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Portada de la novela Renací: Intercambio de Boda

Renací: Intercambio de Boda

En Renací: Intercambio de Boda, la protagonista y su prima Ofelia regresan en el tiempo al día de su boda tras vivir matrimonios infelices. En su vida pasada, Ofelia sufrió la indiferencia de Ignacio, un frío comandante naval, mientras que la protagonista soportó constantes peleas y un rápido divorcio con Fernando, un estricto contador. Con una segunda oportunidad y los recuerdos intactos, ambas deciden tomar una decisión radical: intercambiar parejas para reescribir su destino amoroso.
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Capítulo 3

De golpe, la boda quedó en silencio, todos me miraban como si no creyeran lo que acababan de ver.

Qué risa. ¿En plena boda me quieren dar "bienvenida" con un golpe bajo? ¿Y todavía con eso del "aniversario"? En la vida pasada, ellos dos sí se fueron bien juntitos a celebrarlo, bien dulcecitos y cuando volvieron, ni una explicación le dieron a Ofelia. Se quedaron atorados en ese malentendido toda la vida.

Pero yo no soy Ofelia, ella aguanta, yo no aguanto ni tantito.

¿Qué quiere, ir a "pasar el aniversario"? Pues que vaya, y yo le voy a dar pelea. Y luego agarro mi maleta y me largo de esta isla miserable.

¿Se creen que las chicas en mi casa no se pueden casar? Si no fuera por el compromiso de los mayores, yo estaría viviendo comodísima.

—Ignacio, ¿te duele? Beatriz, ¿cómo puedes hacer eso? ¡Ignacio es un hombre! Tú así…

Liliana traía la carita entre pálida y roja de coraje, y miraba a Ignacio con cara de pobrecito.

En cambio, Ignacio se levantó rápido, se sacudió como si nada. Me echó una mirada profunda, de esas que pesan. Luego se cubrió la boca con el puño y tosió dos veces.

—Estoy bien.

Y como si aquí no hubiera pasado nada, me agarró la mano y dijo:

—Mañana vienes conmigo.

Yo me quedé de piedra. Liliana se quedó todavía peor.

—¿Cómo puedes? ¡Ya no te voy a hablar jamás!

Y se fue corriendo, llorando, tapándose la cara.

En ese momento, me llegó al oído un susurro cálido.

—Primero terminemos la boda. Después te explico, ¿va?

Sin la estorbosa de por medio, y con todos en shock, nadie se atrevió a armar escándalo. Así que lo que siguió fue rapidísimo.

No tardó nada en acabar. Ya en el cuarto, sentada, le pegué un manotazo a la cama. ¿Y este qué? ¿Me estaba sacando una jugadita? Que no se crea, a mí esas cosas no me van.

Se escuchó un "clic"; la puerta se abrió y entró Ignacio. Yo, de inmediato, puse cara dura y resoplé.

—Te aviso: a mí me chocan los hombres que no saben poner límites. Si tú vas a andar de aquí para allá, mejor de una vez nos separamos. No me hagas perder el tiempo, que yo todavía me puedo volver a casar.

Él frunció el ceño.

—Tú eres con quien mi abuelo dejó arreglado mi matrimonio. Si me caso contigo, me hago cargo de ti.

Yo solté un "ajá" y le dije:

—¿En qué año vives? Te lo digo claro: si se puede, se vive. Si no se puede, se divorcia. Además, cuando los abuelos arreglaron esto, nadie dijo que por casarme contigo ya iba a ser tuya de por vida.

—Tú…

Se veía que lo estaba sacando de quicio, se puso a caminar por el cuarto, de un lado a otro.

Al final suspiró, se sentó en la orilla de la cama e intentó agarrarme la mano.

—Con Liliana no pasó nada, ni antes ni después. Yo de verdad quiero vivir bien contigo.

Y sin importarle que yo me moviera, me apretó la mano con fuerza.

—Yo no soy bueno para hablar. Si algo no te gusta, dímelo de frente. Lo que pueda cambiar, lo cambio.

Bajo la luz del cuarto, se veía serio. Y no sé por qué, pero se me calentó la cara. Yo asentí, fingiendo que me daba igual.

—Va. Yo también tengo carácter. Si tú aguantas, pues ya estuvo.

Vi el brillo de una sonrisa en sus ojos y me dio coraje. Así que me le fui encima, le rodeé el cuello con los brazos y lo besé.

De inmediato, se nos desordenó la respiración. En nada, él me dio la vuelta y quedó encima de mí. Sus manos se fueron directas a mis botones. Me miró fijo y, con la voz ronca, preguntó:

—¿Puedo, amor?

Yo, muerta de pena y de coraje, le di un pellizco. ¿Y ahorita qué va a andar preguntando? Al verme toda roja, soltó una risita y enterró la cara en mi cuello.

—Fue mi culpa…

Sentí su aliento caliente en la piel. Y, sin querer, fui cerrando los ojos.

Entonces—

—¡Ignacio! ¡Liliana dejó una carta y desapareció!

De pronto, retumbaron golpes en la puerta. Ignacio se quedó tieso y se enderezó de golpe.

—Amor… tú duérmete. Salgo un momento.

Yo lo miré, furiosa.

—¿En el cuartel no hay un montón de gente? ¿A fuerzas tienes que ir tú? ¿No sabes que hoy es la noche de bodas?

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