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Portada de la novela Secretos bajo la luna

Secretos bajo la luna

Tania ignora el mal presagio de la luna llena y el clima hostil para encontrarse con Lucas, el seductor empleado de su librería favorita. Lo que parecía una cita común se transforma en una pesadilla cuando una presencia acecha desde la penumbra. Bajo la vigilancia de unos ojos amarillentos y feroces, ella queda atrapada en un enigma sobrenatural. Su realidad se quiebra ante un secreto ancestral de licántropos que no podrá dominar con facilidad.
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Capítulo 2

Pasaron tres días y Tania no tenía noticias de Lucas.

El misterioso Carlos, el día en que la había dejado en su casa, le aconsejó esperar a que él le trajera noticias, pero a ella tanta espera no le aportaba ningún tipo de beneficio.

Como un león enjaulado se paseaba por su habitación recibiendo el frío del suelo por los pies desnudos.

Las mañanas de noviembre siempre despuntaban con poca temperatura en el Jarillo, un pueblo montañoso de Venezuela habitado por un pequeño grupo de familias de ascendencia alemana que vivían de la agricultura y el turismo.

Allí Tania había decidido establecer su residencia para estar alejada de las ciudades. Se ocultaba para que su pasado jamás pudiera encontrarla.

Harta por la incertidumbre, se colocó con rapidez los zapatos y salió a la calle en busca de respuestas. Tenía que encontrar a Lucas lo más pronto posible, algo dentro de ella la movía a actuar con urgencia.

El alba comenzó a brillar en el horizonte cuando ella puso un pie en el exterior, aún faltaba para que los negocios de la zona abrieran sus puertas, por eso la calle principal se encontraba desolada.

La chica se adentró por un oscuro callejón hasta ubicar al único establecimiento que a esa hora tenía encendido el cartel de «abierto»: la Librería Oráculo, el sitio dónde había conocido a Lucas.

Nunca se interesó en comprender las razones por las que el dueño iniciaba sus labores tan temprano, solo agradecía el gesto, ya que eso le facilitaba curiosear entre sus estantes sin apuro antes de ir a su trabajo.

Respiró hondo al entrar, necesitaba llenarse de valor y de paciencia. Enfrentar a Don Severiano, el dueño, no era un asunto fácil.

Él se levantaba cada mañana dispuesto a molestar al mundo que lo rodeaba con su mala actitud. Si no fuera porque el viejo se las arreglaba para tener los mejores títulos a precios razonables, ella ni en sueños se hubiera acercado a ese lugar.

Abrió la puerta con suavidad mientras escuchaba el chirriar de las bisagras. Sabía que aquel angustiante sonido no pretendía aportar más misterio a sus problemas, sino que era una estrategia de Don Severiano. El viejo se negaba a realizarle mantenimiento para aprovechar el ruido como anuncio de la llegada de clientes.

—Buenos días —saludó a la bóveda de libros que se mostraba frente a ella. El lugar era pequeño y la gran cantidad de libros que cubría las paredes y llenaba los pasillos lo hacía más reducido—. ¿Don Severiano? —insistió.

A pesar de que las luces estaban encendidas, parecía no haber nadie. Tania comenzó a sentir temor.

Con lentitud se fue adentrando en los oscuros pasillos donde en más de una ocasión se había tropezado con Lucas, terminando embrujada por su sonrisa.

Él se sumergía entre los estantes abarrotados y encontraba en tiempo record lo que ella había ido a buscar. Parecía saber dónde estaba ubicado cada libro.

A pesar de que Don Severiano no tenía ningún tipo de orden en aquella librería, solía ubicar las nuevas adquisiciones donde divisara un espacio libre, bastaba con decirle a Lucas el título o el autor para que él lo hallara como si olfateara su esencia.

—¿Don Severiano? ¡Es Tania!

Aún no recibía respuestas y eso le preocupaba. ¿Y si los secuestradores de Lucas se habían llevado también al pobre anciano?...

No. Esa idea era imposible. Cualquiera que secuestrara a Don Severiano se arrepentiría en menos de un minuto por el error cometido. En vez de pedir rescate por su vida, serían capaces de entregarse voluntariamente a la policía para alejarse de él. Era muy testarudo.

—Aquí, niña. ¡Al fondo!

Se sobresaltó de alegría al escuchar la voz añeja y severa del viejo, que resonaba al fondo del negocio.

Se apresuró por llegar a él, imaginaba que podía hallarse en un serio apuro, pero quedó petrificada al toparse con un caos.

Al final del pasillo decenas de libros se encontraban esparcidos en el suelo de forma desordenada, y Don Severiano estaba en medio, con el rostro crispado.

—¿Qué sucedió?

—Menos mal que viniste, me ahorraste un viaje a tu casa —respondió el hombre.

Uno de los estantes había sido vaciado. Muchos libros se hallaban apilados en torres deformes en el piso y otros estaban tirados con las tapas abiertas.

¿Qué habría sucedido para que el meticuloso anciano tratara a sus preciados libros de aquella manera?

—Me costó trabajo encontrarlo, pero aquí está.

Con el rostro sudoroso por el esfuerzo, Don Severiano le entregó a Tania una agenda pequeña y delgada de hojas amarillentas, con las cubiertas forradas en cuero negro.

—¿Qué es?

—Un diario que Lucas escondió aquí y me pidió que te entregara si algo llegaba a sucederle.

Ella quedó atónita y con la mirada fija en el rostro arrugado del anciano, que estaba enmarcado por una desordenada masa de cabello blanco.

—¿Lucas le pidió que me lo entregara? ¿Por qué?

—¡¿Qué voy a saber yo?! Ustedes los jóvenes son los seres más extraños del planeta, siempre andan por ahí, con la cabeza sumergida en otros mundos.

Severiano caminó con dificultad por el pasillo en dirección a su escritorio ubicado a un costado de la puerta de entrada. Hablaba entre gruñidos mientras sacudía una mano en el aire como si reprendiera a alguien.

Tania se quedó inmóvil por un minuto, sorda a sus quejas. Cientos de preguntas revolotearon su cabeza.

Al darse cuenta de que había quedado sola, corrió presurosa tras el hombres.

—¿No dijo nada respecto al diario? ¿Por qué lo escondió? ¿Por qué había que sacarlo si algo le sucedía?...

Severiano se giró y la calcinó con una mirada obstinada.

—Ese chico ha sido uno de mis mejores empleados y me pidió un favor que le estoy concediendo sin preguntar. Haz tú lo mismo.

Sin decir más, el anciano se sentó en el escritorio y comenzó a ordenar, con evidente fastidio, una gran pila de facturas. Actuaba como si ella no estuviera presente.

Tania tenía miles de dudas, pero sabía que aquel hombre no iba a ayudarla. Cuando Severiano se encerraba en su cólera no había manera de sacarlo de allí. Debía buscar otras fuentes. Al menos, tenía aquel diario que podría darle alguna respuesta.

Sin despedirse salió de la librería hacia su casa, ansiosa por revisar el objeto. Esperaba hallar en él una pista para encontrar a Lucas.

Severiano la observó partir con una sonrisa forzada en los labios.

—Ya todo está hecho, solo espero que Lucas no se haya equivocado —murmuró y con su habitual seriedad se levantó del escritorio y se hundió de nuevo en los pasillos.

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