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Portada de la novela RECUPERÁNDOLOS

RECUPERÁNDOLOS

Siete años después de perderlo todo y rendirse, Alicia regresa con el firme propósito de reconstruir su destino. Aunque pensaba que su pasado estaba vacío, la vida le presenta una oportunidad única para recuperar aquello que le arrebataron. Lo que antes parecía un sueño inalcanzable ahora está ante sus ojos, pero el camino no será sencillo. Para reclamar la existencia que le pertenece, deberá luchar con una valentía que jamás imaginó poseer.
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Capítulo 2

Llegué a una ciudad que había dejado siete años atrás, volví sin ninguna esperanza de recuperar nada de todo lo que había perdido, regresé con solo el deseo de poder ser feliz con lo que ahora tenía, con lo que en todo mi tiempo lejos de ese lugar había logrado obtener.

Entré a una casa que no había pisado en más de siete años, una casa que odiaba, pero que no dejaría, porque realmente la necesitaba. ¿Y cómo podría no odiarla?, si esa casa era la prueba de que, lo que siempre amé no me pertenecía más, ni tampoco me pertenecería de nuevo.

De pie, en la sala, solo observando tantos sueños y planes atrapados en esas paredes, tantos sueños y planes que sacudiría y, con el dolor de mi alma, enviaría a la basura; me estremecí completamente y lloré en silencio por enfrentarme de nuevo a lo que pensé no me enfrentaría nunca más.

Tenía rato atrapada en mis memorias, recordando al hombre que soñó a mi lado con un final feliz, cuando una voz, que creía haber olvidado, pronunció mi nombre, sacudiéndome de nuevo.

Me maldije internamente por haber pensado en Fabián, pues, como si lo hubiese invocado, él apareció frente a mí, haciendo lo que yo siempre amé que hiciera: decir mi nombre; pero, esta vez, haciéndome rabiar.

¿Y cómo podría no enojarme? Si ahora, no, ahora no, desde hacía mucho tiempo yo odiaba a ese hombre con todas las fuerzas de mi ser.

Sí, lo odiaba, no podría hacer otra cosa cuando, por su maldita traición, yo había perdido todo lo que tenía en la vida: mi familia, mi hogar y hasta las ganas de vivir.

—¿Alicia? ¿Qué haces aquí? —preguntó Fabián mientras me miraba como si a un fantasma viera.

—Esta es mi casa —respondí, con la esperanza de no tener que decirle nada más, porque yo no quería hablar con él; pero supongo que las preguntas eran inevitables.

—No —señaló él, evidentemente contrariado—, esta es la casa de mis padres.

—No, Fabián —refuté, fingiendo que no se me quemaban las entrañas con la ira que estaba sintiendo por su repentina aparición—. Esta es mi casa. Es la compensación que me dieron tus padres por permitirles arrancarme lo que yo más amaba en la vida.

—¿Te refieres a mí? —preguntó él y me reí en su cara.

¿Y cómo no podía hacerlo, si, después de todo lo que él había hecho y todo por lo que yo había pasado, él se proclamaba lo que yo más amaba en la vida? Sobre todo justo en ese momento, cuando yo no podía odiarlo más.

—Claro que no —bufé con molestia—. Tú no fuiste arrebatado de mi lado, tú te largaste por tu cuenta y me abandonaste a mi suerte. Pero, ¿sabes? Viendo el vaso medio lleno, perderte fue bastante benéfico, pues ahora tengo una carrera, y también una hermosa casa.

—¿Me cambiaste por dinero? —preguntó indignado el que una vez fue el hombre de mis sueños, y que hoy me provocaría pesadillas.

Sonreí con sorna, terminando en volver a estar furiosa.

—¡Eso lo hiciste tú! —grité al punto del llanto por tanta ira carcomiéndome, terminando en respirar profundo para no matarlo en ese preciso instante—. Pero ya no importa. Lárgate, Fabián, no quiero verte ni tenerte cerca.

—Ali, yo iba a volver —dijo de pronto Fabián, intentando alcanzar mi mano que escondí detrás de mi cuerpo para que no me atrapara. Fabián me miró dolido y se rindió de tocarme—. Después de estudiar regresaría a darte el futuro que te merecías.

—Lárgate —exigí entre dientes, sin permitir que hablara más, pues yo no quería escucharlo—, dije que no me importas ya.

—Al menos explícame qué pasó —pidió él, consternado y ansioso—, dime dónde estabas, ¿por qué te fuiste? No entiendo nada, Alicia. Cuando regresé, tú ya no estabas, y tu abuelo dijo que no sabía nada de ti. Ali, no quise creerles a mis padres que me cambiaste por dinero, nosotros nos amábamos de verdad...

—¡No, Fabián! —interrumpí en un grito—. Nosotros no nos amábamos, tú no me amabas.

—Yo siempre te amé —aseguró él y volví a reír antes de derramar un par de lágrimas que no pude contener—. Aún te amo, Ali.

—Mentiroso —farfullé molesta, limpiando ese par de lágrimas que escaparon de mí—. Si me hubieras amado no me habrías dejado a mi suerte. Me dejaste sola, Fabián.

El reclamo que hacía, al hombre que estaba odiando con toda mi vida, estaba cargado con más que rabia, también tenía todo mi dolor y mi resentimiento hacia él.

» Tuve que pelear yo sola contra el mundo para defender nuestro estúpido amor. Pero no pude hacerlo, no podía pelear sola —dije y mi garganta cedió al llanto, entonces debí garraspar y respirar profundo para poder concluir mi alegato—. Pero eso dejó de importarme cuando me di cuenta de quién eras tú y de cómo jugaste conmigo.

—Ali, escúchame —pidió Fabián, intentando llegar de nuevo a mí, pero retrocedí, no sabía si para protegerlo de mí o para protegerme de él, porque él me lastimaba aún.

—No, Fabián —volví a negar—. Y deja de decirme Ali, es más, no me hables.

—Ali...

—Lárgate Fabián... y dile a todo el mundo que esta casa ya no está sola, que no vuelvan por aquí —pedí levantando un pedazo de pizza que, de haber quedado ocho años atrás, no estaría en el estado en que estaba.

—No tienes que estar enojada —aseguró él y entonces sí que me reí con ganas—, tú fuiste quien me dejó, tú eres quien desapareció sin decir nada. Alicia, por lo menos explícame qué pasó antes de echarme.

—Yo no tengo que darte ninguna explicación —aseguré—. Si quieres explicaciones pídeselas a tus padres. Pregúntales a ellos la razón de que te odie como te odio. Aunque fuiste tú quien me traicionó, seguro lo sabes bien.

—Ali...

—¡Que no, Fabián! ¡Que te largues! —grité empujándolo fuera de mi casa, pretendiendo sacarlo de mi vida y de mi estúpido corazón, que había temblado emocionado mientras lo veía y lo escuchaba tan de cerca.

Ignoré sus gritos llamándome y sus golpes en la puerta, pues yo tenía mucho qué limpiar y demasiado dolor que desahogar. Ese hombre, que tanto amé y que tanto odiaba, me dolía demasiado.

Fabián se fue y yo me quedé recargada a la puerta, llorando tanto como mi dolor pedía. Lloré hasta que me cansé, y entonces me levanté a limpiar esa casa que guardaba tanta suciedad como ocho años de soledad le habían dejado.

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