Me odiaba a mí misma por no ser más cuidadosa. Me odiaba por confiar en sus palabras. Me detuve en el camino, y una fuerte llovizna comenzó, como un trueno en paso de derrumbar todo lo que estaba a su paso.

Yo estaba debajo de esa lluvia. Quien me miraba no podía identificar si mis lágrimas corrían o solo era el agua de la lluvia. Me sentía sucia.

Sentía que ya no valía nada. Ya no valía la pena todo el sacrificio de mi madre. Mi celular sonó y lo sostuve. Era el número que mamá usaba para llamarme. Desde que papá la dejó en el hospital después de quedar discapacitada, trajo a esta mujer y a su hija a la casa.

Mis lágrimas no cesaban, estaba histérica. No tenía consuelo. Me engañaron y me llevaron a esto. Ahora soy una de las chicas que solíamos hablar, que perdieron su honor mucho antes de llegar a una edad normal.

Sostuve el teléfono y hablé, dejando que mis lágrimas corrieran sin rumbo. Estaba perdida. Perdida para siempre. Ahora no solo soy una deshonra. ¿Cómo miraré a mi madre, a mis amigos, a las personas que me conocían? ¿Cómo los miraré a todos? Estaba perdida. Sostuve el celular en mi oído. Mis palabras temblaban.

-¡Mamá!

-Shasha, lo lamento, tu madre se ha ido.

No pude dar un paso más. Estaba paralizada, la sangre dejó de fluir en mis venas. Mi mundo se apagó en un instante. Todo lo que me quedaba se había ido. No tenía nada ahora. Estaba completamente jodida, solo podía gritar. Solo me quedaba gritar:

-¡Nooo, nooooo, nooooo, no puedes hacerme esto, madre, no puedes! ¡Mamá, noooo, no puedes morirte, no puedes!

Ya no había un porqué en mi vida, ya no había un motivo para luchar. Perdí a mi madre el mismo día que perdí mi virginidad. ¿Eso era lo que el destino tenía preparado para mí? ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Por qué, bajo este cielo azul, los inocentes son los que sufren mientras los pecadores, las víboras venenosas, siguen viviendo en el lujo? ¿Yo también soy hija de Dios, pero por qué él me odia y me castiga por cosas que no hice? ¿Por qué a mí? Solo tengo 18 años, ¿por qué? ¿Por qué la vida es tan injusta?

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