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Portada de la novela Renací, y Mi Hermana Eligió Mi Infierno

Renací, y Mi Hermana Eligió Mi Infierno

Tras renacer el día del divorcio de sus padres, Martha observa cómo su hermana Elena elige quedarse con su padre adicto al juego, buscando la riqueza que él obtuvo en la vida anterior. Martha decide irse con su madre y el padrastro multimillonario a la costa. Sin embargo, Elena ignora que la redención de su progenitor no fue fortuita, sino el resultado del sacrificio extremo de Martha, quien consumió su salud pagando deudas. Ahora, Martha inicia un nuevo camino libre de esa dolorosa carga.
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Capítulo 3

Terminé viviendo en esa casa como si fuera invisible.

A Víctor le gustaba el silencio. En esa casa, hasta las empleadas caminaban de puntitas.

Mamá se desvivía cada día por complacerlo.

Le cocinaba, le daba masajes y se sentaba con él a ver esas noticias financieras tan aburridas.

En esa casa, ella vivía como una criada de lujo.

Y yo, salvo para comer, casi no salía de mi habitación.

Dejé impecable la habitación donde guardaban los cachivaches. Aunque seguía llena de muebles viejos, ahí entraba una luz preciosa.

Muchas veces arrastraba una silla hasta la ventana y me quedaba al sol toda la tarde, como una anciana con un pie en la tumba.

A veces, Víctor pasaba frente a mi puerta. Cuando me veía tomando el sol, se detenía un instante, pero nunca decía nada.

Su mirada era extraña, como si estuviera viendo a alguien de la misma especie que él.

Ese mediodía, a la hora de la comida, reinaba el silencio en la mesa. Solo se oía el leve tintineo de los cubiertos contra los platos.

De pronto, mi celular vibró. En medio de aquel silencio, sonó como una alarma fuera de lugar.

Víctor frunció el ceño.

Mamá dejó los cubiertos de inmediato y me lanzó una mirada fulminante.

—¿Quién te enseñó a traer el celular a la mesa? No tienes modales. Cuelga.

Saqué el celular y miré la pantalla.

Era Elena.

Rechacé la llamada, pero ni dos segundos después volvió a vibrar.

La rechacé otra vez.

A la tercera vibración, Víctor soltó los cubiertos.

—Contesta.

Lo dijo con indiferencia.

—Ese ruido me está dando dolor de cabeza.

Con el celular en la mano, me fui al balcón. En cuanto contesté, la voz de Elena estalló al otro lado de la línea.

—¿Lo hiciste a propósito? ¿Te llevaste la tarjeta bancaria, verdad?

Aparté un poco el celular de la oreja.

—¿Qué tarjeta?

—Papá dijo que desapareció la tarjeta que dejó en la casa. Seguro tú te la robaste. Tenía quinientos dólares.

Me reí.

Esos quinientos dólares los había ganado yo lavando platos durante las vacaciones del año pasado.

—Ese dinero lo gané yo.

—Aunque lo hayas ganado tú, sigue siendo de la familia.

Elena hablaba con un descaro absoluto.

—Papá no tiene dinero ni para comprarse cigarros y está armando un escándalo en la casa. Apúrate y transfiere el dinero. Si no, le voy a decir a mamá que te lo robaste.

Del otro lado se escuchó algo estrellándose, seguido de los insultos de papá.

—Maldita inútil, perra ingrata. Debí haberte estrangulado cuando eras pequeña.

Esas voces, incluso a cientos de kilómetros de distancia, seguían asfixiándome.

—Yo no robé nada —dije con calma—. Ese dinero lo había guardado para mis gastos médicos.

—¿Gastos médicos? ¿Y ahora de qué se supone que estás enferma?

Elena soltó una risa burlona.

—¿Y ahora de qué te las das? ¿De delicadita? Apúrate y transfiere el dinero. Si no, te voy a ir a armar un escándalo en la universidad y voy a decir que dejaste morir a tu propio padre sin mover un dedo por él.

Miré el jardín desde el balcón. Las flores estaban abiertas en todo su esplendor, de un rojo tan intenso que parecía sangre.

—Elena. Tú elegiste ese camino. Ahora síguelo hasta el final, aunque tengas que arrastrarte de rodillas. No vuelvas a molestarme.

Colgué y bloqueé el número.

Cuando me di la vuelta, sentí algo caliente resbalarme bajo la nariz.

Me toqué y vi la mano manchada de sangre.

Saqué un pañuelo del bolsillo a toda prisa y me cubrí la nariz.

Levanté la cabeza, intentando detener la hemorragia. La sangre no dejaba de salir; se me escurría por la garganta, me revolvía el estómago y me daba náuseas.

Corrí al baño del primer piso. Frente al espejo, vi cómo la sangre me había manchado media cara. Abrí la llave y empecé a lavarme desesperadamente.

—¿Qué estás haciendo?

La voz sonó de repente detrás de mí.

Me quedé rígida. A través del espejo, vi a Víctor de pie en la puerta.

Me observaba con una mirada profunda e inescrutable, mientras yo tenía media cara empapada de sangre.

Me limpié la cara a toda prisa.

—Me sangró la nariz.

Bajé la cabeza al hablar.

—Supongo que es por el calor.

Víctor no dijo nada, se acercó y me tendió una toalla limpia.

—Sécate.

Tomé la toalla y me cubrí la nariz.

—Gracias.

Él miró las manchas rojizas que todavía teñían el lavabo.

—¿Te pasa seguido?

—A veces.

Mentí. Últimamente me sangraba la nariz cada vez con más frecuencia.

Víctor me observó durante un momento.

—Deberías ir al hospital.

Lo dijo con naturalidad.

—No hace falta. Es lo de siempre.

Con la cabeza baja, intenté pasar a su lado para salir.

—Martha.

Me detuvo con una sola palabra.

—En esta casa no hace falta que andes con tanto cuidado. Tu madre es tu madre, pero tú no tienes por qué vivir escondiéndote.

Me quedé inmóvil un instante y levanté la vista para mirarlo.

Su expresión seguía siendo fría, pero en el fondo de sus ojos había una emoción que yo no entendía.

—Si te sientes mal, dilo. Aguantar por orgullo no va a hacer que nadie te dé una medalla.

Después de decir eso, se dio la vuelta y se fue.

Me dejó sola, de pie en el baño.

La toalla que tenía en las manos aún conservaba un leve aroma a pino.

Era el olor de su cuerpo.

Y también, ese tenue olor a muerte.

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