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Portada de la novela Secreto de Oficina.

Secreto de Oficina.

Raquel, de 24 años, comienza su pasantía bajo la implacable supervisión de Samuel Dávila. Aunque surge un romance prohibido entre ellos, la gélida actitud del empresario termina por fracturar la relación. Tras un incidente decisivo, ella escapa a su pueblo natal para proteger un secreto que impulsará su trayectoria profesional. Pese a su firme promesa de no involucrarse de nuevo con compañeros de trabajo, el destino pondrá a prueba su resolución.
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Capítulo 3

Raquel se encontraba tecleando arduamente frente a la computadora, pero inesperadamente el sonido del teléfono de oficina, que estaba a su lado, comenzó a sonar con insistencia.

—¿Sí?

—Señorita Ruiz, necesito verla ahora mismo.

—¿Necesita verme?

—Sí.

Las mejillas sonrojadas de Raquel se hicieron evidentes en su rostro.

—Ahora voy, señor.

Al colgar el teléfono, tuve que colocar las palmas de mis manos sobre mis mejillas para ahuyentar el color rojo de estas. Habían pasado 6 meses desde que había entrado a la empresa y, a pesar de que recibí muchos regaños al inicio de mi trabajo, estos habían sido cambiados por halagos por parte de mi jefe. Claro, todo con respecto a mi trabajo, pero no podía evitar estar deslumbrada por él. Su simple cercanía despertaba mi nerviosismo y sentía que no aguantaba estar mucho tiempo a su lado sin sentirme nerviosa. Tomé aire antes de salir de mi oficina, esto para parecer tranquila cuando estuviera frente a él. Cuando entré a su oficina, me recibió con una sonrisa hermosa. Yo solo bajé mi mirada tratando de evitar aquella sonrisa y que no provocara en mí el sonrojo que ya había ahuyentado en la soledad de mi oficina.

—Señor, ya estoy aquí.

Solo solté, aun evadiendo su mirada.

—Siéntese.

—Sí.

Contesté con nervios.

Raquel se dirigió hacia la silla que se encontraba frente al escritorio donde él estaba sentado, aún mirándola. Samuel se levantó de su asiento y se acercó a Raquel para luego tomarla de la mano y levantarla.

—¿Señor?

—Ven, sígueme.

Samuel dirigió a Raquel, aún sosteniéndola de la mano, hacia el asiento detrás del escritorio. Raquel lo miró con confusión.

—Siéntate.

—Pero… este es su lugar.

—¿Quieres aprender de mí?

Raquel asintió.

—Entonces debes aspirar a algún día sentarte en un lugar como este… A menos que seas conformista y no quieras más, dime, ¿quieres más?

Raquel asintió fervientemente.

—Quiero más.

Él sonrió y tomó de los hombros a Raquel, empujándola hacia abajo hasta que finalmente ella se sentó en aquella silla que representaba un puesto sumamente importante.

—Te ves bien.

Soltó Samuel.

—¿Sí?

Preguntó Raquel, dirigiendo su mirada hacia arriba, buscando la de su jefe.

—Muy hermosa.

Raquel sonrió un poco avergonzada.

—Bueno, te hice llamar, ya que necesito que trabajes en unos documentos. Has hecho excelentes trabajos.

—Sí, por supuesto, señor.

Respondió Raquel feliz, aunque también sabía que esos trabajos implicaban trabajar hasta tarde, pero disfrutaba de su trabajo.

—Perfecto.

Samuel caminó por detrás de la silla y rozó con su dedo el hombro de Raquel, provocando un delicioso escalofrío.

—Bien, es todo, puede irse.

Raquel tímidamente se levantó del asiento.

—Sí, señor, me pondré a trabajar en eso.

Raquel caminó hacia la salida.

—Señorita.

—¿Sí, señor?

Giré para verlo y esperaba que no lograra ver que ese pequeño roce me había generado el rubor en mis mejillas.

—Olvidé decirle que necesito esos documentos para hoy.

—¿Para hoy?

Preguntó Raquel mientras miraba su reloj, solo para percatarse de que en pocas horas terminaría su jornada.

—Esperaré aquí hasta que termine, sin importar la hora que sea.

—Está bien, señor.

Era mi trabajo y me gustaba hacerlo. Por suerte, esa tarde no tenía que hacer nada con referencia a mi tesis, ya que prácticamente la había terminado, así que podría trabajar sin presión, aunque estaba emocionada porque descansaría por fin después de varias noches de desvelo.

Cuando estuve en mi oficina, me dispuse a trabajar y, mientras leía unas interminables letras, recordé el roce de su dedo sobre mi piel y la sensación que despertó en mí: "Es solo mi imaginación". Me repetí varias veces en mi mente algo que decía las últimas semanas cuando él hacía cosas que pensara lo contrario, como cuando mientras escribía me sonreía gentilmente algo que no hacía meses atrás o cuando rozaba su mano con la mía al caminar juntos. En verdad sentía que era imaginación mía.

Raquel vio su reloj, percatándose de que ya era tarde y quizás todos se habían ido ya a sus casas; sobó un poco su hombro derecho y continuó escribiendo sobre la computadora. El sonido de la puerta la perturbó un poco.

—¿Sí?

Preguntó algo asustada Raquel.

Samuel entró a la oficina, haciendo que Raquel se sorprendiera.

—¿Señor?, ¿qué hace aún aquí?

—Dije que la esperaría.

Él sonrió.

"Es mi imaginación"

—Yo ya casi acabo; si gusta, puede irse y en cuanto termine, se lo dejo en su oficina o puedo mandarle el archivo si es muy urgente.

Samuel se acercó y tomó una de las sillas, halándola hacia donde estaba Raquel sentada trabajando.

—La esperaré.

Dijo mientras se sentaba justo a su lado.

—Eh… Está bien.

Raquel suspiró y retomó lo que hacía, aunque en ocasiones sentía la mirada sobre ella. Volteó a ver unos documentos y, al querer tomarlos, sintió las manos suaves de Samuel.

—Le ayudo, dígame, ¿qué busca?

Raquel lo miró y negó preocupada con su cabeza.

—No, señor, yo puedo hacerlo, es mi trabajo.

—Pero quiero ayudarla.

—¿Ayudar… me?

Ambos se miraban fijamente y mantenían el contacto con sus dedos sobre los documentos.

—Es solo mi imaginación, ¿no es así?

Él sonrió aún mirándola, por lo que acababa de decir Raquel.

—No lo es.

Él soltó y se acercó ligeramente hacia los labios de tonalidad roja tenue de Raquel.

—Señor… ¿Qué hace?

—Eres hermosa y no he podido evitar percatarme de eso.

Su mirada estaba sobre mí y él había confirmado que todo lo que había pensado que era producto de mi imaginación había sido realidad. En verdad, tocaba mi piel con el deseo de hacerlo y eso me hizo estremecer. Vi cómo sus labios se acercaron a los míos y simplemente ya no podía detener ese momento. Sin dimensionar lo que esto traería a mi vida, simplemente accedí.

Sus labios eran lindos, aunque esperaba un beso tierno y dulce. La intensidad de este tampoco era algo que me desagradara. Tomó mis mejillas con sus manos y las apretó con desespero.

—Traté de evitar esto, pero simplemente no puedo.

Susurró, alejándose un poco de mis labios y mirándome profundamente, mientras aún apretaba mis mejillas con sus manos, supongo que para que evitara alejarme de él.

—Pero esto está mal, es mi jefe.

Sus labios chocaron nuevamente con los míos y, aunque sabía que debía parar esto, mi cuerpo no respondía: solo respondía al beso que me daba. Sentí el roce de su lengua con la mía y supe que eso ya no se podía evitar. No podía evitar querer besarlo aún más y sentir su aroma sobre mí. Mi mente estaba llena de muchas cosas, entre que no era lo correcto y que daba igual.

Samuel finalmente apartó las manos de las mejillas sonrojadas de Raquel y al apartar sus labios de los de Raquel solo sonrió.

—Creo que debemos continuar con el trabajo.

Raquel, que aún no cabía en lo que había ocurrido, también sonrió y afirmó las últimas palabras de su jefe.

—Sí.

Raquel dirigió nuevamente su mirada hacia la computadora y, aunque comenzó a teclear, su concentración estaba en lo que había sucedido antes.

Finalmente, terminé, aunque puse más esfuerzo para poder concentrarme, evitando la mirada sobre mí y mis labios. Cuando terminamos el trabajo, salimos de la oficina hacia el ascensor y ninguno dijo nada al entrar a este, pero antes de que el ascensor abriera sus puertas en recepción, tomó mi mano, acercándome hacia él, y me dio por fin el dulce beso que, como una tonta chica, esperaba y que después no volvería a recibir, un gesto tan dulce por parte de él…

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