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Portada de la novela Sangre Curativa: Un Amor Mortal

Sangre Curativa: Un Amor Mortal

Tras ser ejecutada por orden de Ricardo de la Vega, el hombre a quien sanó, la protagonista despierta milagrosamente en el pasado. En su vida anterior, fue forzada a casarse con él para usar su sangre curativa en un intento de revivir a Camila Torres, la amante de Ricardo. Ahora, situada en el día exacto en que su familia política acude a buscarla, decide aprovechar esta segunda oportunidad para evitar su trágico fin y cambiar su destino.
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Capítulo 3

Miré a Isabel de la Cruz, su rostro era un mapa de dolor y desesperación, el mismo que yo debí tener en mi vida anterior, un dolor que nadie vio, o a nadie le importó.

"Lo siento, señora," respondí, mi voz firme, "no puedo ayudarla."

La esperanza en sus ojos se desvaneció, reemplazada por una confusión herida.

"Pero... acabo de ver a los de la Vega irse, escuché que usted es la única que puede hacer milagros, mi hijo, Diego... está en estado vegetativo desde hace un año, los doctores dicen que no hay nada que hacer, por favor, el dinero no es problema."

Diego de la Cruz, lo recordaba, el brillante rival de Ricardo, víctima de un misterioso accidente automovilístico que lo dejó postrado, en mi vida anterior, su destino fue una tragedia silenciosa que se desvaneció en las noticias, eclipsada por el drama de los de la Vega.

"No es por el dinero," dije, mi decisión era una roca, "he decidido no usar más mi don para curar a los ricos y poderosos, solo trae problemas, lo siento."

Cerré la puerta antes de que pudiera decir una palabra más, cada fibra de mi ser me gritaba que me mantuviera alejada, curar a Ricardo me costó la vida, no iba a cometer el mismo error dos veces, no importaba quién fuera el paciente.

Pasaron unas semanas, el alboroto por mi rechazo a los de la Vega se había convertido en un murmullo en los círculos de élite de la Ciudad de México, me convertí en una especie de leyenda urbana, la curandera excéntrica que despreció una fortuna.

Un día, recibí una invitación inesperada, era para una gala benéfica organizada por una de las familias más antiguas de la ciudad, normalmente, habría tirado la invitación a la basura, pero un nombre en la lista de patrocinadores llamó mi atención, "Industrias de la Vega".

Una sonrisa torcida se dibujó en mi rostro, era la oportunidad perfecta para ver con mis propios ojos cómo le iba al "milagro" de Camila.

Esa noche, me puse un vestido sencillo pero elegante y me mezclé con la multitud ostentosa, el salón bullía de chismes y champán, no tardé en encontrar lo que buscaba.

En el centro del salón, rodeados de admiradores, estaban Ricardo y Camila, él seguía en su silla de ruedas, pero su rostro brillaba con una esperanza febril, Camila, a su lado, parecía una santa, vestida de blanco, con una expresión de devoción pura.

Elena de la Vega me vio desde el otro lado de la sala, sus ojos se abrieron con sorpresa y luego con una extraña pizca de esperanza, se acercó a mí discretamente.

"Ximena," susurró, "gracias a Dios que viniste, por favor, tienes que hablar con Ricardo, esta locura con Camila..."

"¿Qué locura, señora?" pregunté con falsa inocencia, "se ven muy felices."

"Felices," resopló Elena con amargura, "Camila regresó del Popocatépetl hace una semana, dice que encontró la 'hierba de la vida eterna' o alguna tontería así, ha estado dándole a Ricardo una especie de brebaje, pero yo no confío en ella, Ricardo no me escucha, está completamente ciego."

Justo en ese momento, la voz de Camila sonó por los altavoces, se había subido a un pequeño escenario junto a Ricardo.

"Queridos amigos," comenzó, su voz dulce como el veneno, "quiero agradecerles a todos por su apoyo durante estos tiempos difíciles, como muchos saben, mi amado Ricardo sufrió un terrible accidente, pero nuestro amor es más fuerte que cualquier adversidad."

Miró a Ricardo con una adoración que me revolvió el estómago.

"Subí a la montaña sagrada, enfrenté peligros mortales y los dioses me recompensaron," continuó, levantando un pequeño frasco con un líquido verdoso, "con esta hierba milagrosa, Ricardo volverá a caminar, ¡les doy mi palabra!"

Un aplauso educado recorrió la sala, yo contuve una carcajada.

De repente, los ojos de Camila se posaron en mí, una chispa de malicia brilló en ellos.

"Veo que entre nosotros tenemos a... curanderos tradicionales," dijo, su tono goteando desdén, "gente que se aferra a supersticiones y remedios inútiles."

Varios chamanes y curanderos respetados que también habían sido invitados se tensaron, sintiendo el insulto.

"Algunos incluso tienen la audacia de declararle a mi Ricardo que su caso no tiene remedio," continuó, mirándome directamente, "qué falta de fe, qué falta de conocimiento."

La sala se quedó en silencio, todos los ojos se volvieron hacia mí, sentí la presión, la humillación que ella quería infligirme.

Pero yo ya no era la ingenua curandera de mi vida pasada, la miré con una calma glacial, casi aburrida, mi falta de reacción pareció desconcertarla.

"¿Qué pasa, Ximena? ¿Te comió la lengua el gato?" se burló Ricardo desde su silla, su voz llena del mismo veneno que la de su amante, "admite que eres una farsante, Camila es una verdadera salvadora, no como tú, una bruja de pueblo."

"Camila es mi ángel," añadió, tomando la mano de ella, "y pronto, cuando vuelva a caminar gracias a ella, será mi esposa."

Me di la vuelta para irme, no tenía tiempo para sus juegos infantiles.

"¡A dónde crees que vas!" exclamó Camila, su voz estridente rompiendo su fachada de santa.

"No te atrevas a darme la espalda, te propongo un trato, una apuesta, para demostrarle a todo el mundo quién es la verdadera sanadora y quién es una fraude."

Se bajó del escenario y se paró frente a mí, su rostro a centímetros del mío, su aliento olía a arrogancia.

"Demostremos quién puede curar lo incurable, yo curaré a Ricardo, y tú... bueno, tú no puedes curar a nadie, ¿verdad? Así que la apuesta es simple, cuando Ricardo camine, tú te arrodillarás ante mí en este mismo salón y admitirás públicamente que eres una charlatana, ¿aceptas?"

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