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Portada de la novela ¡Se busca un millonario!

¡Se busca un millonario!

Ashley Moon se esfuerza en su pequeño pueblo para financiar su educación y apoyar a su hermano. Su tranquila rutina da un giro total cuando su amiga Steph la involucra en una situación inesperada. William O'Sullivan queda cautivado por la timidez de Ashley, pero se enfurece al descubrir un anuncio donde ella busca a un magnate. Aunque la juzga como una interesada, William no logra apartarse de su lado, iniciando una intensa relación marcada por el destino.
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Capítulo 3

Diez minutos. Solo diez minutos tengo para relajar mi cuerpo y calmar mis nervios. Diez míseros minutos que no alcanzan para nada y se van corriendo.

—Aquí está el pedido, Ash —dice Monse, poniendo la taza repleta de café y un platillo, sobre el mostrador.

Con manos temblorosas, tomo la taza y la coloco sobre la bandeja.

«¿Por qué tiemblo?», me reclamo interiormente.

Nunca antes me había sentido así. Mi fascinación por el cliente más hermoso y elegante de la cafetería siempre ha quedado en segundo plano cuando de mi profesionalidad se refiere. Pero también hay que tomar en cuenta que, nunca antes, nunca, me había hablado. Mucho menos, tocado. El punto exacto donde tuvimos contacto, en mi codo, lo siento arder. Un ligero roce de sus dedos, para llamar mi atención, fue suficiente para que mi mente obsesiva no pueda controlarse.

—Ash, se enfría el pedido —interviene Monse y yo, al fin, reacciono.

Tomo la bandeja y con mucho cuidado, voy a su encuentro; trato de controlar los nervios y la sostengo con fuerza, para evitar pasar una pena en medio del salón, con los ojos de él, puestos sobre mí.

Mis pasos son cortos y relativamente lentos. Pero ni, aun así, el tramo me rinde. No. Me tardo unos sencillos segundos en llegar a su lado. Me acerco a su mesa y, sin mirarlo, coloco la taza y el platillo delante de él.

—Que le aproveche —digo, una vez termino de acomodar la servilleta, dispuesta a salir pitando de su lado.

No he dado media vuelta, cuando su voz me detiene.

—Espera... —pide, con voz suave, pero autoritaria. De esas voces que no puedes evitar respetar, de las que imponen.

—¿Desea algo más, señor? —pregunto, con voz tenue y otra vez, no lo miro.

—Míreme... —dice, de pronto. Yo levanto la mirada al instante y él sonríe, antes de terminar su petición—. Por favor.

Me quedo ahí, mirándolo a los ojos color zafiro y perdiéndome en ellos. Admirando las diminutas motas de color oscuro que acompañan al azul. Detallo sus cejas, perfiladas y gruesas. Su nariz respingada. Sus labios, a la vista suaves y carnosos. Su mandíbula marcada y el efecto varonil que le agrega. No me canso de admirarlo, estoy hipnotizada con esta milagrosa cercanía que tenemos luego de tres años de verlo diariamente.

Escucho un carraspeo y eso, me hace reaccionar. Sacudo mi cabeza cuando me doy cuenta que me había quedado tonta mirándolo. Pestañeo varias veces y me encuentro con su mirada divertida. Al momento, siento mis mejillas calentarse y mi corazón brinca en mi pecho, con la vergüenza que acabo de pasar.

—Me gusta tu rubor —comenta él, como si hablara del tiempo; pero sus ojos ahora no sonríen, muestran una ferocidad nunca antes vista, como un brillo de posesión—. Y me gustaría admirarlo cada día.

Sus palabras, no las entiendo. No puede ser que él haya dicho eso. Seguramente yo escuché mal. Porque si no me equivoco, me está coqueteando. A mí. A la chica pobre de los ojos color café. Simples.

—De seguro, tiene cosas mejores que hacer, señor —murmuro, con voz baja y mirando hacia cualquier lado, menos a él.

—Tal vez, así sea —dice, confirmando mis suposiciones. A pesar de que ya lo sabía, mi corazón se desinfla—. Pero estoy seguro, no las disfrutaría tanto, como admirarte a ti.

Me atraganto con mi propia saliva. Comienzo a toser y necesito dar un paso, alejándome de él, para no hacerlo encima suyo. Me avergüenzo aún más de mis reacciones, pero es que, ni por nada del mundo, esperaba que su respuesta fuera esa. Demasiado profundo vivo en los bajos mundos, para que un hombre como este, educado y de sociedad, venga a decirme tales palabras. Es para descomponerse, totalmente.

De pronto, siento su mano frotar mi espalda para dar pequeños golpes que me ayuden a recuperar la respiración. Me quedo paralizada. El calor que transmite su toque atraviesa mi camisa blanca de algodón. Me quedo tranquila, ya recuperada de la impresión; pero él se mantiene ahí, presionando su mano en mi espalda.

Lo siento por detrás de mi espalda. No me toca ninguna parte de su cuerpo, excepto su mano. Pero el espacio entre él y yo, lo siento como si un campo magnético se hubiera formado entre nosotros.

—¿Pasa algo? —pregunta de repente Adelfa. Me separo de él al instante y me giro, para ver a mi jefa con el ceño fruncido y una expresión de desconfianza.

—Nada grave pasó, señora Adelfa —interviene él, al ver que yo no puedo hablar—. Aquí la señorita, tuvo un percance y necesitó de mi ayuda. Pero afortunadamente, ya se mejoró. ¿No es así?

Su pregunta me toma desprevenida y lo único que logro hacer, es asentir, para darle la razón.

—Bueno... —Adelfa sonríe mientras lo mira a él—, menos mal que nada sucedió, pensé que había algún problema con su pedido. Ashley, puedes retirarte y tomar un poco de agua, para que te alivies —dice luego, mirándome a mí, no tan feliz.

Asiento y sin decir nada más, me retiro. En mi espalda siento la mirada de él, mientras Adelfa le pide disculpas por mi pequeñito problema, pero no me vuelvo. Independientemente de que estoy flipando con todo lo sucedido, no entiendo nada de su forma de actuar. Después de tanto tiempo sin notar mi presencia, viene de repente, interesado en mí.

«No espero nada bueno de eso», declaro, por lo que creo mejor, mantenerme alejada de él y dejar lo que sea que haya pasado en un lugar bien escondido de mis recuerdos.

—¿Y bien? ¿Qué pasó? ¿Qué te dijo? ¿Te pidió salir? —Steph llega a mi lado, bombardeándome con preguntas que ni al caso vienen.

La miro, sus ojos verdes se ven emocionados y un ceño se muestra en sus cejas, mientras espera mi respuesta. Pongo los ojos en blanco y resoplo, porque su forma demasiado excesiva, ahora mismo me resulta un poco irritante.

—Steph, ¿cómo puedes creer que él me va a invitar a salir? —pregunto, mirándola seria y ella, se decepciona con mi respuesta, que por supuesto, es una negativa.

—Ay, Ash, no sé, los vi ahí, tan concentrados uno en el otro, que pensé te había dicho algo importante —justifica ella y yo, me relajo, sintiéndome culpable por soportar muy poco hoy su forma de ser.

—No me dijo nada —aseguro, sintiendo ahora el desorden emocional que estaba en shock, luego de nuestras pequeñas, pero intensas interacciones—. Solo me pidió que me esperara, cuando casi me iba. Me quedé mirándolo y fue como si el tiempo se hubiera detenido a nuestro alrededor —confieso y me quedo pensativa unos segundos—. Luego me atraganté.

Termino y tapo mis ojos con mis dos manos. Bajo la cabeza cuando escucho a Steph reír a carcajadas.

—No es gracioso —reclamo, sin ganas, porque no quiero seguir llamando la atención. Pero Steph es intensa, demasiado indiscreta y no le importa para nada, mientras se divierta. El tema ahora, es que me incluye a mí y eso sí me importa.

Mientras yo me hundo en mi miseria, siento que Steph toma mi libreta de notas y se va. No entiendo el porqué de lo que hace, pero no me preocupa. Me mantengo ahí, parada sin hacer nada, esperando que el tiempo pase y yo pueda olvidar lo que pasó. Lo que solo ocurrirá, cuando el señor O' Sullivan se vaya del local.

—Ashley. —Me estremezco cuando escucho a Adelfa. Doy la vuelta para mirarla de frente y en su rostro se dibuja una mueca que no entiendo, pero que seguro no significa nada bueno—. El señor solicita otro servicio, por favor, ve a atenderlo y esta vez, haz bien tu trabajo.

Me da la espalda y entra a la cocina. Yo me quedo en el lugar, sin reaccionar.

«Ay, Dios mío».

Quiere verme otra vez. Él.

Miro a mi alrededor buscando a Steph para que me entregue mi libreta y cuando no la veo, tomo otra de la pila y me dirijo hacia su mesa. Todavía tiemblo y tengo un poco de miedo por lo que sucederá, pero necesito recomponerme y dar una buena impresión. O al menos, mejorar la primera.

—¡Espera! —grita Steph y llega hasta mí, corriendo, para entregarme la libreta. Le enseño que ya llevo una, pero ella insiste—. Esta es la de la suerte.

Toma la otra libreta de mi mano y me guiña un ojo. Se va, murmurando unas palabras que no logro entender. Sigo mi camino pensando en las locuras de Steph y con eso, logro mantener mi cordura hasta que llego otra vez a su lado. Él me espera, con los codos apoyados sobre la mesa y sobre sus dedos pulgares, unidos en forma de "L", descansa su barbilla. Su mirada me escanea, de pies a cabeza; es tan intensa que me parece sentir un roce a medida que sus ojos avanzan sobre mí.

Carraspeo y tomo una respiración lenta, para relajarme. Él alza su mirada y conecta sus ojos con los míos.

—¿Desea algo más, señor? —pregunto, a punto de desfallecer con el calor que me está provocando ser admirada de esta forma tan... especial.

Él asiente, con un movimiento de su cabeza; pero no hace nada más por al menos, unos dos minutos, en los que yo no dejo de sentir mi estómago saltar.

—Sí —reafirma, a la vez que se inclina hacia atrás, hasta recostarse en el respaldo de la silla—. Te tengo una petición —murmura y yo, no sé si desmayarme por el efecto de su voz grave o por la mirada depredadora que me da.

Ya me lo imagino pidiéndome una cita, en la que podamos conocernos y yo por fin pueda actuar frente a él de una forma normal, no tan ridícula como sé que me veo. En la que le hablaré de mis sueños, sin miedo a que se burle de mí, porque él se ha labrado su camino de la misma forma. En la que...

—¿Puedes prestarme tu libreta? —interrumpe mis pensamientos y yo me quedo en blanco.

—¿Eh? —pregunto, perdida.

Él se levanta y se abotona su chaqueta. Con paso suave se acerca a mí.

—Te decía... ¿puedo tutearte? —pregunta con educación y yo asiento, una y otra vez, con la cabeza, como esos perritos que venden como adorno para los autos—. Gracias. Te decía, que si puedes prestarme tu libreta.

Me quedo pensando en que es muy simple su petición y que, para nada, es lo que esperaba. Pero no me puedo negar y con seguridad, se la entrego. Él la toma y en el momento, sus dedos rozan los míos. Me gustaría pensar que ese toque no fue fortuito, más bien, su forma de crearme más expectativas.

Revisa la libreta buscando una hoja en blanco, cuando una nota cae y él se agacha para cogerla. Cuando lo hace, que la lee, su expresión cambia. Totalmente. Una mirada fría, desprovista de sentimientos, es lo que veo cuando vuelve a cruzarse con la mía. No entiendo los motivos que lo llevan a cambiar de esa forma, pero tampoco puedo comprender, porque él hace una bola con el papel y lo echa en su bolsillo.

Y hasta aquí, llegó mi sueño. No me habla más. No me mira más. Por el contrario, me doy cuenta que evita hasta mi cercanía. No obstante, continúa con mi libreta entre sus manos y me pide el lápiz, para escribir algo allí. Mi corazoncito, por unos segundos, palpita emocionado. Tal vez toda esta sensación de distancia momentánea haya sido idea mía.

Pero no lo es. La nota que me entrega, antes de darme la espalda e irse, no es lo que esperaba. Para nada.

Sin embargo, él no tiene suficiente con haberme dejado completamente vulnerable, sino que regresa, para dejarme aún más en ridículo.

—Aquí tienes tú propina —dice, depositando un billete de cien dólares en el bolsillo delantero de mi delantal—. Es un merecido agradecimiento, por el grandísimo favor que me harás. Nos vemos mañana.

Ahora sí, se va. Dejándome en el medio del salón, con mi libreta entre las manos, intentando no llorar. Miro otra vez su mensaje, ese que me demuestra que soy más que una imbécil por creer que tengo una oportunidad. Con alguien así de hermoso, famoso, millonario. Y aunque eso no sea lo que me atrae de él, sería demasiada suerte que la vida me sonriera de esa forma.

“Tu amiga me gusta, la morena de ojos verdes. Por favor, ¿podrías decirle que quiero invitarla a salir?”

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