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Portada de la novela Secretaria del Sexo

Secretaria del Sexo

El deseo carnal que experimento por ella se ha vuelto una carga incontrolable; cada gesto suyo intensifica mis deseos más profundos. Justo cuando planeaba sugerir un encuentro íntimo sin compromisos, sus declaraciones me tomaron por sorpresa. Con una calma absoluta, ella se anticipó a mis intenciones admitiendo que mi magnetismo le fascina. Reivindicando su derecho a decidir, me lanza un desafío directo para culminar nuestra tensión en la alcoba.
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Capítulo 2

Eli.

—¿A dónde irás? —pregunta Carolina entrando a mi habitación.

En este momento estoy lanzando ropa y ropa de mi armario, sólo he conseguido un blue jeans negro rotos muy ajustado, pero lo que no encuentro es una camisa que le favorezca. Seguramente a Carol se le pasen muchas ideas por su mente de dónde iría.

—Por ahí—mascullé desinteresada—. ¿Por qué?

La mirada lasciva que me lanzó, hizo que pusiera los ojos en blanco. Sé a dónde quiere llegar, así que suelto un bufido molesto, y prosigo a continuar en busca de una camisa bonita.

—Annelisse, ¿cuando piensas parar? —reprende y la ignoro—. ¡No duras ni un mes en aquellos trabajos! ¡¿Así piensas estar toda la vida?!

Bien, aquí voy, voy a explotar. —Es triste que no sepas que he conseguido un trabajo decente. Dime, anda, ¿por qué no lo sabías?

Vi su rostro palidecer y proseguí. —Porque todas las noches vas de masoquista a dónde tu novio maltratador y me olvidas a mí aquí. Únicamente sólo te veo en las mañanas y unas que otras veces en las tardes. No quedas conmigo a cenar como antes, porque como ya te dije vas de perrito faldero dónde tu estúpido novio. ¡Qué si se notan los morados de tus brazos Eliesse! 

Su rostro estaba empapado en lágrimas, y mi corazón se oprimió. Al menos le solté la verdad, amo mucho a mi hermana pero si ella no sabe cómo salir de sus problemas no tiene porqué meterse en los míos y tratar de aconsejarme, cómo cuándo yo lo hago y ella ni caso me hace, entonces, ¿qué caso tiene? Busqué otro empleo diferente por hacer algo bien y ayudarla con los gastos del apartamento,  ah pero,¿qué sucede? Que ella se va de noche —y ni llega a la casa—, a casa del maldito novio abusador y ni mensaje deja. Viene después de una semana y me hecha en cara que sigo en lo mismo sólo porque no me presta atención, ya ni hablamos como antes, y mucho menos se queda en nuestra casa como antes, prácticamente me está haciendo a un lado por una relación sumamente tóxica.

Tomé una camisa de tiras negra pegada y una chaqueta de cuero blanco, unas botas de tacón aguja y me vestí. No noté ni siquiera cuándo había salido Carol de mi habitación, pero si sé que seguramente se encontraba de ida a la casa de su novio. Aquello último me enfermaba, que ella estuviera con una persona así, pero supongo que el amor ciega muchas veces, como a ella le toca ahora. Fui a la cocina y tomé mi móvil, abrí la puerta del apartamento y salí, aún con la opresión dolorosa en mi pecho.

«No debería ser tan dura con ella». Pienso.

«Tal vez necesite de mi ayuda y no lo note»,pienso de nuevo.

Pero, si fuera así ya me hubiera contado, ya me lo hubiera dicho. Mi teléfono suena con una llamada entrante, lo tomo y sin ver el nombre respondo.

—¿Hol...?

—¡Cuéntamelo, ¿ya estás ahí?! —reí al escuchar la voz armoniosa de mi amiga.

—No Abbs, me faltan unas cuantas calles por llegar—contesté—. Te aviso a penas salga, ¿sí?  Estoy en la tienda al rededor de las tres.

Y con eso colgué. Caminé mirando las tiendas de mi alrededor, y también husmeando un poco a la gente. Personas corrían cómo nunca como si su vida dependiese de ello, otras caminan lentísimo cómo si estuvieran pidiéndoles permiso a sus pies, unas cuantas parejas que se ven enamoradas riendo tomados de sus manos, y yo aquí, sumamente sola, una mujer de relaciones abiertas —algunas veces son relaciones cerradas o cómo dirían ustedes,novios—, sin ningún compromiso por ahora. 

Frente a mí se mostró un edificio alto, de veinte o más plantas como mínimo. Entre en él mostrándole mi identificación al guardia que custodia la entrada y sin más entré a un elevador. La nota que traía en manos decía piso 14. Marqué el número y esperé a llegar, los minutos se hicieron sumamente lentos hasta que por fin abrió y me vi siendo arrollada por muchas personas queriendo entrar al elevador. Salí de ahí antes que volviera a cerrar, y busqué a la recepcionista de esta planta, cuándo la vi me acerqué a ella con una sonrisa amable.

—Hola—saludé—. Vengo de entrevista con el señor O'Conner.

La mirada que me lanzó fue de pura envidia, cómo dice mi hermana. Me vi totalmente relajada, y sonreí aún más pero con arrogancia. Sí, algunas personas me envidiaban mucho. Debo admitir que soy sumamente guapa, con un cuerpo de infarto natural y algunas partes salieron del hecho que me metí en un gimnasio. Tengo un culo redondo grande —que muchas veces siento que me pesa—, pierna largas, gordas y duras, y senos de un tamaño, podría decirse normal. Soy pelirroja de ojos azules y mi piel es muy blanca.

Sin duda, la mujer frente a mí, no me ganaba ni un poco. ¿Pero qué digo? Esto no es competencia.

—La espera en su oficina, justo al frente—no sonrió y yo mucho menos.

Me dirigí a paso lento a la puerta hasta dar tres toques, y escuchar que me invitara a pasar. Pasé observando el lugar, algo acogedor y muy limpio. Había de color mucho blanco y gris, lo único color que había en esta Oficina era un porta retratos azul chillón que descansaba en la mesa dónde Conner reposaba sus brazos. Noté como miraba disimuladamente mi cuerpo, y sonreí —de nuevo—,  arrogante. Debo admitir que el hombre frente a mí, luce muchísimo más guapo en persona, y que el cosquilleo que se formaba en mi entrepierna necesitaba ser apagado por él desde ya.

Relamí mis labios que los sentía sumamente secos.

—Señorita Donnell, siéntese—pidió y lo hice gustosa—. Iré directamente al grano, está contratada.

Hice un gesto de sorpresa, aparentando estarlo. Realmente no me asombraba, ya que había dejado con un muy buen gusto a mis demás jefes y dos me daba otro punto de favor a mí. También por un lado no era tan mala, hacia el trabajo que me pidiesen además de sexo, soy muy buena siendo secretaria, tengo mucha paciencia, hago todo con calma y rápido.

—Muchísimas gracias—relamí mis labios de nuevo—. ¿Cuándo comienzo?—pregunto inocentemente.

Cruzo mis piernas y adopto una postura profesional, Conner recargó su espalda en la silla giratoria, y me lanzó una mirada que contenía deseo. ¡Vaya! No soy la única. —nótese la ironía en mis palabras—.

—Sí puede, ahora mismo—su voz se escuchó ronca y sexy.

Mi corazón volteó furioso—. Pero por supuesto.

Sonreí alegre, había conseguido mi cometido, pero siento que ésta vez será un poquito, sólo un poquito diferente con el hecho de que no lo quería para meses, sino por un buen tiempo. Tal vez con el hecho de ofrecerle un trato funcionaria todo.

«Juegas con fuego, Elisse».

Siempre.

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