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Portada de la novela Secretos de un CEO

Secretos de un CEO

Lucía, una asistente común, ve cómo su vida cambia drásticamente al integrarse en el equipo del poderoso Ricardo Díaz. Tras la brillante fachada de éxito del ejecutivo, se oculta una realidad oscura que ella empieza a descubrir por las noches. Dividida entre una atracción irresistible y el miedo a lo desconocido, Lucía se enfrenta a un dilema crucial: confiar en sus sentimientos o protegerse del peligroso misterio que envuelve a su nuevo jefe.
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Capítulo 3

Los días comenzaron a transcurrir de forma acelerada para Lucía. En su primer semana como asistente personal de Ricardo Díaz, se dio cuenta de que todo en la empresa estaba diseñado para ser eficiente y preciso. La agenda de Ricardo estaba tan llena de compromisos que Lucía apenas tenía tiempo para respirar entre una reunión y otra. Sin embargo, había algo más que la inquietaba: cada vez que observaba a su jefe, sentía que había una capa invisible entre ellos, una barrera que ni siquiera ella sabía cómo atravesar.

A pesar de que había comenzado a hacer su trabajo con diligencia, empezaba a preguntarse qué había detrás de la fachada impecable de Ricardo. Había algo que no encajaba, algo que parecía ser un secreto guardado celosamente, tanto por él como por las personas que trabajaban a su alrededor. Aunque nunca lo había dicho en voz alta, Lucía no podía ignorar las pequeñas señales: el comportamiento inusualmente reservado de Ricardo, su actitud distante, las llamadas nocturnas de las que él siempre se encargaba personalmente, y las discusiones que se mantenían a puertas cerradas.

Una tarde, mientras organizaba documentos en su oficina, Lucía notó que Ricardo tenía una reunión importante, algo que no le era desconocido. Lo que sí le llamó la atención fue el tono de urgencia con el que lo mencionó al entrar a la oficina esa mañana.

—Lucía —dijo Ricardo sin mirarla, revisando algunos papeles—. Hay un asunto urgente que debe resolverse hoy. Necesito que estés al tanto y disponible. Es algo que debe permanecer confidencial, incluso dentro de la empresa.

Lucía asintió con la misma seriedad con la que había asumido todos los demás trabajos que le había asignado. Sabía que no podía hacer preguntas, que no debía demostrar duda o curiosidad. La línea entre la profesionalidad y la invasión de la privacidad parecía ser delgada con él, pero aún así, algo la impulsaba a ir más allá de lo que se esperaba de una simple asistente.

La jornada transcurrió como siempre: Ricardo en su oficina con reuniones, Lucía organizando, archivando y asegurándose de que todo funcionara sin problemas. Sin embargo, cuando llegó la hora del almuerzo, algo peculiar ocurrió. Ricardo salió de su oficina apresuradamente, como si un reloj invisible le estuviera presionando, y ni siquiera se despidió de ella.

Lucía, por un momento, se quedó desconcertada. Normalmente, cuando alguien como él salía de su oficina, el silencio volvía a instalarse rápidamente en el piso, pero algo en el aire esa vez se sentía diferente. El paso firme de Ricardo resonaba en el pasillo, pero no se dirigió al comedor de la empresa ni a la sala de reuniones que había utilizado tantas veces. En lugar de eso, se dirigió a la salida principal del edificio. Lucía, sin pensarlo mucho, decidió seguirlo. No lo hizo de manera obvia, por supuesto. Se limitó a observar discretamente desde una distancia. ¿Por qué sentía que algo extraño estaba ocurriendo?

Ricardo se subió a un coche negro que esperaba fuera de las puertas del edificio. Sin decir una palabra, el chofer arrancó y el coche se alejó rápidamente. Lucía se quedó quieta, viendo cómo se desvanecía en la distancia. No era la primera vez que veía salir a Ricardo sin previo aviso, pero esta vez sentía que había algo más en su actitud, algo más que solo una salida rutinaria.

Intrigada, Lucía volvió a su escritorio, intentando mantenerse concentrada en el trabajo que había dejado sin terminar. Sin embargo, su mente no dejaba de regresar a la imagen del coche negro y la forma en que Ricardo había salido, como si no quisiera que nadie lo siguiera, como si temiera ser visto. Algo no estaba bien. No era solo el trabajo en sí o la atmósfera de la oficina; era la constante sensación de que había algo en Ricardo que nadie parecía comprender, algo que estaba más allá de la fachada pulida que siempre mantenía.

Pasaron varias horas antes de que Ricardo regresara, esta vez de manera aún más apresurada. Lucía se sorprendió al verlo tan nervioso, algo que rara vez había visto en él. Su postura, normalmente tan imponente y firme, estaba ligeramente desajustada. Y aunque intentó no mostrarlo, Lucía notó cómo sus manos temblaban levemente cuando cerró la puerta de su oficina.

Sin embargo, no hizo mención del asunto, como si no hubiera pasado nada. Lucía estaba a punto de irse a casa cuando, inesperadamente, él se acercó a su escritorio.

—Lucía, quiero que estés al tanto de algo —dijo, pero su voz sonaba diferente. No era la voz fría y profesional de siempre, sino algo más cálido, aunque igualmente calculador.

Lucía levantó la vista, algo sorprendida por la cercanía de su jefe. No había tenido demasiadas conversaciones personales con él hasta ese momento, y la verdad, no esperaba una ahora.

—Claro, señor, ¿de qué se trata? —respondió, aunque algo en su interior le decía que no era una conversación rutinaria.

Ricardo miró a su alrededor antes de hablar, como si quisiera asegurarse de que nadie estuviera cerca.

—Necesito que manejes un par de documentos confidenciales esta noche. Estaré fuera de la ciudad por algunas horas, pero quiero que te asegures de que todo quede en orden. Es algo muy delicado.

Lucía asintió, no sin una ligera sorpresa en su rostro. Si bien había manejado documentos importantes, nunca se le había pedido algo tan a última hora y con tan poca explicación.

—Lo haré, señor. Entiendo la importancia.

Ricardo la observó fijamente por un momento, como si quisiera decir algo más, pero se contuvo. Finalmente, asintió con la cabeza y volvió a su oficina.

Lucía se quedó mirando la puerta de su jefe por un instante, sintiendo una extraña incomodidad. Había algo en su tono que no pudo descifrar. ¿Por qué se sentía tan distante últimamente? ¿Por qué todo lo que parecía hacer estaba envuelto en misterio? A pesar de su capacidad para manejar la incertidumbre en el trabajo, nunca había estado tan fascinada y a la vez desconcertada por alguien como lo estaba por Ricardo.

Esa noche, cuando terminó su jornada laboral, Lucía se encontró en la oficina de Ricardo, revisando los documentos que le había solicitado. Todo parecía en orden, pero al mismo tiempo, algo se sentía extraño. Los papeles eran demasiado detallados, demasiado específicos, como si estuvieran diseñados para algo más que simples informes de trabajo.

A medida que pasaba el tiempo, Lucía comenzó a sentir que se encontraba en medio de un laberinto, uno del cual no sabía cómo escapar. Había algo oscuro y atrapante en la figura de Ricardo, algo que la atraía y la repulsaba al mismo tiempo. ¿Por qué alguien tan exitoso y seguro de sí mismo necesitaba esconder tantos secretos? ¿Y por qué, a pesar de todo, Lucía no podía dejar de preguntarse si, tal vez, detrás de esa fachada inquebrantable, se escondía algo más?

Cuando terminó su tarea y apagó la luz de la oficina, Lucía se preguntó si algún día sería capaz de desvelar todos los misterios de Ricardo Díaz. Pero, por el momento, sabía que solo había una cosa cierta: había comenzado una aventura peligrosa, y ya no podía dar marcha atrás.

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