
Renacido en el Engaño: El Secreto de Lina
Capítulo 2
A los setenta años, en mi lecho de muerte, el aire de la finca en La Rioja era pesado y olía a tierra húmeda y a vino viejo, el olor de toda mi vida.
Lina, mi esposa durante cincuenta años, estaba sentada a mi lado, su rostro tan sereno y distante como siempre.
Con el último aliento que me quedaba, le hice la pregunta que me había carcomido el alma durante medio siglo.
«Lina, ¿alguna vez me amaste?»
Ella no respondió de inmediato, solo me miró, y en esa breve vacilación encontré la respuesta que siempre había temido.
Confirmaba cincuenta años de un amor no correspondido, un matrimonio que solo fue un contrato para unir su viñedo con mi bodega.
Mi último pensamiento, mi último deseo, fue una súplica amarga.
«Ojalá nunca te hubiera conocido. Ojalá nunca te vuelva a amar.»
Y entonces, todo se volvió negro.
Hasta que la luz del sol me golpeó la cara.
Abrí los ojos de golpe, desorientado. No estaba en mi cama de anciano, sino en mi habitación de adolescente, con pósteres de futbolistas en las paredes y libros de texto esparcidos por el suelo.
Mi cuerpo se sentía ligero, lleno de una energía que no recordaba. Me miré las manos, no había arrugas ni manchas de la edad, solo la piel tersa de un joven.
Un calendario en la pared tenía una fecha marcada en rojo: 15 de marzo.
Tres meses antes de la Selectividad.
Tenía dieciocho años otra vez.
Una risa seca escapó de mis labios, una risa que sonaba extraña en una garganta tan joven.
El destino me había dado una segunda oportunidad. Y esta vez, no iba a cometer el mismo error.
Esta vez, no me casaría con Lina Salazar.
Esta vez, viviría mi propia vida.
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