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Portada de la novela Renacer del Dolor: Mi Amargo Dulce

Renacer del Dolor: Mi Amargo Dulce

Sofía recibe una inesperada oportunidad tras morir en un incendio causado por la envidia de su prima Camila. Al despertar un año antes de la tragedia, comprende que ha viajado al pasado y decide usar sus recuerdos para salvar a sus padres. Con la traición grabada en su memoria, se propone cambiar el destino y proteger a su familia de la catástrofe. Sin embargo, una llamada crucial marca el inicio de una nueva pesadilla que pondrá a prueba su determinación.
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Capítulo 2

El olor a plástico quemado y carne chamuscada me llenaba la garganta, era un recuerdo que ni la muerte había podido borrar. Sentía el fuego recorrer mi piel, devorando cada centímetro, pero el dolor más profundo no era el de las llamas, sino el de la traición que ardía en mi pecho.

Mis párpados, pesados y medio derretidos, se abrieron con un esfuerzo sobrehumano. A través de la neblina del dolor, vi a mi prima Camila junto a mi cama de hospital. Su rostro, que antes me parecía dulce y vulnerable, ahora estaba torcido en una sonrisa de triunfo.

"Pobre Sofía", susurró, su voz era como un veneno suave. "Toda tu vida lo tuviste todo, una familia que te amaba, dinero, una casa bonita, mientras yo no tenía nada".

Se inclinó sobre mí, su aliento olía a victoria.

"Pero ahora", continuó, "todo lo tuyo será mío".

Su mano se movió hacia el monitor de soporte vital, sus dedos fríos y decididos se posaron sobre el interruptor. Vi en sus ojos la misma envidia y codicia que la llevaron a prenderle fuego a mi casa, matando a mis padres y dejándome a mí en este infierno.

"Adiós, primita".

La máquina emitió un pitido largo y agudo, y la oscuridad me tragó.

Pero en lugar del vacío, sentí la suavidad de mis sábanas de siempre, el ligero aroma a lavanda que usaba mi mamá para lavar la ropa. Abrí los ojos de golpe.

Estaba en mi habitación. Mi habitación real, intacta, sin rastro de humo ni cenizas. Me toqué la cara, los brazos, las piernas, mi piel estaba lisa y sin una sola cicatriz.

Salté de la cama y corrí hacia el espejo. La chica que me devolvió la mirada era yo, pero más joven, con la cara llena y los ojos brillantes de una inocencia que ya no sentía.

Busqué mi teléfono en la mesita de noche. La pantalla se iluminó.

La fecha me dejó sin aliento.

Era un año antes del incendio. Un día antes del día en que todo comenzó.

Había vuelto.

El destino, o quizás Dios, me había dado una segunda oportunidad. Y esta vez, no la iba a desperdiciar. Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero no eran de tristeza, sino de una rabia helada y una determinación absoluta.

Protegería a mi familia. A cualquier costo.

Justo en ese momento, el teléfono de la casa comenzó a sonar, su timbre estridente era como un eco del monitor del hospital. Mi corazón se detuvo.

Sabía quién llamaba. Sabía qué noticias traían.

Bajé las escaleras con las piernas temblando, mi madre, Elena, ya había contestado. Su rostro pasó de la somnolencia matutina a la conmoción y el horror en segundos.

"¿Qué? ¿Un incendio? ¿Pero cómo están ellos? ¡Dios mío!", exclamó, llevándose una mano a la boca.

Mi padre, Ricardo, salió de su estudio, alertado por los gritos de mi madre.

"¿Qué pasa, Elena?", preguntó con su voz siempre calmada.

Mi madre colgó el teléfono, sus ojos estaban llenos de lágrimas.

"Ricardo... la casa de mi cuñado... se quemó por completo anoche. Ellos... ellos no sobrevivieron". Hizo una pausa, su cuerpo temblaba. "Solo Camila... solo ella logró salir".

El nombre cayó como una piedra en el silencio de la sala.

Camila. La víbora que habíamos acogido en nuestro seno.

Una hora después, la trajeron a nuestra casa. Llegó acompañada de una vecina, envuelta en una manta, con el rostro cubierto de hollín y lágrimas falsas. Se veía pequeña, frágil, completamente rota. Una actuación perfecta.

Mi madre corrió a abrazarla, llorando con ella.

"Ay, mi niña, mi pobre niña. Qué tragedia tan horrible. No te preocupes, estás con nosotros, estás a salvo", le susurraba, meciéndola como si fuera una bebé.

Mi padre la miraba con una profunda compasión, con el ceño fruncido por el dolor. Yo me quedé de pie en la escalera, observando la escena con el estómago revuelto. Conocía cada uno de sus gestos, cada sollozo calculado, cada lágrima derramada para ganarse la simpatía.

Era un lobo con piel de cordero, y mis padres estaban a punto de dejarlo entrar al redil.

Después de que Camila se diera un baño y se pusiera ropa mía, mis padres me llamaron a la sala. Camila estaba sentada en el sofá, acurrucada, bebiendo un té caliente que mi madre le había preparado.

"Hija", comenzó mi padre con voz suave, "tu madre y yo hemos estado hablando. Camila se ha quedado sola en el mundo. Es nuestra familia, nuestra sangre".

Mi madre asintió, con los ojos todavía rojos.

"Creemos que lo correcto es que se quede a vivir con nosotros, Sofía. La cuidaremos como a una hija más. ¿Qué te parece?".

Me miraron, esperando una respuesta afirmativa, una sonrisa compasiva, la misma que yo les habría dado en mi vida anterior. Camila también levantó la vista, sus ojos grandes y llorosos me suplicaban en silencio.

Un torbellino de recuerdos me asaltó, el dolor de las quemaduras, la risa cruel de Camila, el pitido final de la máquina. Un frío glacial se apoderó de mí.

Respiré hondo, reuniendo toda la fuerza que me quedaba.

Los miré a los tres, uno por uno, deteniéndome en el rostro expectante de Camila.

"No".

La palabra salió de mi boca, tan fría y dura como una piedra.

"No quiero que viva aquí".

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