
Renacido del Dolor: El Chamán Libre
Capítulo 2
El dolor me retorcía las entrañas, un fuego helado que consumía mi energía desde adentro. Era la "Noche de Tormento" , el ciclo ritual donde el pacto exigía mi ofrenda de energía vital. Se suponía que Scarlett debía estar aquí, su presencia era la única que podía aliviar este tormento, tomando la energía directamente y estabilizando el flujo.
Pero no estaba.
La hacienda, normalmente llena de su presencia dominante, estaba vacía y silenciosa. Solo se escuchaba mi respiración agitada y el crujido de las sábanas bajo mi cuerpo convulso. El sudor frío me empapaba la frente.
Siete años. Siete años de mi vida entregados a ella. La primera vez, me salvó de unos espíritus malignos que me habrían despedazado. Yo, un joven chamán de Catemaco, vi en ella a una diosa, una salvadora. El Pacto de Sangre que le ofrecí era mi gratitud, mi devoción. Se suponía que duraría cinco años.
Yo mismo lo extendí, ciego, creyendo que su posesividad era una forma de amor.
Ahora, mientras el dolor amenazaba con desgarrarme, su ausencia era la respuesta más clara que había recibido en años.
Justo cuando pensaba que iba a desmayarme, el ruido de un auto llegando a la hacienda me dio una punzada de esperanza. Me equivoqué.
La puerta principal se abrió de golpe. Scarlett entró, pero no venía sola. Arrastraba a un hombre inconsciente, vestido con ropa cara y manchado de sangre. Lo dejó en el sofá con una delicadeza que nunca había usado conmigo.
"Roy" , su voz sonó, fría y distante, sin siquiera mirarme.
Apenas pude girar la cabeza. Ella estaba inclinada sobre el hombre, limpiando una herida en su frente con un paño húmedo.
Mi cuerpo temblaba violentamente.
"Scarlett… la ofrenda…" logré susurrar.
Ella ni siquiera se volteó.
"Espera" .
Esa única palabra me golpeó más fuerte que cualquier dolor físico. Espera. Mientras yo me consumía, ella cuidaba a un extraño.
El pacto no esperaba. El dolor se intensificó, una ola de agonía que me nubló la vista. Sabía que si no hacía algo, moriría.
Con la última pizca de fuerza, me arrastré fuera de la cama, hacia el pequeño altar que tenía en mi habitación. Mis manos temblorosas buscaron el cuchillo ceremonial de obsidiana. Era un último recurso, un ritual de auto-sacrificio para liberar la energía que el pacto reclamaba.
La hoja fría tocó mi antebrazo. Cerré los ojos y corté. La sangre brotó, oscura y espesa, y con ella, una oleada de energía vital salió de mi cuerpo. El dolor disminuyó un poco, reemplazado por una debilidad abrumadora.
Caí al suelo, con la vista borrosa. Mi sangre manchaba las baldosas.
Antes de que la oscuridad me tragara, reuní la poca conciencia que me quedaba. Me concentré, enviando un mensaje psíquico a través de los cruces de caminos espirituales, un mensaje que solo una criatura podría recibir.
"Annabel" , pensé, con desesperación. "Acepto" .
También te puede gustar





