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Portada de la novela Renací para destruir el trono de mi hermana

Renací para destruir el trono de mi hermana

En su vida pasada, la protagonista salvó al príncipe vampiro Sebastián de Montoya, convirtiéndose en su reina y madre de su heredero, mientras su hermana Elsa sufría un destino miserable como amante de un lobo. Consumida por la envidia, Elsa la asesinó, pero ambas han reencarnado en el día de la ceremonia. Ahora, Elsa intenta reclamar al príncipe herido para usurpar su destino. Sin embargo, no sospecha el peligro que implica ganarse el corazón del soberano y sobrevivir para darle un heredero de sangre pura.
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Capítulo 2

La boda del príncipe era mil veces más importante que nuestro rito de brujas.

A Elsa y a mí, junto con otras compañeras, nos llevaron directo a su castillo.

No podíamos ni asomarnos fuera de los muros... nos tenían ahí encerradas solo para encargarnos de cada detalle de su boda.

Cuando toqué el collar de cristal de sangre que mandó Sebastián, no sentí absolutamente nada. Ni envidia, ni ganas de llorar, nada.

Era una pieza preciosa, sí, pero para mí no era más que un recordatorio de lo caro que cuesta ese brillo.

En mi otra vida, los lujos que yo tuve dejaron a los de Elsa por el suelo.

Mis vestidos eran el tema de conversación de todas y, si yo abría la boca, las demás me seguían la corriente sin dudarlo.

Pero solo yo sabía el dolor que escondía todo eso. La sangre que me costó y las noches eternas que pasé con ese hijo en el vientre.

Ni siquiera terminé de ver el collar cuando una de las criadas de Elsa entró corriendo, casi sin aire.

—Señorita Lilia, la futura princesa la busca.

¿A mí? A estas alturas Elsa debería estar metida de lleno en sus preparativos. ¿Para qué se iba a acordar de la hermana que no pincha ni corta?

Aunque me moría de la duda, no me quedaba de otra. Ahora ella era la prometida oficial, la que Sebastián había reconocido frente a todo el mundo. Su palabra pesaba mucho más que cualquier cosa que yo pudiera decir.

Justo cuando iba a entrar al cuarto de Elsa, me topé con Sebastián saliendo. Traía la camisa desabrochada, el pelo todo alborotado y esa cara de satisfacción.

Pasó por mi lado caminando despacio; yo bajé la mirada enseguida, pero él ni se molestó en verme.

Su olor me pegó de golpe al pasar. Lo conocía de memoria: ese rastro espeso a sangre y rosas que sueltan los de su clase cuando acaban de estar con alguien.

Ahí me quedó claro todo: Elsa ya se había acostado con él.

Así somos nosotras. Cuando una bruja crece, muchas veces deja de ser dueña de sus instintos.

Con que el hombre que quieres se te acerque un poco, el cuerpo le gana a la cabeza. Esa es nuestra peor debilidad.

Entré y vi a Elsa ahí, medio acostada en la cama con una sonrisita. Solo la tapaba una sábana de seda tan delgada que no escondía nada de sus curvas.

En cuanto me vio entrar, se le fue la sonrisa de la cara. Con una calma que daba miedo, señaló un paño bordado que estaba sobre la mesa.

—¿Esto lo hiciste tú? Nada mal.

Me quedé quieta, sin decir ni una palabra.

Desde niñas, por cualquier cosita me gritaba o me soltaba un golpe.

No era normal que me celebrara nada, y mucho menos con ese tono tan tranquilo.

En ese momento, el recuerdo de sus manos empujándome al abismo me dio un vuelco en el pecho y el corazón me empezó a latir a mil.

Como no le respondí, se levantó de un salto. Agarró el candelabro de oro que tenía a la mano y me lo acomodó en la cabeza sin pensarlo dos veces.

Por un segundo, todo se me puso rojo. Sentí la sangre chorreándome por la cara y el golpe me retumbó hasta en los huesos, pero me aguanté el dolor, me tragué la rabia y me puse de rodillas frente a ella.

Verme así de sumisa le encantó. Se volvió a echar en la cama con ese aire de flojera y crueldad que yo conocía de sobra.

—Las traje aquí para que se den cuenta de cómo son las cosas. Más vale que te saques esas ideas raras de la cabeza y dejes de andar de ofrecida frente a Sebastián. Porque si no...

Levanté la vista y la miré a los ojos.

—Como usted ordene, alteza —le dije.

Mi calma la sacó de onda un segundo. Se levantó de la cama, llegó a mí en dos pasos y me agarró del pelo con fuerza, obligándome a mirarla desde abajo.

—Lilia, ¿de verdad crees que soy tan tonta? ¿Crees que no me di cuenta de que tú también renaciste?

Al oír eso, por más que traté de disimular, se me oscureció la mirada. Ella soltó una risa burlona y me aventó el paño bordado a la cara.

—Te criaste en el bosque de las brujas, nunca has salido de ese hueco. ¿De dónde sacaste que podías bordar la Rosa de Sangre? Ese es un emblema que solo usan las reinas de la Sangre. ¿Todavía te atreves a quererme ver la cara?

Solté un suspiro largo, me pasé la mano llena de sangre por la frente y me puse de pie.

—Elsa, yo nunca he querido competir contigo —le dije, con la voz calmada. —Te lo juro, no tengo la más mínima intención de acercarme al príncipe.

Ella se rió por lo bajo, con desprecio.

Ni siquiera intentó disimular el asco que me tenía.

Sentí sus dedos fríos recorriéndome la mejilla.

—¿Y quién te dijo que tú podrías conmigo, escuincla fea? —soltó con veneno—. Aunque te mueras por competir, jamás me ganarías.

Me quedé callada. Hay peleas que no valen la pena, y yo lo único que quería era vivir un poco más. Solo los tontos se aferran a lo que brilla aunque les cueste la vida.

Yo ya había probado ese veneno una vez y no pensaba repetir la historia.

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