Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

9.3 / 10.0
Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.

Una esposa para mi hermano Capítulo 1

Capítulo 1

La llegada

Más una partida de Solitario terminada. Creo que hacía ya más de 5 años desde que jugué la última partida de este juego. Pero tantas horas dentro de un avión aburría. El vuelo de Milano a Boston era exactamente once horas y cuarenta y cinco minutos. He tenido la suerte de viajar en un chárter directo, lo que me ahorraba un día entero. Sin embargo, es la primera vez que hago un viaje tan largo e intercontinental. Después de haber visto la película de Wonder Woman una vez y Batman otra, ya no sabía qué hacer en el avión. Así que abrí el único juego del ordenador que podía jugar desconectada.

Dormir también se me hacía una utopía, quizás porque mis nervios no me dejaban en paz. Mis niveles de ansiedad estaban rozando los picos más altos, después del Everest. Aquí comenzaba mi nueva jornada de vida. Quien diría que, a los 24 años, recién salida de la universidad iba a tener la posibilidad de hacer prácticas en uno de los mayores periódicos de esta ciudad americana. El Boston Enterprise Journal era la mayor oportunidad de mi vida. Y yo había sido escogida para unas prácticas de 6 meses que me abrirían las puertas para el mundo del periodismo de una forma insuperable. Estaba entusiasmada y nerviosa a la vez. Si por un lado era mucha responsabilidad, por otro lado, era mi inauguración a la libertad y la independencia.

Era la primera vez que salía de casa de mis padres y aventuraba sola en una gran ciudad, apartada de todo lo que conocía. Y mientras me perdía en esos pensamientos, gané el juego de cartas una vez más. Empecé nueva partida.

Tras variadas posiciones y un dolor de culo insoportable, el avión, por fin, aterrizaba en el aeropuerto internacional Logan de Boston, en pleno estado de Massachusetts en los Estados Unidos. Era enorme. Lo de Milano era grande, pero este era mucho mayor. A paso de caracola y pasando un sinfín de controles internacionales, llego a donde tengo que recoger las maletas. ¡Aleluya!, pensé al ver mis dos pedazos de "almacenamientodeunavida" en la cinta. Difícil no hacerlo, porque aparte de que eran rosa chillón, tenían miles de pegatinas de Italia, pañuelos en el mango que mi madre insistió que llevase para les dar un toque personalizado y muy a la moda italiana.

Corro para alcanzarlas, pero cuando logro sujetar una de las asas de la enorme pieza, me ha escapado de la mano y empezó a viajar, de nuevo, en aquella loca cinta que daba vueltas a la velocidad de la luz. ¿Sería posible? Nunca entendí porque las cintas de los aeropuertos ruedan tan rápido. Coger maletas es casi un deporte para los viajeros frecuentes. Te da adrenalina, sudas y corres. Lo más parecido con una actividad física.

Voy pidiendo permiso en mi tan logrado inglés, que por suerte era decente el suficiente para no hacer figura de idiota. Bastante ya sería la estúpida imagen que estaría dando ahora mismo, esquivando gente mientras miraba mis cosas con ojos depredadores.

Dos vueltas de tuerca después y, casi soy la única esperando de que, en algún momento posible de mi vida, esas maletas puedan salir de la maldita cinta del infierno. Empeño todas mis energías en una última tentativa y cuando consigo volver a coger una de las maletas, tiro con toda mi fuerza para tras, indo en contradirección de la corriente que se lleva mis pertenencias. De pronto, siento unas enormes manos tocaren las mías y con el choque y la sorpresa largo mi objetivo y miro hace arriba, para ir de encuentro al rostro más increíble que he visto en toda mi vida. El chico guapísimo al que le corresponde aquellas manos capta mi maleta en menos de nada y logra depositarla a mis pies.

—¿Tienes alguna maleta más para recoger? —preguntó mirando para la cinta y después para mí. Entre la vergüenza y mi rostro abismado con aquel ser a mi lado, mi voz se quedó entallada entre las paredes de la garganta y solo pude asentir con la cabeza.

—¿Cuál? —volvió a preguntar él.

—Ah... ah... —Tartamudeaba como si nunca hubiera hablado inglés en mi vida —, sí... tengo. La rosa. La de color rosa. Fucsia. —Hice una mueca con la boca en tono de disculpa, como si me sintiese culpada por llevar unas maletas tan ridículamente espantosas y chillonas.

Él sonrió. En pocos segundos avistó la otra pieza y la sacó también, como se pesase dos gramos. Al hacerlo pude ver la tensión de los músculos sobre su camisa arremangada y sin corbata. Era grande. Musculoso y torneado. Y yo estaba salivando en pleno aeropuerto ante su perfil.

—¡Mu... muchas gracias! No hacía falta. Quiero decir, sí, hacía, pero... bueno... ¡gracias! —cerré la boca antes de que saliera más idiotez.

—De nada —él sonrió enseñando los piñones y pensé que me derretía allí mismo. Unos dientes perfectos, reluciendo como un anuncio de Colgate. Tendría que ser dentista. Solo los dentistas tenían bocas así. Comestibles.

Le devolví la sonrisa mientras cogía torpemente mis maletas y empezaba a dar uso a las rueditas que tenían, para salir del aeropuerto pitando. Ya imaginaba llegar al periódico, en el día siguiente, y encontrar un artículo en la sección de chismoteo: "Chica imbécil intenta coger unas maletas en aeropuerto, sin éxito, hasta ser salva por el magnate del imperio dentista".

Mi cabeza viaja en la mayonesa, mientras andaba con pasos largos para la zona de nada a declarar.

Él chico había quedado para tras. En un momento consiguió alcanzar mis pisadas y se colocó a mi lado, cargando relajadamente una pequeña maleta de mano, de esas que se lleva para pasar dos días en algún sitio. Habría ido a alguna conferencia dental.

—Me llamo Joshua. He visto por tu pronunciación que eres extranjera. Si necesitas algo por acá, tienes aquí un contacto. Boston puede ser una ciudad muy exuberante —hablaba tranquilamente y su vocecita era tan atractiva que yo seguía mirando adelante, arrastrando aquellos dos icebergs que había traído con mis cosas.

—Encantada y gracias por tu gentileza. Yo soy Chiara —me sentí en la obligación de devolver su simpatía, pero estaba totalmente avergonzada.

Él se mantuvo en silencio, andando a mi lado y pensé que se había quedado un silencio raro. Por eso, hablé para tapar mi nerviosismo.

—Soy italiana. Acabo de llegar para incorporarme a trabajar en una empresa de aquí. —No quería dar muchos detalles, al final no lo conocía.

—Hum... me sonaba a italiano o español... Me encanta Italia. Tengo una que otra sucursal allí. He estado en Roma hace un mes.

—Ahhh... —dije, abriendo bastante los ojos y meneando la cabeza, interesada en su información—. Muy bonita Roma. Yo es que soy de Milano. Un poquito diferente.

—Oh, sí. Los milaneses —erguí una ceja. Qué modo raro de llamar a su gente—. Tan bellos cuanto engreídos y fútiles.

Me quedé perpleja con su observación. Estaba siendo tan educado que no esperaba aquel insulto despectivo a sus paisanos. Sabía que mucha gente tenía ideas prejuiciosas con las personas de otras nacionalidades, pero no esperaba escuchar algo así a los diez minutos de pisar un territorio; con poco más de 500 años y constituido por extranjeros. Me remetí al silencio. Cuando alcanzamos la puerta de la salida, él me paró, sujetándome por el hombro.

—Quédate con mi número de teléfono, por si necesitas algo. Como te dije, es una ciudad grande. Puede ser muy abrumadora. Sé lo que es sentirse alejado de casa, especialmente en estas fechas, así que no dudes en llamarme si necesitas lo que sea —volvía a ser el chico con la voz suave y sensual de antes—. Apunta mi número en tu móvil.

—Tal vez no haga falta, pero gracias por la oferta —dije, disculpándome. Me resultaba un poco atrevido de su parte ofrecerme un contacto, porque no nos conocíamos y además había acabado de sacar presunciones estúpidas sobre mi tierra.

—Insisto —colocó la mano en la parte delantera de su maleta y sacó un boli del pequeño compartimento. Cogió mi mano de forma inesperada, haciéndome sostener el aire en mis pulmones por la sorpresa de su contacto. Levantó un poco la camiseta de mi brazo para que mi pulso quedara libre y desnudo. Y escribió en el interior de mi muñeca—. Aquí lo tienes. Felices fiestas, Chiara.

Me guiñó un ojo y se fue. Me quedé inmueble en el medio del pasillo, donde maletas pasaban a mi alrededor en un ajetreo de viajeros, por todas las direcciones. Miré mi brazo. En color azul decía: "DJoshN.5189912.FNMG"

¿Qué coño significaba DJoshN o FNMG? Sería su trabajo, su barrio. Ni idea. Otro momento lo verificaría. Cuando estaba esperando el taxi en las llegadas, avisté, a poca distancia, un coche enorme, elegante y negro, parar en segunda fila. Fue el momento en el que vi Joshua acercarse al coche y de dentro salir una chica rubia despampanante que más parecía ser una modelo de Victoria Secret. Rodeó el coche y cuando se encontró delante de él lo abrazó para darle un beso en el rostro que, fue devuelto. Sus sonrisas cómplices dejaban a la vista perfectamente de que serían pareja o algo así.

¡Qué idiota! Pensé sobre lo que acababa de pasar y llegué a la conclusión de que, al final, los engreídos, atrevidos y mujeriegos no eran los italianos. Eran todos los hombres del mundo. Podría ser guapo y todo lo demás, pero había estado tonteando con ella, mientras su mujer esperaba afuera. Hice una cara de asco. Quité el pensamiento del asunto cuando llegó mi turno al taxi.

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