Portada de la novela Sacrificio - Saga Necesitamos el quinto elemento - Libro 2

Sacrificio - Saga Necesitamos el quinto elemento - Libro 2

8.4 / 10.0
En Sacrificio - Saga Necesitamos el quinto elemento - Libro 2, el heredero D'Montecarlos usa tecnología y poder para proteger a la Madre Tierra. Esta fantasy novel de romance y acción narra una lucha contra conspiraciones cósmicas. Lee este web novel y descubre si salvarán el planeta.
Resumen de Sacrificio - Saga Necesitamos el quinto elemento - Libro 2
El heredero del linaje D'Montecarlos, portador de la sangre universal, se enfrenta al desafío de romper una antigua maldición familiar. Preparado con tecnología avanzada y un poder inigualable, su misión es custodiar a la Madre Tierra en su nueva reencarnación. Sin embargo, oscuras amenazas han cobrado fuerza, poniendo en jaque este romance milenario. En el segundo tomo, conspiraciones cósmicas pondrán a prueba su sacrificio por salvar el mundo.
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Sacrificio - Saga Necesitamos el quinto elemento - Libro 2 Capítulo 1

A lo lejos escuchaba varias voces y se lamentaban, ¿hablaban sobre mí?, me era imposible salir del estado en el cual me encuentro. Siento que sus comentarios eran dirigidos a mí. He recibido cuidados por meses, siento las manos de personas haciendo su trabajo; al pendiente de mi higiene personal y cambian de ropa.

Las escucho hablar del paciente solitario al que ningún familiar se ha dignado a preguntar, no he sido visitado. El problema era mi falta de recuerdos, no sabía cómo me llamaba, no había recuerdos ni nosotros de personas conocidas. No tenía nada ni a nadie, era incómodo no saber quién eres, y daba impotencia ni siquiera recordar el color de mis ojos, ni el de mi cabello. ¡Era desesperante! ¡¿Quién soy?! ¡¿De dónde vengo?!, devastadoras preguntas las cuales carcomida mi alma.

Una y otra vez he escuchado a las enfermeras decir el tiempo transcurrido en estado vegetal, iban meses… Y era un puto vegetal consciente, si las personas escucharan mis groserías y pensamientos, me habrían desconectado. No sé si era correcto, ético o un desahogo por no saber quién era y como mis groserías no las oyen me tenía sin cuidado. Me sentía cansado de ser el conejillo de indias del departamento médico.

Agradezco las oraciones, las charlas de un sacerdote que viene todos los días sin falta, a leerme un libro y el periódico. En este tiempo cada uno de los libros narrados por ese sacerdote lo había leído. Desde que empezaba con el primer capítulo ya sabía la historia. Eso quiere decir mi agrado por la lectura, cuando los doctores hablaban de mi estado, también comprendía los términos, lo que me confirmó el vasto conocimiento en esa rama… ¿Seré médico?

El sacerdote lee un libro semanal, el de hace dos semanas no lo había leído antes y me gustó mucho escuchar cien años de soledad de Gabriel García Márquez. En las tardes leía en voz alta el periódico. Debía encontrarme en un lugar religioso, porque los pocos visitantes, siempre rezaban por mí… ¿Seré un sacerdote?

Trato de moverme sin obtener avance y al final término agotado, frustrado y lanzando groserías a la nada, porque ni puedo hablar. Después pido perdón porque una extraña sensación me invade, en todo caso mi vida era frustrante.

Escuché pasos, acercarse, ¿quién será ahora?, otra vez era el sacerdote, en un horario no habitúa ¿Otra vez viene a visitarme? —Era extraño, sabía los horarios de todos los enfermeros que me atendían. —Lo saludaron, escuché que le pidieron su bendición. Sí, era el cura, quien me ha acompañado a lo largo de estos meses.

—Este es el joven del que le he hablado, mi Señora. —Esa era otra de las cosas que me incomodaban, me hacían sentir como si fuera un trofeo, era una exhibición—. No sabemos su nombre, cuando lo encontré en esa calle solitaria, sentí compasión por él, usted es la única persona que podría ayudarlo.

¿Ahora podría ser un joven abandonado y por eso me encontraron tirado en una calle?

—¿Crees que ya es hora de utilizar los conocimientos? —Esa voz era un delicioso susurro—. Puede ser un drogadicto o asesino, no lo sabemos. —¡No soy nada de eso!, quise gritarle, me retorcía en mi cerebro, ¡qué frustrante era todo esto!

—Los exámenes realizados, dan como resultado a un joven sano y…

—¿Y qué? —cortó la mujer.

—Nada, mi señora, dejémoslo en que es una corazonada.

—Lo haré solo por ti, mi guardián. —¿De qué hablan?, ¿qué van a hacerme?

—Se lo agradezco, mi diosa.

Se alejaron. Desesperado, sumergido en el nexo en el que he permanecido desde mi regreso a la consciencia, frustrado por saber ¿quién rayos era? ¿Por qué estaba así? ¡Por qué no recuerdo nada!

Las enfermeras y el sacerdote volvieron, alguien frotó algo en la cabeza, el olor era penetrante tanto que asfixiaba. Comencé a moverme sin poder controlarme, no podía respirar por ese penetrante olor, las enfermeras empezaron a correr, llamaban a los médicos a gritos.

—¡Es un milagro de Dios! —habló una de ellas.

—Él la envió, usted es una creación directa del Señor, por consiguiente. Muchas gracias por el milagro otorgado para ese joven. La naturaleza. —comentó el fraile.

Estuchaba el correr de varias mujeres, me quedé con los médicos o no sabía quién se encargaba de atenderme. Por fin logré respirar, esa la mezcla puesta en la frente penetró hasta el fondo de la cabeza, fue como si me hubieran incrustado alfileres, eso dolió.

—Se está moviendo, ¡reaccionó! —¿Qué?, yo no hacía eso de los moviendo—. ¡Sujétenlo! —Unos pitos perforaron mis oídos, hacían que me retorciera más en mi desespero por callar el ruido—. ¡Ay qué sedarlo!

Llevaba una hora de haber despertado, una tierna religiosa de avanzada edad ingresó con un plato de sopa, me ayudó a tomarla, ya ese líquido me pareció glorioso, luego de tantos mese ese sabor fue revitalizante. Debe de ser normal después de haber estado tanto tiempo inconsciente. Sonreía, cuando le preguntaba si podía darme un poco más, el sacerdote se sentó al frente de la cama, a lo mejor analizando mis reacciones.

—¿Quieres un plato más? —preguntó sonriendo.

—No, hermana, ya fue suficiente, Dios le pague.

Había escuchado hablar tanto de Dios que me fue muy natural hablar en los mismos términos.

—¿Cómo te llamas joven?

Por fin, preguntó, era un hombre de estatura media, con poco cabello, la mitad de su cabeza lucía una calvicie anticipada, porque no debe tener más de cuarenta años, lo miré, no me fue familiar ningún nombre, me escudriñaba por encima de sus anteojos.

—No lo sé. —Me acomodé en la cama pegando la espalda en la pared fría.

—¿No recuerdas nada? —arrugó su frente.

—No, señor. —decidí acostarme otra vez.

—¿Nada?

La recámara tenía una cama, un sofá y la imagen de Jesús en la cabecera, caminó de un lugar a otro en el estrecho espacio.

» ¿Entonces no sabes dónde se encuentran tus padres o cómo podemos encontrarlos para darles noticias tuyas? —enfatizó las últimas palabras, negué—. Bueno, no sé si te interesa este ofrecimiento, podrías quedarte en nuestra institución, si quieres aprender nuestra doctrina podrás hacerlo.

—No tengo a dónde ir, no sé quién soy, tampoco recuerdo mi pasado. Lo único que recuerdo es su voz leyéndome todos los días. —Lo miré con agradecimiento, alzó una de sus cejas—. Es usted la persona que más se asemeja a un familiar, le agradezco por su dedicación para con un desconocido, si no hay inconveniente, mientras mis recuerdos regresan permaneceré a su lado. En el monasterio que usted lidere.

—Buen chico, tienes sensatez. —seguía reparándome—. Cuando te encuentres recuperado vendré por ti. Y no es un monasterio, estarás en la orden de la Madre tierra. —Su mirada fue más escrutadora, me encogí de hombros, no comprendo su insistente mirada.

—Gracias. —Fue mi respuesta.

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