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Portada de la novela Renacer a Tu Lado Para Siempre

Renacer a Tu Lado Para Siempre

Tras ser diagnosticada con una enfermedad terminal, descubro que mi exnovio, Mateo Vargas, vuelve a Bogotá para casarse. Lo obligo a estar conmigo mediante un chantaje, pero solo recibo desprecio mientras su familia me destruye. Tras morir en soledad, reencarno en Ana sin memoria alguna. Sin embargo, un ataque contra Mateo reactiva mis recuerdos. Ahora debo decidir si el amor triunfará sobre la traición o si el destino nos castigará de nuevo.
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Capítulo 2

El informe médico era frío, impersonal.

Miocardiopatía chagásica en etapa terminal.

Unos pocos meses de vida.

Salí del consultorio con el papel en la mano, el mundo parecía moverse en cámara lenta. Mi teléfono vibró. Era una notificación de una revista de sociedad.

La foto mostraba a Mateo Vargas bajando de un avión privado. El titular era enorme: "El heredero de Café Vargas, Mateo Vargas, regresa a Bogotá para su boda con Isabella Montoya".

El contraste era brutal. Mi sentencia de muerte y su celebración de vida.

Esa misma noche, lo vi en una gala benéfica.

Estaba al otro lado del salón, rodeado de gente importante, con Isabella del brazo. No había cambiado nada en cinco años. El mismo cabello oscuro, la misma mandíbula tensa, la misma mirada fría que podía congelar el infierno.

Era el hombre que había amado con locura.

Era el hombre que me había destruido.

Crucé el salón, ignorando las miradas curiosas. Me paré frente a él.

"Primo".

La palabra salió con un veneno dulce. Nuestra relación era un tabú. Su padre había dejado a su madre por mi tía, convirtiéndonos en una especie de familia retorcida. Su madre murió poco después, y él siempre culpó a la mía.

La sonrisa de Mateo se borró. Isabella me miró con una curiosidad condescendiente.

"No me llames así", siseó Mateo, su voz baja y peligrosa. "Tú y yo no somos nada, Sofía. Lo dejamos claro hace mucho tiempo".

"Hay cosas que no se pueden borrar", respondí, manteniendo su mirada.

Mi atención se desvió hacia una figura frágil sentada sola en un rincón. Elena, la abuela de Mateo. Sufría de Alzheimer y parecía perdida. Me acerqué a ella instintivamente, me arrodillé a su lado y le tomé la mano.

"Elena, ¿estás bien? ¿Quieres un poco de agua?".

Ella me miró con ojos vacíos, pero apretó mi mano.

Una sombra cayó sobre nosotras. Era Mateo, su rostro era una máscara de furia.

"¡Aléjate de ella!".

Me agarró del brazo y me levantó bruscamente, alejándome de su abuela. Me arrastró a un balcón vacío, lejos de las miradas.

"No sé a qué estás jugando", dijo, su agarre en mi brazo era doloroso. "Pero mantente lejos de mi familia. Ya has hecho suficiente daño".

El dolor en mi pecho se intensificó, un recordatorio cruel de mi tiempo limitado. Pero le sostuve la mirada, con una fachada de desafío que no sentía.

"Necesito hablar contigo. A solas".

Él soltó una risa amarga y sacó un cigarrillo, un viejo hábito. Se lo llevó a los labios. Sin pensar, mi mano se movió sola, un eco de un pasado íntimo. Le ajusté la corbata, que estaba ligeramente torcida.

Él se quedó helado. Su cuerpo se tensó al instante.

Retiré la mano como si me hubiera quemado. La familiaridad del gesto nos golpeó a ambos. Me di la vuelta para ocultar el dolor en mi rostro.

"En el bar de siempre. En una hora".

Y me fui, caminando con una seguridad falsa hacia la salida, hacia el lugar donde todos esperaban ver a la frívola Sofía Rojas.

El bar estaba lleno de humo y música alta. Pedí un whisky doble.

"Sofía".

Me giré. Era Julián. Un estudiante de arte al que había patrocinado. Pobre, talentoso y con un parecido inquietante a un Mateo más joven.

"¿Qué quieres, Julián?".

Él sonrió, una sonrisa torcida y llena de resentimiento. Se había metido en problemas, deudas de drogas que yo ya no podía pagar.

"Si me pagas lo suficiente", dijo, acercándose demasiado, "puedo ser él por esta noche. Puedo hacer que te olvides del verdadero Mateo".

La náusea subió por mi garganta.

"No eres más que una copia barata", le espeté, mi voz llena de desprecio.

La rabia me consumió. Tomé mi vaso de whisky y se lo arrojé a la cara. El líquido ámbar goteó por su cabello y su ropa. El bar quedó en silencio. Saqué un fajo de billetes de mi bolso y se lo tiré al pecho.

"Para que te limpies la porquería".

Al otro lado del bar, Mateo lo había visto todo. Estaba con sus amigos, y la expresión de su rostro era de puro asco. Uno de sus amigos le susurró algo al oído, y aunque no pude oírlo, supe lo que decía.

"Esa es Sofía Rojas. Siempre haciendo un escándalo. Dicen que nunca te superó".

La mandíbula de Mateo se apretó. Sí, que lo viera. Que viera el desastre en el que me había convertido. Era todo lo que me quedaba.

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