Portada de la novela Reina deslumbrante desenmascarada: ¡nunca fue ordinaria!

Reina deslumbrante desenmascarada: ¡nunca fue ordinaria!

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Después de tres años casados, Brett pide el divorcio a Caylee para retomar su relación con una antigua novia. Ella acepta el fin de su matrimonio, paga sus deudas y abandona el hogar, revelando ante la élite que no es la mujer ordinaria que todos creían. Meses más tarde, Brett intenta recuperarla arrepentido, pero descubre que Caylee se ha vuelto a casar. Un desconocido le comunica que ella espera un hijo y es feliz, tratándolo como a un simple extraño.

Reina deslumbrante desenmascarada: ¡nunca fue ordinaria! Capítulo 1

Caylee Jenkins acababa de entrar cuando le aventaron un acuerdo de divorcio.

"Firma esto. Lo nuestro se acabó", dijo Brett, en un tono frío y cortante, con los ojos llenos de desprecio.

Esas palabras cayeron como una cachetada sobre la mujer, dejándola sin aliento. Apenas se recompuso, susurró: "¿Por qué?".

"¿En serio no lo entiendes?", inquirió su esposo. Con una carcajada casi cruel, añadió: "Solía creer que eras dulce, incluso pura. Pero mírate, eres tan malvada. Estás tan consumida por los celos que llegaste al punto de destruir la mano de Stacey. ¡¿Cómo pudiste hacer algo así?!", espetó él.

Acto seguido, cerró la distancia entre ellos con pasos firmes. Luego, la sujetó de la barbilla y, obligándola a mirarlo a los ojos, agregó: "La gente que contrataste para causar problemas en el recital ya está tras las rejas. Si no quieres acabar igual, te sugiero que seas inteligente y firmes".

Caylee abrió los labios para negar la acusación, pero una sola mirada a la expresión helada de su marido le bastó para darse cuenta de que no serviría de nada. Él no le creería ni una sola palabra.

Desde el regreso de Stacey Holden, el primer amor de su esposo, hace tres meses, se la había pasado siendo incriminada una y otra vez. Y en cada ocasión, Brett se negó a creerle.

"Está bien. Entonces nos divorciaremos, pero solo respóndeme una cosa. En estos tres años, ¿alguna vez te importé, aunque fuera una vez?", sondeó ella, en un tono tembloroso.

"Nunca".

Esa palabra, limpia y despiadada, cortó profundamente el alma de la chica, quien sintió que todo el aire escapaba de sus pulmones, mientras que un doloroso vacío se extendía por su pecho.

"Entiendo", contestó, bajando las pestañas, para ocultar la grieta en su expresión. Cuando volvió a levantar la mirada, su rostro parecía tranquilo, como si nada se hubiera roto dentro de ella. Sorpresivamente, propuso: "Hace rato surtí la despensa. Compartamos una última cena y llamémosla una comida de despedida".

Brett frunció el ceño. Estaba a punto de rechazarla, pero el enrojecimiento alrededor de los ojos de su esposa lo hizo dudar, y lo llevó a suavizar su postura.

"De acuerdo", respondió.

La concesión apenas había salido de su boca cuando su celular sonó. Al ver el nombre en la pantalla, contestó de inmediato.

"Brett, necesito verte. ¿Puedes venir a Grupo Griffiths?", dijo una voz dulce y empalagosa, en un tono lo suficientemente alto para que Caylee escuchara cada palabra.

Esta última sintió el corazón apesadumbrado al ver que su marido se derretía. Luego, lo escuchó hablar en un tono gentil, que nunca había reservado para ella.

"Por supuesto. Iré enseguida. Espérame".

Caylee perdió el brillo de sus ojos. Ahora comprendía a la perfección la línea entre ser amada y ser ignorada. Cuando su cónyuge se dio vuelta para irse, ella instintivamente lo agarró del brazo.

"Ya basta", soltó él, sin vacilar.

Caylee se quedó inmóvil, observando cómo su esposo desaparecía de su vista. Las lágrimas que había estado conteniendo por fin afloraron, cruzando su rostro. Ella se llevó una mano al pecho, como si con eso pudiera aliviar el dolor punzante en su interior.

Hacía tres años, había tenido un accidente de auto. Brett, por pura casualidad, pasaba por allí y la sacó de los fierros. Desde entonces, lo veía como su salvador.

Al mismo tiempo, a él lo presionaba su familia para que se casara, así que se acercó a Caylee y le hizo una propuesta. Ella no dudó y dijo que sí sin pensarlo dos veces.

Su relación siempre había sido cordial, casi fría. El hombre mantenía su distancia y nunca cruzaba la línea de la cercanía, pero para la chica, mantenerse a su lado era más que suficiente. O al menos lo fue hasta hace tres meses, cuando regresó Stacey.

El silencio en la sala se rompió cuando el celular de Caylee vibró bruscamente.

La joven sintió que el corazón le daba un vuelco, pues imaginó que podría ser su esposo intentando contactarla. Sin embargo, en la pantalla aparecía un número desconocido. Entonces, le llegaron varias fotos: Stacey en los brazos de Brett, sonriendo y aferrándose a él, como si nadie más perteneciera allí.

Poco después, recibió un mensaje que decía: "Brett siempre me ha amado. Deja de hacer el ridículo aferrándote a él".

Caylee apretó con más fuerza su celular. Esas imágenes se grabaron en su mente, y fueron el equivalente a cuchillas cercenando sus huesos.

No era de la clase de personas que suplicaba, así que si Brett no la amaba, no tenía ningún motivo para aferrarse a él. Con decisión, agarró una pluma y escribió su nombre en los papeles de divorcio, sin que le temblara la mano.

Justo después, encendió su laptop. Movió rápidamente sus dedos sobre el teclado, y abrió un sitio oculto. Inició sesión, hizo clic en un ícono familiar y escribió: "Quiero cada pieza de evidencia del incidente del recital donde Stacey afirmó que resultó herida".

"¡Estoy en eso!", respondió alguien, casi de inmediato. Segundos después, la misma persona añadió: "¡Jefa! ¡Por fin volviste a conectarte! Han pasado tres años. ¡Te he extrañado muchísimo! ¿Esto significa que volveremos a aceptar trabajos?".

"Sí", respondió la otra.

Antes de que llegara una avalancha de mensajes, cerró su sesión.

Caylee no se tardó mucho en empacar. De la caja fuerte, sacó una máscara única y pasó los dedos por su forma. Una vez la había sostenido en el lugar del accidente, pensando que pertenecía a Brett, atando su destino al de él.

De hecho, se había imaginado toda una vida a su lado, pero ahora veía claramente que ese hombre no la quería.

En los últimos tres años, le había pagado lo que le debía. Y ahora que su deuda estaba saldada, era momento de regresar a su antigua vida.

Dejó caer la máscara en la basura. Como había decidido dejarlo ir, tenía que deshacerse de todo: del hombre, los recuerdos, e incluso cualquier objeto que lo evocara. Todo tenía que irse.

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