Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela Sed de Venganza

Sed de Venganza

Elizabeth Turner aprendió de la forma más cruel que el cariño puede volverse odio tras una traición catastrófica. Su existencia se desmorona cuando Nathan Kingston, un influyente hombre vinculado a la mafia, recibe el encargo de asesinarla. A pesar de representar la amenaza más letal, Nathan se convierte en su aliado imprevisto. Juntos enfrentarán un entorno de lealtades fracturadas donde él es su única posibilidad de salvación ante el peligro.
Capítulos
Compartir

Capítulo 2

Nathan siguió la voluptuosa figura de Liz con la mirada hasta que se perdió dentro del salón. Algo en su vulnerabilidad siempre despertó un instinto protector en él, pero esta vez lo aplastó de inmediato. No era momento para distracciones.

Marcus Chen, el imbécil que le debía dinero a su padre, acababa de escabullirse hacia el baño.

Lo siguió con calma y al entrar tras él, lo encontró inclinado sobre el lavabo. Así que lo agarró por el cuello de la camisa y lo estrelló contra la pared.

—Una semana de retraso. Te advertí que no jugaras conmigo.

Chen tartamudeó excusas patéticas, pero Nathan lo silenció con un puñetazo en el estómago y lo vio desplomarse al suelo con un quejido lastimero.

La puerta se abrió de golpe y al voltear, notó el rostro de Richard Crawford contrayéndose al ver la escena, pero intentó disimular su nerviosismo con esa sonrisa falsa que tanto despreciaba.

—James mencionó que irían al golf. ¿Vas a…?

Nathan lo miró sin expresión. Crawford era un parásito, alimentándose de las migajas que su padre le arrojaba. 

—No.

Richard soltó una risa nerviosa y abrió la boca, pero Nathan suspiró al decir.

—Mejor sal de aquí.

Escuchó toser a Chen, así que no se molestó en mirar cómo desapareció el otro cobarde y se inclinó sobre él, lo que bastó para que el hombre sacara un ligero fajo de billetes y chillara.

—Es lo único que tengo por ahora. Te juro que antes del fin de semana…

—Más te vale —lo interrumpió—. O tus piernas serán mi parque de juegos.

Lo escuchó sollozar a sus espaldas, pero no le importó.

Estaba tan harto de hacer esos trabajos. 

Entró al salón y se acercó a Walter, quien bebía tranquilo en la barra. Su amigo levantó una ceja al preguntar.

—¿Lo arreglaste?

—Por supuesto.

Su amigo asintió. No necesitaban más palabras. Nathan tomó un trago del vodka que le ofreció, y observó el mar de rostros hipócritas que llenaban el salón.

Entre la muchedumbre, una mujer de cabello oscuro atrajo su atención. Aunque llevaba un vestido discreto, sus curvas y sus ojos se le hicieron conocidos.

—Esa tiene un buen rato mirándote —dijo Walter, soltando una carcajada—. Anda, King, ¿por qué no le das lo que busca?

—Vendrá por ello, no lo dudes —respondió. 

Le dio la espalda y volvió a centrarse en su bebida, poco después la mujer ya estaba a su lado.

—Llevas demasiado tiempo solo, Nathan Kingston —dijo ella, tendiéndole una mano—. ¿Bailamos?

No recordaba su nombre, pero era evidente que eso no le importaba a ninguno de los dos. Así que la siguió a la pista. 

Cada paso suyo era provocador; sabía cómo moverse y disfrutó de la suave presión de sus cuerpos. Ella deslizó su mano por su hombro hacia abajo y en respuesta, Nathan bajó hasta su cintura, disfrutando de su jadeo.

La dejó contonearse contra él mientras le regalaba una sonrisa juguetona y acariciaba la dureza de su pectoral sobre la camisa, clavando la mirada en la suya para presionarlo, pero se negó a avanzar.

Nathan sabía que entre más la hiciera esperar, ambos saldrían ganando esa noche. Lo comprobó poco después cuando ella hizo que se inclinara hasta su altura para decir en tono desesperado.

—Tú y yo deberíamos buscar un poco de privacidad.

Nathan asintió y la tomó de la mano, despidiéndose con un gesto de Walter, quien negó con la cabeza, divertido.

* * *

Al salir al estacionamiento, la mujer se colgó de su brazo y su exquisito perfume lo envolvió. Entrecerró los ojos un instante, pero al siguiente distinguió a Liz tambalearse sobre sus tacones cerca de un auto mientras intentaba cargar a Emma.

La niña dormía apacible en los brazos de su madre, y la niñera parecía tan agotada como ella. 

Un impulso lo hizo acercarse.

—Déjame ayudarte —ofreció y miró sus carnosos labios separándose para decir algo, pero Nathan ya había tomado a Emma, quien envolvió sus bracitos alrededor de su cuello.

Una sonrisa se le escapó. Colocó a la niña en el asiento del coche con cuidado, ajustó los cinturones y cerró la puerta.

—Ya está.

Al mirarla, se dio cuenta de que Liz jugueteaba con el bolso de mano que hacían brillar sus delicadas uñas y notó su habitual expresión insegura. ¿Se excedió?

Esa noche actuó sin pensar al acercarse en el jardín, pero se alegraba de verla. Llevaban meses sin coincidir en las fiestas del círculo que compartían, y encontrarla llorando lo descolocó.

Sí, estaba actuando como un estúpido y para terminar la noche con broche de oro, no pudo resistirse a dar un paso adelante y se inclinó al rozar su mejilla con los labios. Fue apenas un instante, pero sintió cómo ella contuvo el aliento.

—Buenas noches, Ángel —susurró.

La niñera soltó una risita y él no pudo evitar esbozar la suya, pero eso lo trajo al presente y se obligó a ir junto a la mujer que lo esperaba impaciente frente a su deportivo. 

Antes de entrar en su coche, aspiró con fuerza el aire frío de la noche. 

—¿Mi casa? —preguntó la mujer como para encarrilarlo de nuevo a su objetivo y funcionó.

—Un hotel —dijo, colocando la mano sobre su muslo descubierto un poco más de lo necesario. 

Permitió que eligiera la música para el camino, pero se arrepintió en la segunda canción cuando la escuchó cantar, así que aceleró. 

—Tienes mucha prisa, ¿no? —Esa mujer tenía el ego hasta las nubes, pero Nathan no respondió.

Solo pretendía obtener lo que ella ofreció. Tardó poco en llegar al Imperial, propiedad de su familia, y tomó el ascensor privado al mismo tiempo en que la mujer se abalanzó sobre él, besándolo con urgencia. 

Pero su mente traicionera se desvió hacia la turgente silueta de Elizabeth, la suavidad de sus gestos, esa elegancia natural que la hacía destacar sin intentarlo y cerró los ojos con fuerza, tratando de concentrarse en las caricias que estaba recibiendo. 

Un gemido suave escapó de ella y por un momento, su mente lo engañó, imaginando que era Liz quien se derretía bajo sus manos. Como una sombra persistente que se negaba a abandonarlo, y maldita sea, lo disfrutó. 

Pero el placer duró poco, porque recordó que no tenía derecho a fantasear con ella. Ya no. Aquella preciosura inocente había rozado su corazón hacía años, pero luego tuvo que verla casarse con un idiota manipulador.

Se pasó una mano por el cabello cuando recordó la noche de su boda, en contraste con su estúpida fantasía de imaginar que el hombre con el que se casaba era él. Estaba consciente de que jamás iba a ocurrir, y esa realidad lo consumió por años. 

Sacudió la cabeza, echando a un lado sus pensamientos de Elizabeth, mientras la otra mujer se apoderaba de su atención con una urgencia que lo arrastró de vuelta al presente, al mismo tiempo en que el ascensor se abrió en el Penthouse e hizo que la mujer que lo acompañaba avanzara frente a él.

Debía seguir con su vida, llegar a la cantidad que necesitaba y largarse de esa maldita ciudad donde todo tenía que ver con esa rubia que le había robado el corazón.

Arrancar de raíz ese anhelo que lo perseguía. Con una voz ronca que desconoció, dio la orden:

—De rodillas.

También te puede gustar

Portada de la novela Atado a él: El oscuro regreso de un espíritu
8.0
Arturo ignoró el secuestro de su novia y ella pereció en una explosión. Ahora, como un alma en pena, está condenada a seguir al hombre que la abandonó. Mientras él desprecia su recuerdo y al hijo que nunca nació, ella observa en silencio su fría indiferencia. Tras un año de tormento invisible, descubre que la actual prometida de Arturo orquestó su muerte. El espíritu de la víctima, atrapado en este mundo, solo descansará cuando logre justicia.
Portada de la novela Contrato de matrimonio con el CEO
8.2
Mientras Sarah Williams intenta rehacer su vida tras perder a su madre, recibe una oferta inusual en su trabajo. Enzo, el influyente CEO, le plantea un matrimonio ficticio para salvaguardar la herencia familiar de su ambicioso hermano Víctor. Al aceptar, Sarah se sumerge en una pesadilla: Víctor oculta un poder mortal y está decidido a destruir el vínculo. Ahora, la pareja enfrenta una violenta persecución de fuerzas oscuras dispuestas a todo por detenerlos.
Portada de la novela El Corazón Traicionado
8.6
El aire del santuario vibraba con el poder del Corazón de la Tierra, un zumbido que sentía hasta en mis huesos. Era la ceremonia anual de bendición, y como curandera y elegida, canalizaba su energía para sanar a mi gente, hasta que un grito rompió la solemnidad. "¡Traición!" Era Estrella, mi propia hermana, señalándome con un dedo tembloroso, su voz llena de un dolor que parecía real. "¡Luna! ¡Has profanado este lugar sagrado!" Me acusó de entregarme a las artes oscuras, de traer un chamán de la sombra para robar el poder del Corazón. Un murmullo de horror recorrió la sala y el Gran Consejo de Ancianos se levantó. Miré a mi hermano Sol, buscando apoyo, pero sus ojos reflejaban horror y duda. El Anciano Sol sentenció: "Has traicionado nuestra confianza, has traicionado a la Tierra misma." No hubo juicio, solo la acusación de mi hermana y la condena del Anciano. Fui declarada culpable y desterrada por quinientos años a las Tierras Áridas, ese infierno del que nadie regresa. "¡No! ¡Soy inocente!" grité, pero los guardias ya me sujetaban. Me arrebataron mis dones curativos, mutilaron mis manos, y quemaron mis tatuajes sagrados, despojándome de todo. Quinientos años fui una vasija para espíritus de arena, pariendo criaturas deformes. Cuando el Anciano Sol vino a rescatarme, no era más que una bestia salvaje y rota. De vuelta en el templo, me arrastré para comer como un perro, mientras mi hermano Sol y el Anciano Sol me veían con asco. "¿Qué te pasa? Deja de actuar así", me dijo Sol. Me tildaron de actriz, incapaces de comprender mi trauma. Fue entonces cuando la verdad me golpeó: en los ojos de Estrella no había dolor, sino triunfo. Ella lo había orquestado todo, por envidia, y ahora sus cómplices me sometían a nuevas crueldades. Me golpeé la cabeza contra la pared, deseando el fin. No morí, pero la vieja Luna sí. Años después, cuando la verdad sobre Estrella salió a la luz, Sol y el Anciano Sol me buscaron. Pero ya era una chamana errante, libre, y los rechacé. "Algunas heridas, simplemente, no se pueden perdonar."
Portada de la novela El precio del poder
8.7
Mariana Estévez es una poderosa CEO cuya vida colapsa cuando una red de trata secuestra a su hija, Valentina. Para rescatarla, la empresaria arriesga su imperio financiero en una lucha contra el tiempo. Al investigar, descubre con horror que socios y parientes están involucrados en la trama criminal. Ante esta traición masiva, Mariana deberá decidir si salva su estatus corporativo o la vida de su pequeña, asumiendo el oscuro precio de su propia ambición.
Portada de la novela La princesa y la espada
8.8
La princesa Katherine lo ha perdido todo tras la traición de su tío y la ruina de Algratown. Ahora, prisionera en las mazmorras de Falowen, pacta una alianza con un peligroso asesino para escapar de su sentencia. Esta unión los lanza a una aventura llena de magia y riesgos donde surge un romance inesperado. Mientras huyen, descubrirán verdades ocultas que cambiarán su mundo, obligando a Katherine a sacrificarlo todo para reclamar su herencia real.
Portada de la novela La Sombra del CEO
9.7
La impecable trayectoria de Alejandro Rodríguez, magnate del sector hotelero, se tambalea tras el inesperado suicidio de un socio cercano. A raíz de esta muerte, una cadena de notas anónimas amenaza con revelar un oscuro episodio del pasado de su corporación. Rodeado de intrigas y traiciones, el empresario iniciará una carrera contra el tiempo para descubrir al culpable, proteger su legado y sobrevivir a una conspiración que busca destruirlo.