
Reina de Corazones Destronada
Capítulo 2
Marco me llamó su "Reina de Corazones", pero su corazón era un reino demasiado grande y pronto tuvo que nombrar a otras reinas para gobernar los territorios recién conquistados.
Yo era la primera, la original, la que estaba a su lado cuando no era más que Marco "El Halcón" Ramírez, un capo con más ambición que hombres.
Ahora, en el salón principal de nuestra hacienda, el aire estaba cargado con el olor a tequila caro y pólvora de las celebraciones.
Marco levantó su copa, su sonrisa era amplia y deslumbrante, la misma sonrisa que una vez me prometió un imperio para los dos solos.
"¡Por Isabella 'La Madrina'!", gritó, su voz resonando sobre la música de la banda. "¡Nuestra nueva aliada y la nueva reina de la plaza del sur!".
Todos vitorearon.
Todos menos yo.
Estaba sentada en mi silla, que se sentía menos como un trono y más como una jaula.
Isabella, una mujer con ojos tan oscuros y fríos como el cañón de una pistola, se levantó y caminó hacia Marco.
Le dio un beso en los labios, un beso largo y posesivo, justo frente a mí.
La música se detuvo por un instante.
Los susurros se esparcieron por la sala como un veneno lento.
Sentí cientos de ojos sobre mí, esperando una reacción, esperando que La Leona rugiera.
Pero no lo hice.
Levanté mi propia copa, una sonrisa forzada en mis labios, y brindé por la nueva pareja.
"Salud", dije, mi voz apenas un susurro que se perdió en el ruido.
Mi mano no tembló.
Mi rostro no mostró nada.
Por dentro, sentía cómo algo se rompía, un cristal fino que se hacía añicos sin hacer ruido.
Más tarde esa noche, Isabella, con la arrogancia de una conquistadora, entró en mi ala de la hacienda.
Sus hombres empezaron a sacar mis cosas, mis vestidos, mis joyas, mis recuerdos.
"Esto es un basurero", dijo, pateando un baúl de madera que mi padre me había hecho. "Necesito espacio para mis cosas".
"Esta es mi casa", le dije, mi voz peligrosamente tranquila.
Isabella se rio, una risa aguda y desagradable.
"Era tu casa, Elena. Ahora es mía. Marco me la dio".
Me abalancé sobre ella, la furia finalmente rompiendo mi control.
Mis hombres y los suyos nos separaron al instante.
Entonces apareció Marco.
No me miró a mí.
Miró a Isabella, su rostro lleno de una falsa preocupación.
"¿Estás bien, mi amor?", le preguntó.
Luego se giró hacia mí, y sus ojos eran fríos, duros como el acero.
"Elena, ya basta. No me causes problemas".
"Ella está invadiendo mi espacio, Marco. ¡Esta es mi casa!", grité, la desesperación filtrándose en mi voz.
"La casa es mía", dijo él, cada palabra un golpe. "Y yo decido quién vive en ella. Isabella se queda aquí. Tú te irás a la casa de huéspedes. Y no quiero oír una palabra más".
Me quedé helada.
Me despojó de mi hogar, de mi estatus, de mi dignidad, todo con unas pocas palabras frías.
Me ordenó que me fuera.
Sus hombres me escoltaron fuera de mi propia casa, pasando junto a Isabella, que sonreía con suficiencia.
Esa noche, en la solitaria casa de huéspedes, miré por la ventana hacia la fiesta que continuaba en la casa principal.
Recordé el día de nuestra boda.
Él me había puesto un collar de diamantes.
"Para mi única reina", me susurró al oído. "Mi Leona. Juntos conquistaremos el mundo".
Ahora entendía.
En su mundo, las reinas eran reemplazables.
Y yo acababa de ser destronada.
El amor que sentía por él no murió esa noche, fue asesinado.
Y en su tumba, algo nuevo y terrible comenzó a crecer.
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