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Capítulo 3
El olor del café recién hecho llenaba el pequeño departamento, un aroma que antes me traía consuelo y que ahora me revolvía el estómago. Mateo tarareaba en la cocina, ajeno al cataclismo que acababa de ocurrir en mi cabeza, para él, era una mañana normal de sábado, para mí, era el primer día del resto de una vida que ya había vivido y que había terminado en tragedia.
"Te preparé el desayuno, dormilona", dijo, entrando en la habitación con una bandeja.
Sobre ella había jugo de naranja, huevos revueltos y un plato con mis pastelillos favoritos, los que él siempre me compraba en la panadería de la esquina. La visión de esos dulces, los mismos que había dejado de comer después de su "muerte" porque el sabor se me hacía a cenizas en la boca, me provocó una náusea repentina.
"No tengo hambre", dije, mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.
Mateo frunció el ceño, su expresión era de genuina preocupación. "¿Te sientes mal? Estabas muy pálida cuando despertaste".
Era el Mateo que yo recordaba de esa época: atento, cariñoso, el hombre del que me había enamorado perdidamente. Pero en mi mente se superponía la imagen del hombre de cuarenta y cuatro años, muriendo bajo una viga, confesando que su vida conmigo había sido un error. ¿Cómo podía reconciliar a los dos? ¿Era este joven inocente ya el traidor que llegaría a ser?
"Solo es un dolor de cabeza", mentí, apartando la bandeja. "Creo que necesito un poco de aire".
Me levanté de la cama, mis piernas temblaban ligeramente, me sentía como una extraña en mi propio cuerpo, en mi propia vida. Fui al baño y me miré en el espejo, era yo, con veintitrés años, sin arrugas, con los ojos brillantes, pero por dentro me sentía de cuarenta y tres, cansada y rota.
Intenté confrontarlo, decirle todo, gritarle que sabía lo que haría en el futuro, que sabía de Clara, del culto, de su muerte fingida, pero las palabras se negaron a salir. ¿Cómo podría creerlo? Me tomaría por loca, me encerraría, y yo necesitaba estar lúcida, necesitaba entender por qué el destino me había dado esta segunda, y retorcida, oportunidad.
Esa tarde, teníamos una reunión con amigos en casa de Ricardo, su mejor amigo, y cómplice de sus futuros engaños. Estar en esa sala, rodeada de las mismas caras, escuchando las mismas conversaciones, era surrealista. Yo sonreía y asentía en los momentos adecuados, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, analizando cada gesto de Mateo, cada palabra.
De repente, sus ojos se fijaron en algo o alguien al otro lado de la sala. Su sonrisa se tensó, una extraña mezcla de sorpresa y algo más, algo que no pude descifrar.
"Ahora vuelvo", le dijo a Ricardo, "necesito... tomar un poco de aire".
Usó la misma excusa que yo había usado por la mañana, la coincidencia me erizó la piel. Lo vi caminar hacia la terraza, y mis ojos siguieron su trayectoria, se detuvo frente a una mujer que no reconocí de inmediato, pero cuando se giró ligeramente, mi corazón se congeló. Era Clara, mucho más joven, pero inconfundible. Estaba allí, en nuestra vida, desde el principio.
Mi sospecha inicial, que su traición había comenzado años después, se hizo añicos. Siempre había estado ahí, esperando en las sombras. Me levanté, mis manos temblaban.
"Voy al baño", anuncié a nadie en particular.
Necesitaba saber, necesitaba ver, necesitaba confirmar la amarga verdad que se abría paso en mi interior.
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