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Portada de la novela Secreto Ciclista En La Montaña

Secreto Ciclista En La Montaña

La inusual condición física del protagonista, quien posee dos miembros masculinos, ha arruinado su vida íntima al ahuyentar a todas sus parejas. Desesperado por su situación, decide aceptar la propuesta de su amigo Darío para unirse a un club de ciclismo lleno de mujeres. La estrategia consiste en aprovechar la absoluta oscuridad de las rutas nocturnas en la montaña para intimar con ellas sin que descubran su secreto a primera vista, buscando cambiar su suerte en esta intrigante novela de romance.
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Capítulo 2

Después del consejo de Darío, ya tenía claro qué haría cuando llegara el momento.

No veía la hora de que llegara el día de la salida en bici; ahí abajo me picaba una inquietud que no me dejaba en paz.

El sábado llegó antes de lo esperado. Alguien me etiquetó en el grupo.

“Guapo, ¿vas a ir hoy?”

Le escribí por privado a Valentina enseguida:

“¿Y tú?”

Me respondió rápido:

“Si vas tú, yo voy, Iván”.

Me alegré y contesté en el grupo:

“Por supuesto que voy”.

El grupo se animó enseguida; todos querían conocerme por fin en persona. Me puse el conjunto de ciclismo. La licra negra se me pegaba al cuerpo musculoso y me marcaba sobre todo ahí abajo, donde se veía un buen bulto. Cuando esas mujeres lo vieran, iban a volverse locas por mí.

Cuando estuve listo, bajé. Darío ya me esperaba. Él pedaleaba delante y yo lo seguía, hasta que llegamos al lugar acordado. Las mujeres del grupo ya nos esperaban junto al camino.

Al verme llegar, se acercaron una tras otra a saludarme.

—Así que tú eres Iván. En persona la tienes más grande que en las fotos. —La mujer que tenía delante, cargada de maquillaje, me miraba sin disimulo la entrepierna mientras me recorría los pectorales con una mano.

Me dio mucha pena. Hasta entonces siempre había vivido encerrado en casa; nunca había sabido lo que era salir a pasarla bien con una mujer. En eso, Valentina se me acercó y me dio una palmada en el hombro.

—Hola, Iván, llevo un rato esperándote.

Llevaba un top corto bien provocativo que le marcaba unos pechos generosos; me dejó con la boca hecha agua. Abajo llevaba una minifalda a la altura de las nalgas, piernas largas, blancas y firmes, un culo carnoso de lo más tentador y medias largas blancas en las pantorrillas.

Se veía joven y llena de vida. Además, olía suavemente a piel joven, y ese aroma me dejó embobado, plantado ahí. Me dieron unas ganas tremendas de tumbarla ahí mismo y darle con todo.

Cuando ya estábamos todos, Darío dio la señal y arrancamos por la carretera rumbo a la montaña.

Yo iba al final de la fila, viendo cómo aquellas nalgas respingadas se meneaban de un lado a otro en las bicicletas.

Me calenté y ahí abajo ya empezaba a hincharme. Después de dos horas pedaleando, por fin llegamos a la montaña.

Darío ya no se aguantaba las ganas. Ni siquiera habíamos armado las tiendas de campaña y él ya estaba sentado en la bicicleta con una belleza entre los brazos, comiéndosela a besos.

Al ver aquellas nalgas redondas restregándose contra él, me entró una calentura insoportable. Me moría por tirarme encima de alguna en ese mismo momento. Como si notara mi desesperación, Valentina se me acercó y me rodeó el cuello con una mano.

Su aliento tibio y dulce me atrapó al instante. Me calenté de pies a cabeza y le rodeé la cintura de avispa con las dos manos. La besé con ganas.

Valentina sí que era atrevida; aunque acababa de entrar al grupo, no se hacía la recatada ni un poco.

Metí una mano por el escote de su blusa y le apreté un pecho, mientras con la otra me colaba bajo su ropa interior y le frotaba la entrepierna sin parar.

A Valentina no le molestó para nada; al contrario, lo estaba disfrutando muchísimo. Poco a poco se le encendieron las mejillas y se le escaparon jadeos profundos sin parar. Escucharla jadear así me encendió; esos jadeos eran demasiado tentadores.

Me puse duro ahí abajo y se me clavó contra el vientre de Valentina. Ella sintió lo duro que estaba, me sonrió y enseguida metió una mano dentro de mi pantalón para agarrármela. Por miedo a que notara que algo era raro y saliera huyendo, me apresuré a apartarle la mano.

Valentina me miró atónita.

—Iván, no tienes por qué preocuparte. Esto es lo más normal del mundo. Si no me crees, míralos a ellos.

Seguí la dirección de su dedo y vi a Darío rodeado de tres mujeres, ya metido en una tienda de campaña, haciendo lo suyo. Toda la tienda se sacudía de un lado a otro.

Verlo me encendió la sangre. El problema era que aún no oscurecía y no podía dejar que Valentina viera que ahí abajo yo era distinto. Apenas atiné a esquivar el tema:

—No es eso. Todavía no hemos armado nuestra tienda de campaña; mejor hagámoslo primero.

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