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Portada de la novela Pobre esposa multimillonaria: ¿quién tiene la última palabra?

Pobre esposa multimillonaria: ¿quién tiene la última palabra?

El compromiso de Roberto Benton con una joven de supuesta procedencia humilde desata un escándalo social. No obstante, su presentación oficial impacta a la élite al descubrirse que es una acaudalada heredera y diseñadora famosa. Con el misterio de su identidad al descubierto, muchos dudan de las intenciones de la pareja. Mientras Roberto protege su relación ante las críticas, surge la gran incógnita de por qué ella ocultó su poder y origen.
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Capítulo 1

Una mujer con una camiseta blanca y jeans salió de la estación de tren de Vargas con una maleta.

Su delicado rostro se enrojeció un poco al recibir los rayos del sol. Se recogió unos mechones de pelo rizado detrás de las orejas. Bajo sus cejas arqueadas había un par de ojos brillantes y bonitos, una nariz fina y unos labios carmesí. Se veía hermosa a pesar de no llevar maquillaje.

"¡Hola! Eres Anabel Herrera, ¿verdad? Soy el conductor enviado por la familia Reyes".

La joven asintió y siguió al conductor hasta el auto. Ya estaba agotada.

Por el camino, el conductor le echó miradas furtivas a la mujer, quien tenía los ojos cerrados mientras descansaba en el asiento trasero.

Esta mujer era la prometida de Roberto Reyes, el soltero más codiciado de la ciudad. Con solo veintiún años, ya era el CEO del Grupo Reyes, y estaba muy por delante de sus contemporáneos. Era una persona vigorosa, ingeniosa y seria, lo que hacía que muchos en el mundo de los negocios le temieran.

Su abuelo, Bruno Reyes, se había encargado personalmente de encontrarle una esposa, y eligió a Anabel, una chica del campo.

Con las manos en el volante, el conductor volvió a mirar el rostro inocente de Anabel y chasqueó la lengua con lástima. Se imaginó que tendría una vida difícil con la familia Reyes.

En ese momento, Anabel abrió despacio los ojos y contempló la extraña ciudad con expresión tranquila.

Pronto, el auto llegó a la residencia de la familia Reyes. El conductor cargó el equipaje de Anabel.

Ella apenas había puesto un pie dentro de la casa cuando una mujer bien vestida apareció y la miró de pies a cabeza con absoluto desdén.

"¡Teresa!".

"Sí, señora Reyes".

En cuanto Teresa recibió la orden, empezó a rociar desinfectante por todo el cuerpo de Anabel.

La mujer bien vestida era Erica Reyes, la madre de Roberto. Con las manos en jarras, ordenó: "Sus zapatos y su pelo. También rocíalos".

El rostro y el cuerpo de Anabel pronto quedaron cubiertos de gotas de desinfectante, mientras el olor acre le picó un poco la nariz. "¿Qué te pasa?", espetó con frialdad.

Erica se enfureció al instante.

"He oído que eres del campo, pero pensé que al menos serías educada. Parece que eres igual que las chicas rebeldes y groseras que crían por allá. Hago esto porque no quiero que traigas ningún virus o bacteria a esta casa. ¿Quieres que nos infectemos con lo que sea que cargues?".

Anabel no era de las que aguantaban mierda de nadie, y se habría marchado de no ser porque había hecho un trato con su abuelo.

"En ese caso, deberías rociarte un poco de desinfectante en la boca, ¡porque apesta!".

Dicho esto, Anabel apartó a la criada de un empujón y entró.

"Tú... Oh, Dios mío...". Erica señaló a Anabel con mano temblorosa, mientras Teresa se apresuraba a consolarla.

En el salón, una chica de su edad estaba sentada en el sofá. Llevaba ropa de marca y un maquillaje llamativo. Su expresión era aún más condescendiente que la de Erica. Era Camila Reyes, la prima de Roberto.

"¿Eres Anabel Herrera, la prometida de Roberto?". Camila rodó los ojos al ver que Anabel no iba vestida con ropa de marca. "Cielos, el abuelo no tiene ningún gusto. No puedo creer que eligiera a alguien como tú. En fin, oí que viniste en tren. Deberías habernos dicho que eres demasiado pobre para costear un billete de avión. Te habríamos comprado uno. Espera, parece que no hay aeropuerto en el campo".

Anabel miró a Camila con una ceja levantada, y se preguntó si todos los miembros de esta familia eran tan arrogantes.

En efecto, no había aeropuerto de donde venía, pero su abuelo había fletado un tren completo a Vargas solo para ella. Esa gente arrogante no tenía ni idea de que ella había viajado con tanto lujo como alguien que volaba en primera clase.

Además, podría haber volado hasta aquí en un jet privado si hubiera querido.

Anabel podría habérselo dejado claro a esa gente, pero no lo hizo; en cambio, solo subió las escaleras.

La molestia se reflejó en el rostro de Camila en cuanto vio a Anabel subir las escaleras. No estaba acostumbrada a que otros la ignoraran, así que la siguió.

"¿Dónde está mi habitación?", preguntó Anabel a la criada detrás.

"¡Aquí!", dijo Camila, señalando una puerta en el pasillo antes de que la criada pudiera responder.

Abrió la puerta de un empujón y añadió con condescendencia: "Nunca te has alojado en un dormitorio tan grande como este, ¿verdad? Deberías apreciarlo mientras vivas aquí. Soy Camila, la prima de Roberto. Deberías adularme si...".

Apenas había terminado de hablar cuando Anabel entró en la habitación y le cerró la puerta en la cara. Eso la enfureció aún más.

"¡Ah! ¿Cómo se atreve esa pobretona a ser tan engreída? ¿En qué estaba pensando el abuelo?".

La criada se acercó cautelosamente y preguntó: "Señorita, ¿pero no es esta la habitación del señor Reyes?".

Camila lanzó una mirada desdeñosa a la puerta.

"¡Chist! No le digas ni una palabra. Roberto odia que alguien esté en su espacio o use sus cosas. Cuando se entere de que está aquí, solo dile que ella eligió quedarse en esta habitación".

Los ojos de Camila brillaron con malicia mientras hablaba.

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