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Portada de la novela Resurrección: El Origen de Malena

Resurrección: El Origen de Malena

Estefanía, una joven de sangre mixta protegida por Ana Álamo, ve su vida cambiar drásticamente al cruzarse con Adrián Álamo y el enigmático Arturo Palacios. En el entorno de las haciendas El Renacer y Los Álamos, se verá envuelta en una trama de traiciones, deseos y fenómenos ocultos ligados a su herencia. Al lado de Adrián, descubrirá una realidad desgarradora que forzará una resurrección vital, probando que los humanos no están solos en este mundo.
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Capítulo 3

Aquella noche me costó conciliar el sueño. El rostro de Adrián se paseaba por mi mente una y otra vez sin poder evitarlo, mi corazón parecía en guerra con mi cordura, él se unió con mi mente para no dejarme dormir; además, Elizabeth marcó su distancia conmigo. A pesar de que todos me felicitaron por mi interpretación en el piano, ella se dedicó a mirarme con ojos de hielo, sin despegarse en ningún momento de su esposo, como si lo estuviera protegiendo “¿Serán interpretaciones equivocadas de mi parte?” —me dije, pero era muy claro: aquella dama no demostró ni un ápice de complacencia conmigo; todo lo contrario, únicamente se limitó a dirigirme unas cuantas palabras cuando le era estrictamente necesario. Sin embargo, eso no me mortificó en absoluto, lo que sí me perturbaba es que ella era la madre del caballero que me había cautivado… Gracias a Dios la madre y el hijo tenían personalidades muy diferentes. No pude reprimir mi tristeza al comprobar que, una vez más, se había cumplido mis convicciones: la discriminación racial. Elizabeth Álamo con su actitud me lo dejó más que claro.

Comencé a sentir sueño, me tomé un té de manzanilla para estar más calmada. Me calmé y caí en un profundo sueño. Nunca fui de las personas que tuvieran pesadillas y mucho menos recordarlas, pero el que tuve esa noche por alguna extraña razón lo recordé. Al parecer la llegada de Adrián no solo me abrió la puerta del amor, sino también una ventana emergente donde se colaban sueños extraños y reveladores.

En el sueño vi una casa abandonada, entré y pude ver que en su interior; las paredes estaban en buen estado. Era una especie de cabaña. En ella sentí miedo, pero extrañamente también sentí seguridad. Continúe caminando, recorriendo la estancia hasta quedar frente a una puerta alta y ancha de un rojo cobrizo. Sin esperar la abrí para toparme con un jardín trasero que no era muy grande. Las paredes que lo delimitaban estaban casi en ruinas. Me concentré en la pared que estaba frente a mí: No era tan alta y varios ladrillos estaban deteriorados por el paso del tiempo, se podía ver a través de ellos. Fue en ese momento cuando me maravilló el descubrir unas majestuosas montañas a lo lejos. Su color, con los rayos de sol que se posaban sobre ella, la hizo parecer de terciopelo brillante. Observé numerosos halcones alzando el vuelo sobre la montaña y a su alrededor, que me embelesó, las aves eran diferentes y fascinantes, sus plumas eran de un color plateado que brillaban con el sol; ellas lucían más grandes que los halcones normales, sus alas abiertas al viento derrochando un brillo escarchado me envolvieron en una magia extraña y así permanecí durante largo tiempo hasta que desperté.

Ya eran casi las 8:00 de la mañana. Me desperté con la sensación del sueño y una voz en mi cabeza que me decía qué aquellas montañas simbolizaban las dificultades que encontraría en mi camino, qué debía luchar para alcanzar mis metas, pero qué al llegar a la cima seria libre y volaría tan alto como aquellos halcones mágicos.

Momentos más tarde.

No quería desayunar en la misma mesa junto a la madre de Adrián, hacerlo con mi madrina era distinto, sin embargo, con toda la familia ya era otra cosa, a pesar de tener buenos modales y saberme manejar perfectamente, eso no era razón suficiente para sentirme confiada. Entré a la cocina para disipar mi incomodidad, prefería desayunar con Rosa y las otras criadas. Inicié mi plática con Rosa, ella me miró y sonrío.

—¿Qué pasó muchacha, quieres escabullirte de desayunar junto a los dueños? —me preguntó Rosa mientras batía la leche para el café; luego me sirvió un poco.

—No me siento cómoda cerca de la esposa del señor Álamo —Rosa me miró analizando mi cara, ella siempre se daba ínfulas de tener poderes psíquicos, aunque no lo expresaba con aquellas palabras, más bien se limitaba a explicar que podía leer el futuro a través del café y la mirada, también aseguraba que podía percibir las intenciones de las personas y ver cosas que otros no podían ver.

—Flechaste a ese hombre Estefanía, a leguas se advierte que la india que es parte de ti embrujó al hombre blanco —murmuró, mientras tarareaba una canción.

—No digas tonterías —dije sonrojándome.

—Te acordarás de esta vieja. Esa dama tan estirada y de mundo se va a revolcar en su rabia cuando su amado hijo se le revele —me aseguró y sus ojos manifestaron un brillo magnético que me dio escalofrío.

—Ya basta Rosa, sabes que no me gusta cuando miras de esa manera —mi comentario le arrancó una risa socarrona y estruendosa.

Rosa llegó a la familia Álamo cuando yo tenía apenas 3 años de edad, su llegada fue como una bendición, un ángel qué se volvería más que una simple cocinera para Ana Álamo, conoció al hijo de mi madrina dos años después cuando él vino a pasar unos días con ella y encargarse de algunos negocios, en aquel entonces mi madrina estuvo muy enferma, gracias a Dios nunca más se enfermó así. Me sorprendió como aquel recuerdo vino a mí con tal claridad, no recordaba el rostro de Rodolfo Álamo, ni siquiera cuando mi madrina me mostró sus retratos actuales, era como si nunca lo hubiese conocido, pero hoy luego de verlo en persona, aquellas imágenes se volvieron claras, hasta los gestos y expresiones, su mirada qué no sabía definir en aquel entonces, pero qué ahora, luego posteriormente de los años y mi madurez, me atrevería a decir que era nostálgica. Tendría unos cinco años en aquel entonces, tal como él me lo confirmó la noche anterior. Por otro lado, según Rosa, la llegada del hijo de mi madrina fue una visita casi fantasmal, no obstante, según ella y utilizando los poderes qué Dios le dio, pudo intuir que Rodolfo Álamo llevaba un dolor grande en su alma, su vida era únicamente apariencias.

Rosa era otra madre para mí, aprendí a cocinar gracias a ella y mi madrina, sin embargo, el motivo principal para internarme en la cocina cuyo espacio era mi favorito antes de enamorarme del invernadero, era para escuchar las historias de fantasmas y espíritus que narraba Rosa; otras niñas hijas de esclavas y yo nos reuníamos en secreto, sin ser vistas por mi madrina, que nos reprendía por escuchar historias que luego nos espantaba el sueño, sin embargo, hubo una historia, o mejor dicho un recuerdo que se quedó en mi memoria de tal manera que aún a pesar del tiempo, lo recordaba y fue motivo de muchas pesadillas que duraron por bastante tiempo. Era la noche de pascuas, yo contaba con 8 años para aquel entonces, recuerdo que Pedro, el hermano de Milton, se había ido de fiesta con varios amigos, ese día llegó tarde en la madrugada, los gallos aún no cantaban; él entró en la cocina, asustado y gritando como un desquiciado, asegurando qué un demonio de grandes colmillos y ojos amarillos lo había atacado a él y a su compañera cuando regresaban, aquellos gritos me despertaron y sigilosamente bajé hasta la cocina y me escondí, desde ahí pude ver como Rosa le daba agua al desdichado, no tardó mucho en que llegara mi madrina. Ella descubrió mi escondite y notó que yo estaba muy asustada, me sacó de mi escondite entre las escaleras, y ordenó a Pedro que dejara las historias de borrachos, porque me estaba asustando. Él en medio de su delirio, se arrodilló al piso y juró por Dios que estaba en su sano juicio, entonces mi madrina llamó a otros peones y ordenó que le echaran un baño para que se le pasara la borrachera, más atrás salió Rosa murmurando unas palabras que parecían oraciones; mi madrina me sacó de la cocina, pero mis ojos no se desprendía de Pedro, aquel muchacho que tenía apenas 19 años, tan vital y feliz, sentirlo así me perturbó profundamente. Rosa lo revisó por todos lados, eso también lo aprecié. Pedro duró varios días enfermo, después de esa madrugada con altas fiebres que lo hacían delirar, sin embargo, era en las noches que la cosa se ponía peor, el muchacho gritaba atormentado y asustado como si algún ente maligno lo acosara.

—¡No me vas a llevar! —chillaba. No sé si era producto de mi imaginación infantil, no obstante, podría jurar que una noche, mientras caminaba por los pasillos cerca de la cocina, escuché una risa oscura que salía de aquella habitación, donde Pedro dormía y noches después, vi la figura de un hombre alto en mi habitación, estaba entre dormida. Desperté y sentí aquella sombra contemplándome fijamente. No podía moverme, sin embargo, escuché su voz: —Estefanía, pronto serás parte de los míos, has sido elegida, llevas la marca —grité fuertemente, y mi madrina irrumpió en el cuarto para encontrarme envuelta en temblores y llanto.

—Esta situación ya está perturbándote mi niña —me dijo abrazándome.

—Sentí al hombre que acosa a Pedro —declaré asustada.

—No Estefanía, no existe tal hombre, fue solamente un sueño, ángel, estás muy nerviosa. Pedro solo está enfermo —me aseguró—. Pero para que te sientas más segura, duerme en mi habitación junto a mí esta noche —aquel ofrecimiento me calmó y logró que recuperara el sueño. Por otro lado, Pedro se fue consumiendo poco a poco. Su demonio personal adquirió nombre, gritaba que veía a Efraín Palacios, conde Dómine, el dueño del hermoso castillo de las colinas. El médico le declaró a mi madrina que Pedro había perdido el juicio, y que la supuesta joven que anduvo con él, la que Pedro juró que aquella bestia había asesinado ante sus ojos, nunca existió, nadie la conocía; para el doctor fue más fácil decir que las fiebres altas y las convulsiones le dañaron su sistema nervioso, que lo recomendable era aislarlo y quemar todas sus pertenencias para no contagiar a otros. El pobre hombre falleció en vísperas de enero, y tal cual, como lo indicó el galeno, todas sus pertenencias fueron quemadas; el cuarto lo limpiaron y colocaron sahumerios y alcanfor como si se tratase de una peste de viruela. Pedro se quedó tan delgado que solamente era piel adherida a sus huesos, era prácticamente un esqueleto envuelto en piel.

—Yo sí creo en lo que declaraba Pedro —mencionó Rosa cuando le rezaban a su cuerpo—. Vi claramente la marca del mal en su cuerpo, él vio esa criatura… ¡Fue seducido por ese súcubo maldito!

—¿Qué es un súcubo, Rosa? —Recuerdo que le pregunté.

—Eres muy niña para que hablemos de esas cosas, no las entenderías, lo único que puedo decirte es que son demonios que acechan cuando dormimos y pueden aparecer con el rostro de un hombre muy atractivo o en forma de mujer hermosa… Esa mujer de la que hablaba Pedro que estaba con él, no era una mujer, era un súcubo que se le aparecía en las noches y lo arrastró al mal, hasta matarlo —los recuerdos de mi mente se esfumaron cuando mi madrina irrumpió en la cocina.

—¿Estefanía no vas a desayunar conmigo, como siempre lo hemos hecho? —su voz sonó algo decepcionada.

—Madrina, discúlpeme, ya he desayunado, quería ir más temprano a las barracas a comenzar las lecciones de los niños.

—Como si no te conociera, te incomoda la presencia de Elizabeth, ¿verdad? —me interrogó con astucia.

—No, madrina ¡Cómo creé!

—Porque lo veo en tus ojos… Ella tampoco es santa de mi devoción, pero hay que mantener la elegancia y las buenas costumbres e ignorar, gracias a Dios mi nieto no sacó ese carácter de la madre —el recordar Adrián causó que mi corazón perdiera la calma.

—Elizabeth no bajará a desayunar con nosotros, dijo qué tenía malestar y una jaqueca terrible, así que llévenle el desayuno a su habitación, la reina ha pedido ser atendida en sus aposentos —dijo con burla y sarcasmo—. Yo desayunaré con mi hijo y mi nieto, solamente faltabas tu Estefanía para que fuera perfecto ¡Qué sea la última vez que no quieras desayunar conmigo por culpa de Elizabeth! —formulada estas palabras salió de la cocina.

—A doña Ana no le gustó qué no la esperarás para desayunar —manifestó Rosa mientras arreglaba la bandeja, qué sería enviada con una criada al cuarto de la madre de Adrián.

—Lo sé, pero ya la recompensaré —expresé débilmente, luego salí de la cocina rumbo a las barracas, no sin antes tomar una buena cantidad de galletas para los niños.

El tiempo en las barracas se fue rápidamente. Cuando me internaba en la humilde escuela qué mi madrina había mandado a construir, me entregaba por completo a mi labor de transmitir conocimientos.

—Muy bien niños, vamos a repasar las vocales una vez más y escribirlas —les pedí, mientras las escribía en el pizarrón. Fui pasando por cada silla revisando la escritura, aquello era un sueño hecho realidad para mí, ya que muchas personas no veían con buen ojo que los esclavos aprendieran a leer y escribir, puesto que, para los patronos, era mejor mantenerlos ignorantes y así dominarlos mejor. Comprobaba una de las tareas cuando varias risitas se fueron manifestando.

—¿Qué sucede niños? —pregunté, pero ellos solamente se limitaban a sonreír hasta que María, una de las más pequeñas, señalo hacia la amplia ventana, al observar el lugar que ella señalaba no pude evitar que las mariposas en mi estómago aparecieran, se trataba de Adrián haciéndole señas a los niños de que no me dijeran de su presencia.

—Creo que sus risas me han delatado. Espero no haber sido inoportuno, no era mi intención interrumpir la lección.

—No se preocupe, ya estábamos terminando, solo voy a darles la merienda —sonreí y me dirigí a la clase: —Bueno, niños vamos a formar, para darles algo que les he traído —las sonrisas iluminaron sus rostros. Aquel gesto me llenaba el corazón de satisfacción, el simple hecho de ver como unas simples galletas los hacían feliz, me instaba a hacer más por ellos, su agradecimiento era algo que sencillamente no tenía precio. Los chicos se formaron mientras yo depositaba las galletas de chocolate en sus pequeñas manos. Cuando le di al último niño y niña, les recordé las indicaciones para la lección del siguiente día, entretanto, Adrián me observaba con una sonrisa en sus labios.

—Eres una excelente maestra —manifestó.

—En realidad solamente hago lo qué puedo, enseño lo qué mi madrina tuvo la gentileza de inculcarme desde muy pequeña, aunque muchas personas sancionarían la acción qué llevó a cabo en esta hacienda, ya sabe que no todo el mundo observa con simpatía que los esclavos aprendan a leer y escribir.

—Lo sé, pero soy como mi abuela y mi padre liberal; apoyo el concepto de libertad para todas las mujeres y los hombres, sin importar el color de su piel o raza. Lo justo, Estefanía, es qué todo esclavo sea libre y qué su trabajo sea remunerado. —Aquella confesión despertó en mi admiración. Adrián era diferente.

—No tenía idea, sin embargo, me alegra saberlo y de una vez le digo que sí puedo colaborar en algo; no sé, si debo entregar las pocas joyas qué tengo lo haré con el mayor placer —le hice saber, y sus ojos mostraron ternura.

—Ya veo qué no solo eres bella por fuera, sino que también lo eres por dentro —bajé el rostro con pena y luego volví a situarme en el tema de los conocimientos para disimular mis nervios.

—Confieso que jamás tendré cómo pagarle todas las riquezas intelectuales qué ella me dio.

—También las musicales, tocas como un ángel. Mi abuela ha hecho de ti una muchacha culta, estuvo comentando con mucho orgullo qué hablas tres idiomas y qué has leído libros sobre diversos temas.

—Es cierto, ella ha hecho un excelente trabajo conmigo, ella quería que yo supiese de todo y lo qué ella no podía enseñarme, lo suplía mandando a traer tutores para que me instruyeran. Le confieso que mis libros favoritos son los cuentos que ella me regaló cuando era niña; esos cuentos los he compartido con muchos de estos niños, son tan pequeños y han pasado, por tanto, que siento que al leerle estas historias los introduzco dentro de un mundo fantástico, el que cada niño debe tener…, aunque sé que para los hijos de los esclavos, las fantasías y los sueños son deseos muy altos que pueden llevarlos a la muerte… —Adrián notó como mis facciones cambiaban, el tema de la esclavitud era un motivo qué acababa con mi entereza.

—No te pongas triste, tu cara es muy dulce para albergar la aflicción; estos son tiempos tumultuosos dónde la sociedad dicta un papel muy importante y qué, desgraciadamente, sus condiciones no son las más correctas, yo estoy totalmente de acuerdo contigo y te repito qué nunca apoyaré la esclavitud de los hombres; sin embargo, mi querida señorita, la esclavitud no solo radica en estos hombres y mujeres qué día a día trabajan para poder comer, también radica en nosotros, hombres y mujeres de sangre noble, somos esclavos de la sociedad qué nos dicta cómo debemos actuar o guiarnos en cada evento, incluso hasta a quien amar, ignorando lo qué nos grita nuestros propios sentimientos, hecho que nos vuelve fríos y marionetas: La sociedad nos infecta con sus reglas, volviéndonos esclavos de nuestras propias convicciones.

—Quizás tengas razón, pero también es verdad que el sufrimiento de ellos jamás se comparará con los nuestros, fíjese en mí, por ejemplo, yo a pesar de la buena educación, qué poseo y de los bellos vestidos, qué uso, sigo siendo señalada; sin embargo, eso no me ofende, todo lo contrario, me siento orgullosa de llevar la sangre de mi madre —Adrián me contempló, su mirada se volvió intensa causando qué una vez más el rubor pintara mis mejillas. En acto seguido tomó mi mano y la besó.

—Yo te apoyó, no tienes por qué sentir vergüenza, para mí existe una sola raza: la raza humana y en ella entramos todos.

—Y los indios también, porque muchos creen que ellos no tienen alma. He visto cómo los han asesinado y sus verdugos quedan en libertad —sentí un nudo en la garganta y a la vez impotencia.

—Estefanía, cuando digo que entramos todos, me refiero a ellos también, porque lo de separar las razas, de puras e impuras, para mí, son términos inventados por los opresores para dominar. Mi hermosa dama, no todos los ricos de cuna somos iguales —ahora era yo quien lo miraba con admiración y ternura.

—Espero que nunca oigan tu opinión —bromeé. Él soltó una carcajada.

—Me temo que si escucharan las voces de mi mente estaría ya en un calabozo condenado por traidor.

—Por favor, no declares eso —le pedí. Él volvió a sonreír.

—Mejor cambiemos de tema. ¿Te parece?

—Está bien — contesté a su propuesta.

—Mencióname, ¿cuáles son los idiomas que dominas?

—francés, italiano e inglés y por supuesto el español.

—Vaya, al parecer mi abuela te mantuvo bastante ocupada.

—Sí, bastante; siempre me dijo que quería que fuera una mujer preparada. Mi madrina es una mujer de temple de acero.

—Eso se ve por encima —declaró con admiración— ¿Sería mucho pedir qué me expresases algo en francés? —inquirió con una sonrisa que me derritió.

—Claro que sí; es más, será un placer qué me escuches y así me das tu opinión en torno al esfuerzo qué mi madrina hizo en mí —contesté. Pensé en una oración y se la mencioné en la lengua qué me pidió —"Quand la verité n'est pas libre, la liberté n'est pas vraie"

—“Cuando la verdad no es libre, la libertad no es verdadera” —me tradujo él.

—Ya observo qué no soy la única, qué habla otros idiomas —sonreí con picardía.

—Me temo que al igual que usted, mi querida dama, me mantuvieron muy ocupado ¡Pero vamos dígame más, por favor! —me pidió.

—Creo qué mejor cambiamos las reglas; esta vez usted me expresa la frase qué desee y yo se la traduzco.

—Maravilloso y justo —sus ojos brillaron.

—J´aíme vraiment, seulement je veux être avec toi, tú me faites rêver d'une manière speciale, Je pense que je suis tombé en amour avec vous despuis le premié jour que je t´ai vu —dijo la oración lentamente y en una pronunciación perfecta y profunda; entretanto, su mirada se tornó intensa. Yo sentí que mis piernas temblaron al traducir la oración en voz alta.

—“Me gustas mucho, solamente quiero estar contigo, tú me haces soñar de una manera especial… Creo que me enamoré de ti desde el primer día en que te vi” —luego de traducir la frase nuestros labios enmudecieron. Adrián quedó parado frente a mí, mientras los nervios se apoderaron de mi entereza.

—¿Lo hice bien? ¿Es la traducción correcta? —declaré en un hilo de voz, aunque sabía que lo había hecho bien.

—Mejor imposible —musitó, entonces nuevamente quedamos en silencio. Adrián comenzó a acortar la distancia… Aprecié su cara cerca de la mía… Mi respiración se tornó desbocada y sentí que mi corpiño me asfixiaba…

—¡Qué te dije Rodolfo, aquí están los muchachos! —la voz emocionada de mi madrina se coló en aquel momento mágico. Adrián se alejó de mí disimuladamente, mientras, yo traté de calmarme.

—¡Estás pálida muchacha! —expresó mi madrina al llegar cerca de mí.

—Son ideas suyas —respondí rápidamente tratando de disimular lo más que pude—. Quizás se debe a que no desayuné correctamente —agregué para no dar cabida a dudas. Ana Álamo era una mujer difícil de engañar. Ella me miró buscando en mis ojos un indicio que le contara o le diera alguna pista de lo que me sucedía realmente; luego, volteó hacia Rodolfo y Adrián que yacían a unos cuantos centímetros de nosotros viendo a una de las barracas, inspeccionando su estado. De pronto la mirada de Rodolfo sobre aquella barraca captó mi atención. La miraba con una especie de nostalgia y dolor… Mi madrina nuevamente giró a observarme; Adrián también lo hizo y me sonrió.

—Parece que le has caído de maravilla a mi nieto —declaró mi madrina, logrando que se me acelerara la respiración.

—Al parecer sí —respondí algo tímida.

—En el desayuno no hizo otra cosa que preguntarme por qué no te uniste a nosotros y fíjate, lo he encontrado aquí buscándote, sin embargo, fui yo quien le dijo que estabas en las barracas y no lo pensó dos veces para venir hasta donde estás. —Aquellas declaraciones no eran simples comentarios; a través de sus palabras me di cuenta qué algo sospechaba. Es verdad que ella me conocía muy bien, podía entrar en los recovecos de mi mente sin qué yo lo notase, pero era claro qué yo también la conocía muy bien a ella.

—¿Le preocupa algo, madrina? —me atreví a preguntarle. Por un momento se mantuvo en silencio, dubitativa; luego, me preguntó: —¿Cómo te cayó Adrián?

—Es un caballero muy amable y es diferente a su madre; se parece más al señor Rodolfo y apoya las ideas liberales al igual que usted —mis palabras la hicieron mostrar una sonrisa.

—Es verdad, su carácter es más parecido al de mi hijo, aunque ese físico al parecer es herencia de la familia de Elizabeth, sus rasgos son tan perfectos. No quiero decir que mi hijo no es atractivo porque claro que lo es… No obstante, Adrián tiene unos rasgos físicos que lo hace diferente, especial y por más que busco semejanzas en él con los rasgos de nuestra familia, no las encuentro. Es algo que no sé cómo explicar, la manera como sus ojos hablan… A través de ellos puedes leer lo que te declara su alma y cómo lo delatan… Esos ojos no saben mentir y cuando te miran hablan más de la cuenta —su voz volvió a enmudecer. Tomó una bocanada de aire y se dirigió a mí, sin tapujos.

—¿Hija mía, te gustó mi nieto Adrián? Por favor se sincera… ¿Te atrae cómo hombre? —sus preguntas me dejaron desprovista del habla y en sus ojos podía leer la tensión. ¿Era posible que para mi madrina yo sería una esposa poco adecuada para su nieto, a pesar de haberme criado ella con bases tan sólidas? No, eso no podía ser; algo dentro de mí me lo decía, ella siempre se molestaba conmigo cada vez que yo me refería a mí misma con inferioridad.

—Respóndeme, Estefanía —me presionó.

—No le puedo negar que es un hombre muy atractivo, cualquier mujer se voltearía a mirarlo, incluso usted misma lo ha mencionado… pero ¿Por qué me pregunta eso? ¿Acaso me he comportado incorrectamente? —la abordé rápidamente.

—No, muchacha, tu comportamiento es intachable, pero quiero advertirte, ya que es mi deber aconsejarte. Adrián es mi nieto y tú también lo eres, siempre lo has sido, ya sabes que te críe como tal; lo que pretendo decirte, Estefanía, es que tú debes de verlo solamente como hermano ¿Me entiendes? No quiero que caigas en sus galanteos si te aborda, quiero evitarte todo sufrimiento posible… —suspiró y continuó: —Enamorarte de él se traduciría en derramar lágrimas de sangre; tú y Adrián no pueden estar juntos —sus palabras me confundieron y no pude evitar sentir un dolor, un sentimiento que también era nuevo para mí, había sentido dolor en otras ocasiones, no obstante, nunca por el sentimiento llamado “amor”: el amor de hombre y mujer. Aquellos alegatos fueron insuficientes para mí, jamás en mi vida le había replicado a mi madrina, pero en ese momento no me conformé. Quise saber por qué amarlo me era, estaba prohibido, a menos que fuera por la raza… Entonces, ¿cuál era el motivo mortal que nos separaba?

—Madrina, discúlpeme, usted me ha confundido. ¿Por qué me dice eso? ¿Por qué me menciona que no caiga en sus galanteos? Su nieto me ha tratado con respeto ¿Por qué no puedo amarlo? —volví a inquirir.

—Por la forma en la que él te ve, su interés por ti es más que evidente… Y porque tus ojos también se iluminan cuando lo nombro. Te he observado y he notado que Adrián tampoco te es indiferente —hizo una pausa y colocó su mano sobre mi hombro. —Cuando te digo que enamorarte de él está prohibido, es porque tengo mis razones, las cuales desgraciadamente aún no te las puedo revelar. Existen verdades que no me pertenecen completamente, también les pertenecen a otras personas y para ser declaradas necesito de sus aprobaciones, así que te suplico, hija mía: no construyas sueños y esperanzas en terrenos movedizos e imposibles. “Tal vez ella tenía razón” —pensé—, pero era demasiado tarde, yo jamás podría contemplar a aquel hombre con ojos de hermana, mucho menos sabiendo que yo no llevaba su misma sangre. Ella me lo pidió simbólicamente, por lo menos eso era lo que me dio a entender, no obstante, al interiorizarlo mi alma tembló…

Nuestra conversación se detuvo cuando los dos caballeros se unieron nuevamente a nosotras. Mi mente estaba dividida; una por la tristeza porque mi madrina me pidió que quisiera a Adrián como hermano… ¡Cómo si fuera tan fácil! ¡Yo no podía mandar en los sentimientos! Segundo, porque yo no era la única que notaba que Adrián se sentía atraído por mí. Al saber eso, sus advertencias pasaron a un segundo plano, aunque yo ya intuía que esos consejos y las advertencias que me dio mi madrina, tenían nombre y apellido y se llamaba Elizabeth Álamo Sifuentes.

—¿Ya le has dado las buenas noticias a Estefanía, madre? —dijo Rodolfo con emoción.

—Aún no, pero ya se las menciono —sonrío y giró a mí.

—Querida, este sábado que viene, vas a conocer cómo son las verdaderas fiestas en la familia Álamo, no como las pequeñas celebraciones que hemos hecho. Esta tarde iremos a la modista a mandarnos hacer vestidos nuevos; decidí celebrar mi cumpleaños por todo lo alto.

No pude evitar que la noticia me emocionara, aunque esa alegría no me duró mucho cuando recordé a la madre de Adrián y las recientes advertencias de mi madrina.

—¿Usted cree, madrina, que el vestido que desea para esa ocasión, lo tengan listo en tan poco tiempo?

—Claro que sí, mi niña, Leticia es como un hada madrina y no es un vestido, son dos vestidos —me aclaró.

—¡Por favor! Por mí no se moleste. Yo puedo ponerme cualquiera de los que tengo.

—¡Cómo te vas a poner cualquiera! ¡Absolutamente no! Hoy mismo vamos a la modista y escogemos la tela. ¡No faltaba más! —se quejó echándose aire con su abanico. Cuando iba a abrir mi boca para insistirle, Rodolfo se unió a apoyar a su madre y me dijo: —Estefanía, si mi madre quiere que tengas un vestido nuevo, yo la apoyo, déjala que lo haga, tú eres de la familia, que nunca se te olvide —sus palabras fueron cálidas, sin embargo, yo no quería que me vieran como una hija, mucho menos como la hermana de Adrián: un hermano simbólico que jamás se crio conmigo y al cual nunca querré como tal.

—Estefanía —esta vez intervino Adrián —mi abuela te adora. Eso lo nota cualquiera, así que disfruta y deja que ella lleve las riendas, recuerda que es un hueso duro de roer —sonrío y el corazón se me desbarató dentro del pecho. Traté de disimular mi mirada, pero los ojos de águila de mi madrina se posaron sobre mí y sobre él, al igual que los de su padre.

Horas más tarde.

Esa tarde y tal cual, como lo previó mi madrina, fuimos donde la modista. Doña Leticia era una de las costureras más respetadas de la región: una mujer que viajó mucho y sus gustos eran exquisitos. Ella traía las telas de París y sus obras de arte nada tenían que envidiar a los vestidos modernos de alta costura. La mujer nos recibió con amabilidad, nos invitó a tomar el té mientras mi madrina le explicaba cómo quería el traje. Leticia le mostró varios bocetos: vestidos realmente hermosos de la última moda europea. Yo me limité a ver, no intervine en la conversación. No obstante, aquella idea de mi madrina me calmó. Salir de la casa me permitió respirar; después de lo que mi madrina me dijo en las barracas, sentí una presión muy grande, comprobé que sería una tortura en adelante para mí cada vez que me cruzara con Adrián en la casa grande.

—¿Muchacha te has quedado sorda? —expresó mi madrina tocándome la mano.

—¿Qué pasó?… disculpen —manifesté con pena.

—Doña Leticia te está mostrando las telas para que escojas, ya yo escogí la mía —la mujer mantenía el brazo extendido hacia mí con varias muestras de seda en todos los colores. Su rostro manifestaba un poco de molestia por mi falta de interés.

—Este rojo vino es hermoso —declaré con un hilo de voz; mi madrina giró a verme con un dejo de preocupación.

—¿Hija, te sientes bien? Últimamente, te he sentido muy distraída y tú no eres así.

—Madrina, no se preocupe, solamente estoy un poco cansada, me levanté muy temprano y tenía un poco de jaqueca, pero se me está pasando.

—Disculpen qué las interrumpa —dijo la modista—. Si me permiten dar mi opinión, el rojo vino es muy hermoso; sin embargo, le recomiendo qué no sea todo de ese color, pienso que la parte del corpiño podría ser negro, con bordados del mismo color de la seda que usted escogió con detalles en pedrería.

—¡Me parece perfecto! —apoyó mi madrina —. No se mencione más, entonces se hará como sugieres querida Leticia —, las dos acordaron, luego volvió a contemplarme.

—Rojo vino es interesante —sonrió con picardía. Después la modista nos tomó las medidas a las dos. Ya de regreso a la casa le pregunté a mi madrina por qué no había invitado a la señora Elizabeth a que también fuera a la modista. Su respuesta no me sorprendió.

—Si lo hice, pero ella alegó que traía varios modelos exclusivos de las tiendas de Londres y París. Agregó que dudaba que la modista a dónde íbamos fuera capaz de llenar sus expectativas y de crear vestidos tan majestuosos como los que ella usaba… Sabes, muchas veces me he preguntado qué le habrá enamorado mi hijo de Elizabeth, siempre ha sido tan fría, calculadora, ve a las personas humildes como inferiores, únicamente se lleva bien con las personas que pertenecen a su círculo social, no se puede negar qué es una mujer hermosa, sin embargo, eso no es suficiente para despertar el amor en alguien. Gracias a Dios y pese a su forma de ser, Adrián dista mucho de ella; él es un muchacho muy complaciente. ¡Válgame Dios! La qué debe de estar sufriendo es Rosa —una risita burlona escapó de su boca.

—¿Por qué lo dice, madrina?

—Porque Elizabeth, al rechazar mi oferta de venir a la modista y recorrer la región, insistió en hacerse cargo de los preparativos de la fiesta y me pidió encarecidamente que no interviniera. Ella quiere dar las instrucciones de los platos que se servirán, la decoración, los vinos y hasta la música, ya la mujer está dejando relucir sus aires de ama y señora.

—¡Vaya! Va a tener bastante trabajo.

—A mí me pareció una fantástica idea, primero porque no se puede negar el gusto exquisito que tiene, segundo tiene buena fama y la han felicitado por su forma de planificar las veladas, y tercero porque así me la quito de encima y no tengo que soportar los aires de reina que la caracterizan —las dos nos reímos por el comentario.

—Lo mismo dijo ella de mí —manifesté de repente.

—¿Qué declaró de ti, hija? ¿Acaso ha osado en faltarte el respeto? Eso no…

—Madrina, cálmese —la interrumpí—. Lo que quiero expresar, es que ella antes de yo tocar el piano mencionó que tenía un oído nato para la música, y que ha escuchado muchas concertistas en París que tocaban como unas verdaderas diosas del Olimpo, insinuando que yo era solamente una simple aprendiz, una novata.

—Es cierto, lo recuerdo, pero la dejaste con la boca cerrada. Ella desgraciadamente ha sido muy presumida; aprovechando que estamos tocando el tema de mi nuera, quiero que trates de no cruzarte con ella cuando estés sola, por lo previamente expuesto no quiero que te haga una grosería en tu propia casa.

—Madrina gracias, no obstante, recuerde que ella es su nuera, la esposa de su hijo y madre de su nieto, es más familia suya así… —esta vez la interrumpida fui yo.

—No lo repitas, por favor, me hierve la sangre cada vez que dejas salir de tu boca esa clase de comentarios. ¿Cómo vas a decir qué no eres parte de mí si yo te crie? —sus palabras sonaron triste y decepcionadas por mi comentario.

—Por favor, madrina, discúlpeme, no era mi intención entristecerla, he sido una torpe; ya van varios comentarios de mi parte que la han hecho molestar…

Aquellos arranques de mi parte, dejando claro que la sangre no nos unía, se empezaron a manifestar con fuerza, desde que la magia de Adrián se posesionó de mí; por más que lo intentase, la estampa de aquel hombre me hechizó de una forma abrasadora; sentí que podía saber todo de él a través de sus ojos. Mi madrina lo describió perfectamente: poseía una mirada tan limpia que invitaba a conocerlo, lo que él era realmente: un hombre justo, ético, educado, decente, caballeroso, de corazón noble y con la fisionomía que toda mujer quisiera proteger…

A través de la ventana del carruaje, me quedé tranquila, contemplé el paisaje de las montañas que se extendía majestuosas frente a mis ojos. Mi madrina, como de costumbre, tejía sin importarle donde estuviese, daba rienda suelta a una de sus grandes pasiones: le encantaba tejer. Mientras, continué contemplando el paisaje, la imagen de Adrián volvió a colarse en mi cabeza como un fantasma, apoderándose de mi razón, despertando en mí sentimientos indómitos desconocidos para mí; me perturbaba su piel, su boca… Su aroma me volvía irracional y prueba de ello eran las respuestas que le di a mi madrina en torno a sus instintos maternales hacia mí. Esa actitud nunca fue propia de mi comportamiento. Pero me di cuenta de que, cuando estaba lejos de él, podía recuperar el control… Junto a él me resulta imposible.

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