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Portada de la novela Renacer a escapar

Renacer a escapar

Sofía despierta en una Sevilla amarga, casada con Mateo Vargas, un magnate que la humilla con sus infidelidades. Tras perder a un hijo y sus sueños artísticos en esa vida cruel, un giro del destino la transporta al pasado, justo antes de su boda. Con el conocimiento de su trágico futuro, ella decide cambiar su suerte. Ahora, buscará retomar su amor por el flamenco y la fotografía, luchando por escapar del infierno que la aguarda junto a Mateo.
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Capítulo 3

Mateo me llevó de vuelta a la "casa".

Así la llamaba él. Nunca "nuestro hogar".

Una imponente hacienda familiar en las afueras de Jerez.

Majestuosa, fría, como él.

Apenas habíamos cruzado palabra en el coche.

Él conducía, con la mandíbula tensa.

Yo miraba por la ventana, intentando asimilar el paisaje de mi nueva vida.

Cuando llegamos, él bajó del coche sin esperarme.

Entré en la enorme casa.

Mármol frío bajo mis pies. Techos altos. Silencio.

"¿Fingiste la amnesia, verdad?"

Su voz me sobresaltó.

Estaba de pie en el umbral de un gran salón, mirándome con desprecio.

"¿Crees que soy idiota, Sofía? ¿Otro de tus dramas para llamar la atención?"

Negué con la cabeza.

"No estoy fingiendo nada, Mateo. Realmente no recuerdo los últimos cinco años."

Él soltó una risa seca, sin alegría.

"Conveniente."

Se acercó a mí, su presencia era abrumadora.

"El accidente también fue muy oportuno, ¿no crees?"

"¿Qué quieres decir?"

"Quizás querías evitar algo. O a alguien."

Justo en ese momento, una figura femenina apareció detrás de él.

Isabel Montoya.

La mujer del beso.

Vestida impecablemente, con una sonrisa calculadora.

"Mateo, cariño, ¿todo bien?"

Su voz era melosa.

Me miró con falsa sorpresa.

"Oh, Sofía. Qué alegría verte recuperada."

Sentí la bilis subir por mi garganta.

"¿Qué hace ella aquí, Mateo?" pregunté, mi voz temblando ligeramente.

"En nuestra casa."

Mateo arqueó una ceja.

"Isabel es mi asistente legal. Y una amiga. Tiene todo el derecho de estar aquí."

"¿Amiga?" repetí, incrédula. "¿Una amiga que besas?"

La sonrisa de Isabel vaciló por un instante.

Mateo me agarró del brazo, con fuerza.

"No empieces con tus celos absurdos."

Me solté de su agarre.

"¿Celos? ¿O es que no recuerdas que te vi besándote con ella justo antes de mi… lapso de memoria?"

Él me miró fijamente, sus ojos oscuros e indescifrables.

"No sé de qué hablas."

Mintió. Lo supe en ese instante.

"Isabel, ¿podrías dejarnos solos un momento?" dijo Mateo, sin apartar la vista de mí.

Ella asintió, con una mirada triunfante hacia mí, y se retiró.

"¿Nuestra casa, dices?" continuó Mateo, con sarcasmo.

"¿En qué ala de la casa duermes tú, Sofía? Porque yo, desde luego, no recuerdo haber compartido habitación contigo nunca."

Sus palabras me golpearon como un latigazo.

Nunca.

Cuatro años de matrimonio.

Y dormíamos en alas separadas de la casa.

La humillación era insoportable.

Él se dio la vuelta y se fue, dejándome sola en el enorme y frío recibidor.

Me sentí pequeña, perdida.

Esta casa no era un hogar.

Era una prisión dorada.

Más tarde esa noche, mi madre llamó.

Su voz sonaba ansiosa.

"Sofía, hija, ¿cómo estás? ¿Mateo te está cuidando bien?"

Mentí.

"Sí, mamá. Todo está bien."

"Bueno, me alegro. Ya sabes, tu padre y yo estamos esperando noticias."

"¿Noticias?"

"¡Nietos, hija! Ya va siendo hora. Lleváis cuatro años casados."

Sentí una presión horrible en el pecho.

"Lo… lo estamos intentando, mamá," mentí de nuevo, la voz ahogada.

Colgué el teléfono, sintiéndome culpable y desesperada.

Intenté llamar a Mateo.

Quería hablar. Quería entender.

Pero su teléfono sonó varias veces antes de que alguien contestara.

No era él.

"¿Diga?"

La voz melosa de Isabel Montoya.

Mi sangre hirvió.

"¿Isabel? Pásame a Mateo."

Ella soltó una risita.

"Oh, lo siento, señorita Ramos. Mateo está… ocupado en este momento."

Señorita Ramos.

No señora Vargas.

"¿Puedo ayudarla en algo?" continuó, su tono cargado de insinuación.

Como si ella fuera la dueña de la situación.

Como si estuvieran juntos. Íntimos.

Colgué el teléfono con rabia.

Me senté en el borde de la cama, en mi ala solitaria de la casa.

Las lágrimas corrían por mis mejillas.

Dolor. Rabia. Impotencia.

Pero entonces, una chispa se encendió dentro de mí.

La vieja Sofía.

La luchadora.

No me iba a hundir.

Tomé mi teléfono.

Marqué un número que no sabía que recordaba.

Javier Torres.

Mi amigo de la infancia. El dueño de un pequeño tablao flamenco.

Cálido, comprensivo.

Él me entendería.

"¿Javi?"

"¿Sofi? ¡Qué sorpresa! ¿Cómo estás?"

Su voz fue un bálsamo.

"Necesito un favor, Javi. Necesito… necesito volver a ser yo."

Decidí retomar mis pasiones.

Mi fotografía. Mi moto. Mi baile.

Era hora de que el ave fénix resurgiera de sus cenizas.

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