Portada de la novela Secuestrada por un error

Secuestrada por un error

8.5 / 10.0
En Secuestrada por un error, Juliana huye de un narco que busca asesinarla. Protegida por un escolta con secretos oscuros, esta historia de mafia y traición es ideal para quienes buscan una novela de romance y misterio. Descubre este libro de ficción en nuestra plataforma de web novel.
Resumen de Secuestrada por un error
Después de años de sufrimiento, Juliana encara un destino letal. Un influyente narcotraficante, cegado por sospechas de traición, planea matarla tras rechazar la paternidad de su hijo. En su huida, ella encuentra refugio en el guardaespaldas que la rescató. A pesar del profundo amor que él le profesa, este hombre resguarda enigmas sombríos que amenazan con salir a la luz en una peligrosa red de mafias, engaños y secretos familiares por descubrir.
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Secuestrada por un error Capítulo 1

Juliana sintió como si el mundo se desmoronara a su alrededor. El dolor físico de los golpes no se comparaba con el desgarro en su corazón al ver cómo el hombre al que amaba, el padre de su hija, la trataba con tal desprecio. Con la voz quebrada, intentaba desesperadamente razonar con él, aferrándose a la única verdad que conocía.

—Yo te juro, yo te juro que nunca te he engañado —sollozó, mientras sus lágrimas caían al suelo—. Luz es tu hija, mi amor... yo solo he sido tuya.

Pero su súplica solo avivaba más el odio en sus ojos. Él la miraba como si fuera la peor de las traidoras, como si su dolor y sufrimiento no significaran nada. Señaló hacia la cuna, donde la pequeña Luz dormía ajena a la tormenta que sacudía a sus padres.

—Esa bastarda no es mía. Me hice una prueba de ADN y salió negativa —escupió, con la voz llena de veneno.

Juliana se quedó inmóvil, congelada por la confusión. No podía procesar lo que estaba escuchando. ¿Cómo es posible? pensó. Él fue su primera y única vez, desde el momento en que la compró en ese infierno donde se vio obligada a trabajar para salvar a su hermano enfermo. No había habido nadie más, jamás.

—No... no entiendo... —murmuró, sintiendo que su mundo se tambaleaba aún más—. Tú fuiste el primero... el único.

Pero él no quería escuchar. La furia y los celos lo cegaban, y lo que alguna vez pudo haber sido amor, ahora solo era odio. Juliana sintió que ya no podía más. Había soportado todo: los maltratos, las humillaciones, los celos enfermizos... pero ahora, dudaba de cuánto más podría resistir.

—Por favor, por favor... —suplicó en un susurro, mirando a la pequeña Luz, su única luz en medio de tanta oscuridad. Pero en el fondo sabía que él ya no la escuchaba.

El dolor de ser arrastrada por el cabello apenas era soportable, pero lo que más dolía a Juliana era la traición que la rodeaba. Patricia, con su cabello rojo y su risa venenosa, había sido la amante de aquel hombre y se había encargado de hacerle la vida imposible desde que entró al burdel. Ahora, estaba ahí, dispuesta a hundirla más, como una serpiente venenosa que lanzaba acusaciones sin piedad.

—Cariño, esta mujer es una cualquiera —dijo Patricia, con una sonrisa cínica—. Se revuelca con el escolta nuevo, el de los ojos raros.

Juliana no podía creer lo que escuchaba. El nuevo escolta, ese hombre con dos ojos de diferente color, había sido amable con ella. La había ayudado en silencio, entregándole anticonceptivos en secreto, sabiendo que su “dueño” no toleraba que se cuidara porque deseaba tener más hijos con ella. Pero nada de lo que decía Patricia era verdad.

—Él no es mi amante —logró decir Juliana, su voz apenas un susurro.

Patricia no iba a detenerse.

—Por supuesto que lo es, cariño. Ese miserable es un agente de la DEA, entró encubierto para encarcelarte. Los dos son unos traidores.

El hombre al que una vez amó, ahora lleno de furia, la miró con un odio descontrolado. Juliana apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la agarrara por el cabello y la arrastrara al suelo una vez más. Mientras tanto, Patricia miraba la escena con una expresión de satisfacción maliciosa.

—Te mataré, maldita… —gritó él, completamente fuera de sí, sacando un arma.

Juliana, temblando, se arrastró como pudo hacia la cuna, agarrando a su bebé, Luz, y abrazándola con todas sus fuerzas, como si ese pequeño cuerpo pudiera protegerlas de lo que estaba a punto de suceder. Lo siguiente fue un sonido ensordecedor. Un disparo.

Al alzar la mirada, vio al escolta, el hombre de los ojos de diferente color, de pie, apuntando el arma hacia el suelo. El cuerpo de aquel hombre que la había maltratado tanto, ahora yacía inerte en el piso.

—Vamos rápido, Juliana… —dijo el escolta, con una urgencia inconfundible en su voz—. Los otros están dormidos, pero no tardarán en despertar.

Patricia, temblando de miedo, se arrastró hacia ellos, suplicando por su vida.

—Por favor, no me mates… Tengo dos niños… —rogó, con lágrimas en los ojos.

El escolta no le prestó atención. Sabía que el tiempo se estaba acabando.

—¡Juliana, vámonos!

Con la bebé en brazos y temblando de pies a cabeza, Juliana se levantó del suelo y comenzó a correr. Cada paso le parecía una eternidad, pero no se detuvo hasta que llegaron al carro. El escolta la ayudó a subir con Luz en brazos, y antes de que las puertas se cerraran, escuchó los gritos lejanos de los otros guardias despertando al caos que acababa de suceder.

Con el corazón desbocado y el miedo apretándole el pecho, Juliana supo que su vida, aunque siempre había sido difícil, jamás volvería a ser la misma después de aquella noche.

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Tabla de contenidos de Secuestrada por un error

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