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Portada de la novela Secretos del CEO

Secretos del CEO

Katia es una madre soltera que arrastra las secuelas de un abandono. Su desprecio por Stefan, su jefe, nace tras quedar encerrados en un ascensor, un suceso que revive sus traumas. Pese a que ella intenta distanciarse, él se propone enamorarla mientras oculta vínculos con la mafia. Entre la envidia externa y el regreso de un ex que pone en riesgo a su hijo, Katia deberá aceptar sus propios secretos para comprender a Stefan y lograr vivir un romance pleno.
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Capítulo 3

—Oiga, ¿qué le ocurre? —me preguntó el hombre, entre curioso y preocupado.

Fue a tocarme, pero me aparté bruscamente.

—¡No me toque! —grité, echándose hacia la pared, donde me dio en el brazo. — Auch…

—Déjeme ayudarla —dijo él, volviendo a acercarse.

—¡No, no quiero! ¡No quiero que un hombre me toque! —volví a gritar.

La sensación de ahogo aumentaba con cada minuto que pasaba en aquel lugar. También tenía molestias en el tórax, náuseas y malestar abdominal. Notaba que mis piernas comenzaban a perder inestabilidad y la sensación de mareo aumentaba pausadamente.

Me abracé a mí misma cuando noté que tenía escalofríos. Al sentir hormigueos en mis piernas, caí de rodillas sobre el suelo del ascensor y como pude, me apoyé en la pared, mientras que tenía una mano en el pecho.

—Es mejor que se calme —me aconsejó él.

—No… no puedo… —dije con dificultad.

—Si sigue así, lo único que conseguirá es que empeore.

Él se agachó hasta ponerse a mi altura y me mostró una sonrisa reconfortadora. Poco a poco, él me fue diciendo trucos para que me pudiera calmar y no pensara que estaba encerrada en un ascensor.

Después de eso, el hombre estiró el brazo y presionó el botón en el cual se veía una campana amarilla durante unos pocos segundos y esperó a que alguien le respondiera, pero no hubo respuesta.

Lo estuvo presionando varias veces más, para no tener respuesta. Se aflojó un poco la corbata. También se estaba empezando a agobiar.

Hacía calor, mucha calor en ese espacio reducido.

Se sentó a mi lado, dobló las rodillas y apoyó los brazos sobre las rodillas. Buscó algo en el bolsillo del interior de la chaqueta y sacó un celular.

Levantó el brazo en busca de señal pero no había ninguna. ¿Cómo era posible que nos pasara esto?

Giró la cabeza hacia mí y su mirada se mostró desconcertada al verme, mientras yo respiraba con la ayuda de una bolsa de papel marrón sobre la boca y la nariz.

—Piense que pronto nos sacarán de aquí y cuando eso pase, se pondrá mejor. A lo largo del día acabará riéndose —me comentó él, para que no pensara en lo que estaba pasando.

Asentí lentamente.

Continué respirando hasta que me encontró más tranquila, me quedó apoyada en la pared con la bolsa en una de las manos.

Mi cabello caía por los lados, impidiendo que él viera mi cara.

De vez en cuando, el hombre miraba el reloj para comprobar el tiempo que llevaban metidos en ese lugar. De pronto, cuando habían pasado cincuenta minutos desde que nos habíamos quedado encerrados, el ascensor comenzó a moverse.

Miré hacia arriba y luego miré al hombre con el que estaba, que tenía ahora cara de alivio. Antes de que las puertas se abrieran, me limpió las mejillas sonriendo un poco y me recogí el cabello en una coleta baja, dejando varios mechones sueltos.

—¿Sabe cuándo viene el Director General de esta empresa? —inquirió él, mientras yo seguía en el suelo.

—A las nueve y media normalmente, pero hoy debe venir a las nueve.

Nada más abrirse las puertas, salí a gatas, todo lo rápido que podía, del montacargas. Una vez fuera, respiré hondo para tranquilizarme, pero en ningún momento me levanté del suelo.

El hombre me observaba en silencio y decidió salir antes de que se volviera a quedar encerrado.

Las personas que estaban en la planta treinta se quedaron sorprendidas al ver cómo salía del ascensor.

Me giré hacia el ascensor pero no encontré al hombre. Volví mi vista hacia adelante y lo encontré a horcajadas enfrente de mí, mientras que me ofrecía una mano.

Acepté y me levanté con su ayuda.

En ese momento me percaté de que ese hombre era guapo. Él llevaba un traje de color azul marino con una corbata azul, una camisa marrón y los zapatos negros.

A simple vista, su cabello era sedoso, brilloso y rubio, con el cabello engominado hacia atrás. Sus ojos eran de un tono verdoso. Su piel de color canela llamaba mucho la atención.

Sus piernas eran largas, al igual que sus brazos.

El hombre se puso de pie junto a mí. Era bastante alto, por lo menos mediría unos 1.95 m y se podía ver que era delgado. También tenía una barba de unos tres días sin afeitar que le hacía irresistible.

—Gracias por ayudarme —le agradecí, mientras me ponía bien la chaqueta.

—Ha sido un placer —me mostró una pequeña sonrisa.

—¿Otra vez ha pasado eso? —se escuchó detrás de ellos. — Pero, ¿no lo arreglaron el otro día?

Nos giramos para ver quién era, mientras nos soltamos las manos.

Al girarse, vimos a un hombre moreno con los ojos azules. Tenía una sonrisa picarona. Llevaba un traje negro que le quedaba como un guante junto a camisa azul y una corbata del mismo color que el traje.

No pasaría de los treinta años y cinco años.

—Buenos días, señor Davis —lo saludé con una pequeña sonrisa.

—Katia, ¿qué haces aquí? —preguntó el hombre recién llegado, descolgando el teléfono. — ¿Qué te ha pasado? —dijo preocupado.

—Digamos que hemos tenido un pequeño problema con el ascensor —respondió el hombre rubio.

—Ese ascensor está dando más problemas últimamente… —suspiró el señor Davis. — ¿Cuántas veces te he dicho que me llames Joshua? Eres la mejor amiga de mi novia.

—Perdón… —contesté con los hombros encogidos. — Este hombre me ha preguntado por usted.

Ambos hombres se quedaron mirándose mutuamente y en silencio. Sin más, Joshua cerró los ojos y sonrió. Se acercó a mí y tras ponerme una mano en el hombro, me aconsejó:

—Ve al baño, échate agua y cuando estés más calmada, vuelve a tu puesto de trabajo. Si alguien te ve, pensará cosas que no han pasado, ¿cierto?

—No ha pasado nada —le dije seria.

—Lo sé, por eso quiero que vayas al baño —me sonrió.

Asentí en silencio y me dirigí hacia el baño que se encontraba hacia el lado derecho de esa planta.

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