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Portada de la novela RESURRECCION: El Misterio de Victoria. LIBRO II

RESURRECCION: El Misterio de Victoria. LIBRO II

Victoria Montesinos lidia con vacíos de memoria y una realidad fragmentada. Su único refugio es Adrián, el enigmático hombre que la visita en sueños para jurarle lealtad. Al ser trasladada a un internado canadiense, la joven se ve acechada por visiones de seres celestiales y recuerdos de existencias previas. Mientras un antiguo romance renace, voces siniestras desafían su razón, presagiando el despertar de una esencia ancestral que ha estado latente por siglos.
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Capítulo 3

Mi llegada a Canadá fue traumática; a pesar de que Vancouver era una ciudad muy bella, mi estado de ánimo no me había permitido admirarla, durante todo el viaje no había hecho más que llorar, hasta el punto de que de mis ojos ardían. Lo primero que hizo mi padre al llegar fue ir directamente a la casa del tío Gustavo, quien nos recibió con los brazos abiertos. Me sorprendió ver su semblante, se le veía rozagante y fuerte, tomando en cuenta que ya era un hombre mayor.

—¡Qué grande estás, Victoria! —manifestó con asombro al tiempo que nos conducía hacia el interior de su casa. Le sonreí por cortesía —ya verás que te va a gustar vivir aquí, puedes decirme tío abuelo Gustavo —continuó manifestándome su emoción, sentimiento que me hubiese gustado corresponder.

 Permanecí callada ante sus comentarios, repitiéndome, una y otra vez, que solo serían cinco años. Me había mentalizado que al cumplir la mayoría de edad nada ni nadie me detendrían de volver al lado de mis abuelos. Luego de un breve momento entró a la sala, Andrea, la esposa del tío Gustavo, sosteniendo una bandeja con galletas. Su aspecto era dulce y calmado. 

—Bienvenida, Victoria. Será un placer tenerte como huésped. Personalmente, me encargaré de hacerte sentir lo más cómoda posible. —Sus palabras me calmaron un poco, pero no lo suficiente como para disipar mi tristeza.

 Llevábamos un largo rato en casa del tío de mi padre. Me quedé sentada inmóvil viendo a través de una de las ventanas de la sala y de vez en cuando giraba a ver las caras de mis tíos y padre, escuchándolos intercambiar anécdotas de épocas pasadas. Al detenerme por un instante en el rostro de mi padre, noté que el gesto amargo ya no estaba, ahora se había relajado. Era notorio que le hacía mucho bien estar junto a su familia. En ese instante analicé que uno de los motivos principales que tuvo para traerme aquí, era el no querer, bajo ninguna circunstancia, que me criara con mis abuelos. Eso, pensándolo ahora en frío, desde un principio era muy evidente, pero yo no lo quería entender.

De pronto, tras esas cavilaciones fluyeron muchos recuerdos, siendo algunos de ellos, la cantidad de veces que papá ofendió a mi abuela llamándola bruja, y sus reproches por mis constantes pesadillas, ya que mi padre alegaba que eran por causa de sus historias. Yo no compartía su opinión. También recordé las palabras de mi abuela cada vez que terminaba una discusión, decía siempre que lo único que la mantenía en tregua con él era mi madre. Y desgraciadamente ella ya no estaba. Eso me enfureció y me entristeció aún más, ya que mi nacimiento no solo convirtió a mi papá en un hombre distante y amargado, sino que también había roto la tregua de paz que había entre ellos. Cerré los ojos tratando de alejar esos sentimientos de culpa que me consumían.

***

 Sin darme cuenta habíamos llegado al internado. Este se encontraba ubicado en las afueras de la ciudad. Ya dentro de las instalaciones de la institución, mi padre aparcó el coche y nos dispusimos a bajar. En el instante que mi pie tocó el piso pude experimentar un frío penetrante y una mezcla de tristeza y agonía infinita que me acompañaría por mucho tiempo. Entramos al recinto sin decirnos una sola palabra. Mi papá sabía que no quería hablarle, era muy evidente mi incomodidad y como siempre él evitaba esos momentos, escudándose en su coraza de hierro; lo que me hizo querer enfrentarlo, decirle que no quería estar aquí, pero mis labios permanecieron sellados, las palabras se volvieron nudo y se ahogaron en mi garganta, una a una sin poder salir. Esos pensamientos se evaporaron cuándo apareció una religiosa alta y robusta. La mujer había salido de una oficina que se encontraba al final del pasillo. Ya habiendo acortado las distancias que nos separaba, se dirigió a mi padre:

—Entre, por favor. La madre superiora quiere hablar a solas con usted — Luego se dirigió a mí en tono neutro: 

—Espera un momento en la sala, jovencita.

 Mis ojos siguieron a mi padre hasta que cruzó la puerta, una vez más comencé a sentir angustia, el pecho empezó a dolerme, y mis manos gélidas comenzaron a temblar. Respiré hondo y cerré la cremallera de mi abrigo hasta el cuello para aminorar la sensación de frío, y a pesar de que también coloqué mis manos dentro de los bolsillos de la chaqueta, la molestia no menguaba. Fue entonces cuando caí en cuenta de que ese frío crónico no provenía de afuera, sino que yacía en mi alma. El frío de mi soledad. Hice un esfuerzo por ignorar esa sensación y traté de distraerme detallando el lugar.

 No podía negar que el internado era hermoso. El suelo se veía reluciente e inmaculado, tanto, que daba pesar caminar porque se ensuciaría; los candelabros y esculturas de ángeles y santos finamente decorados daban un toqué eclesiástico a la estancia donde me encontraba sentada. Era hermoso a la vista, pero a pesar de todos esos detalles para mí seguía siendo una jaula.

 La conversación dentro de la oficina de la directora se había extendido, así que con pesar por lo de las baldosas, me levanté para estirar las piernas y ver los alrededores; estos estaban adornados por vastas colinas y árboles frondosos. Lo único que estropeaba la vista eran los muros altos y grises que cercaban el paraje. Deseé repentinamente correr hacia esas colinas y escapar, dejar mi dolor atrás, pero el muro gris, que era como mi padre, me lo impedía. Cerré mis ojos e inhalé el aire que provenía de afuera, al sacarlo de mi ser dejé volar mi mente en dirección al único sitio donde era realmente feliz: la casa de mis abuelos; sin embargo, extrañamente mis pensamientos me llevaron también a otro sitio, uno que me embrujaba con su misterio y belleza: el castillo antiguo de las colinas llamado “El Renacer”, y que era propiedad de los condes Dómines. 

La hermosa estructura se encontraba alejada de la ciudad, al igual que este internado ¡Y no sé por qué me impresionaba tanto! Solo lo había visto un par de veces cuando salía con mis abuelos de paseo; lo cierto, es que causaba un extraño efecto en mí, aunque, a decir verdad, también en los demás pobladores. Lo más inusual es que esa no era la única propiedad que llamaba a gritos mi atención. Había otra construcción impresionante, propiedad de la familia Álamo. Esta última nunca la había visto, sabía de su existencia por lo que contaban mi tío y mis abuelos. En una oportunidad los escuché decir que estaba al otro lado de la ciudad, adentrada en un vasto bosque. A partir de entonces, como consecuencia de las historias que oía, no pude evitar comparar estas dos fortalezas; al igual que a las dos familias que las habitaban. La razón es que tienen tanto en común: las dos son construcciones antiguas; sus dueños provienen del extranjero y sus antepasados habían llegado a Venezuela; a la ciudad de Mérida, casi en su fundación, y por las mismas habladurías de la gente, sé que desde hace muchísimo tiempo se había ido y no han vuelto hasta entonces, solo cuentan con encargados que velan por todos sus negocios en esa parte del mundo.

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