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Portada de la novela Refugio en sus brazos

Refugio en sus brazos

Emma vive en la indigencia, enfrentando sola un embarazo y el olvido de la sociedad. Su realidad da un giro drástico cuando Helena Laurent, una influyente y gélida magnate, decide rescatarla de las calles. A pesar de los prejuicios de Emma hacia la riqueza de su benefactora, Helena desarrolla un vínculo protector profundo. Entre confidencias y una química inesperada, ambas iniciarán un romance que desafiará sus realidades y sanará sus heridas.
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Capítulo 3

Emma despertó con una sensación extraña en el pecho. Durante un instante, creyó que todo había sido un sueño. Pero cuando abrió los ojos y vio el techo alto, la enorme ventana con vista a la ciudad y la cama demasiado cómoda bajo su cuerpo, recordó dónde estaba.

En el ático de Helena Laurent.

Se incorporó lentamente, frotándose el rostro. Había dormido mejor de lo que recordaba en mucho tiempo, pero la sensación de estar fuera de lugar persistía.

Se obligó a levantarse. Sus pies descalzos tocaron la alfombra suave, y por un segundo se quedó inmóvil, disfrutando la sensación. No podía permitirse acostumbrarse a esto. No era su vida.

Pero por ahora... podía aprovecharlo un poco más.

Cuando abrió la puerta, un aroma delicioso la golpeó. Café, pan recién horneado, algo caliente en la cocina. Su estómago rugió de inmediato.

Siguió el olor hasta la enorme cocina abierta, donde encontró a Helena de pie junto a la cafetera, vestida con ropa deportiva, con el cabello recogido en una coleta alta. Emma nunca la había visto fuera de su imagen impecable de CEO, y por un segundo, le pareció... casi normal.

Casi.

-Buenos días -dijo Helena sin mirarla, sirviéndose café.

-¿Hiciste desayuno? -preguntó Emma con incredulidad.

Helena arqueó una ceja.

-No soy tan considerada. Mi ama de llaves pasó temprano.

Emma miró la mesa, donde había pan, frutas, café y huevos revueltos servidos en platos de porcelana.

-¿Siempre comes así?

-No. -Helena tomó un sorbo de café-. Usualmente tomo café y continúo con mi día.

Emma se sentó frente a la mesa y tomó un trozo de pan con desconfianza. No podía recordar la última vez que había desayunado algo caliente.

Helena la observó mientras ella comía.

-¿Cuánto tiempo llevas en la calle?

Emma dejó de masticar por un segundo.

-Demasiado.

-¿Tu familia?

Emma bajó la vista al plato.

-No tengo.

Helena no presionó, pero Emma sintió la intensidad de su mirada.

-¿Y el padre del bebé?

Emma dejó el tenedor con más fuerza de la que pretendía.

-No existe.

Helena inclinó levemente la cabeza.

-Siempre hay un padre.

-No para mí.

El tono en la voz de Emma fue suficiente para que Helena entendiera que no debía seguir con el tema.

Pasaron unos minutos en silencio. Emma terminó su desayuno mientras Helena revisaba algo en su teléfono. La paz solo duró hasta que el sonido de un timbre resonó en el departamento.

-Espero que no te molesten las visitas sorpresa -murmuró Helena mientras se levantaba para abrir la puerta.

Emma la observó con curiosidad.

¿Quién demonios visitaría a Helena Laurent sin anunciarse?

Cuando la puerta se abrió, una mujer alta y elegante entró sin esperar invitación. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado, y su traje beige le daba un aire de sofisticación.

-¿Helena, de verdad? -dijo con un tono de exasperación-. He estado intentando comunicarme contigo. ¿Por qué no respondes mis llamadas?

-Porque no me interesa lo que tengas que decir, Olivia -respondió Helena con indiferencia.

Emma sintió un escalofrío.

La mujer que acababa de entrar la miró por primera vez, evaluándola de arriba abajo con una expresión mezcla de sorpresa y juicio.

-¿Y quién es ella? -preguntó con evidente desagrado.

Emma sintió el impulso de levantarse y marcharse, pero se obligó a quedarse en su lugar.

Helena suspiró.

-No es tu asunto.

Olivia soltó una risa seca.

-Todo lo que haces es mi asunto. ¿O ya olvidaste que todavía tengo acciones en tu empresa?

Emma sintió que el aire en la habitación se cargaba de tensión.

¿Esa mujer era socia de Helena?

-Si viniste a hablar de negocios, hazlo en mi oficina -dijo Helena con frialdad-. No en mi casa.

-Es curioso que me hables de límites cuando tienes... -Olivia hizo un gesto en dirección a Emma-...invitadas inesperadas.

Emma sintió la incomodidad arder en su pecho.

-Estoy justo aquí -dijo con una sonrisa tensa-. No tienes que hablar de mí como si no existiera.

Olivia arqueó una ceja, visiblemente sorprendida por la respuesta.

-Interesante. No pensé que fueras del tipo que recoge causas perdidas, Helena.

Helena se cruzó de brazos.

-Y yo no pensé que fueras del tipo que hace visitas sorpresa solo para incordiar. ¿Para qué viniste?

Olivia miró a Emma una vez más antes de volver su atención a Helena.

-Necesito que reconsideres el trato con los inversionistas franceses.

-No.

-Helena...

-No -repitió Helena con firmeza-. Si eso es todo, puedes irte.

Emma contuvo la respiración cuando vio la expresión de Olivia endurecerse.

-Siempre haces lo que quieres, ¿verdad?

-Siempre.

Por un momento, pareció que Olivia iba a decir algo más, pero se limitó a sonreír con frialdad.

-No puedes encerrarte en tu mundo para siempre, Helena. Algún día, alguien te hará caer.

Emma sintió un escalofrío.

Helena ni siquiera pestañeó.

-Ya veremos.

Olivia se giró sobre sus tacones y salió sin decir una palabra más.

Emma soltó el aire que había estado conteniendo.

-Vaya -murmuró-. Fue intenso.

Helena tomó su taza de café como si nada hubiera ocurrido.

-Así es el mundo en el que vivo.

Emma la observó con atención.

-Y dime, ¿alguna vez te has cansado de vivir en él?

Por primera vez, Helena no respondió de inmediato.

Emma no supo si fue un truco de la luz o si vio la más mínima sombra de duda en sus ojos.

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