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Portada de la novela Rechazó ser la villana de este cuento.

Rechazó ser la villana de este cuento.

Después de morir, Ana reencarna en Valeria Delacroix, la villana de una novela condenada al fracaso. Para evitar su trágico final, finge amnesia y rompe su compromiso con el príncipe Diego, buscando una vida tranquila lejos de la envidia. No obstante, su libertad se ve amenazada por las intrigas políticas de la corte y una vigilancia implacable. En este entorno hostil, Valeria debe actuar con cautela para no caer de nuevo en el oscuro destino que intenta cambiar.
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Capítulo 1

Capítulo 1

(Narrador omnisciente)

En un día primaveral teñido de promesas, Ana, una joven de origen humilde, camarera incansable en un café de barrio, terminaba su doble turno. Sus pasos cansados resonaban con la urgencia de cubrir el alquiler, una sombra constante en su vida. Absorta en sus cálculos, cruzó la calle sin registrar el rugido del tráfico. Un instante después, el bramido de una bocina y el chirrido estridente de neumáticos rasgaron el aire, pero ya era demasiado tarde. Sintió el golpe brutal, la oscuridad que se cernía sobre ella como una manta helada.

Lo último que percibió fue la frialdad implacable del asfalto bajo su cuerpo. En su mente, un último pensamiento, un anhelo desesperado: encontrar el amor de una familia, un hogar cálido, en la otra vida.

Con este deseo como faro, Ana abandonó su existencia, ignorante del destino insólito que le aguardaba.

En una estancia suntuosa, donde el lujo era un lenguaje silencioso, una joven de belleza etérea, con cabellos del color de la luna, dormía plácidamente entre sábanas de seda pura. El aroma de las rosas y la lavanda flotaba en el aire, creando una atmósfera de ensueño.

Al despertar, la joven sintió una diferencia sutil, pero innegable. Su lecho era más confortable, más mullido que cualquier cama que hubiera conocido. Una sensación extraña, casi irreal, la invadió.

En ese instante, una muchacha de su misma edad, con rostro amable y ojos vivaces, entró en la habitación. Era Clara, la doncella personal de Valeria Delacroix, la heredera del duque Maximiliano Delacroix, el hombre más temido del Imperio de la Rosa. Su nombre resonaba con poder y peligro.

Clara llevaba una fuente de porcelana con agua fresca, destinada a aliviar la fiebre de su señorita. La noche anterior, durante una visita al palacio, Valeria había caído al lago en circunstancias misteriosas. Un accidente, según decían, pero las sombras susurraban otras verdades.

De no ser por la oportuna presencia del segundo príncipe, Damián, quien casualmente pasaba por los alrededores, el incidente podría haber terminado en tragedia. Un héroe fortuito, o quizás, un jugador más en el tablero del destino.

Al acercarse a su señorita, Clara notó un ligero movimiento, un indicio de que despertaba. Con voz suave, casi un susurro, le dirigió la palabra:

-¿Señorita? ¿Cómo se siente? ¿Puede oírme?

La joven, aún atrapada en las brumas del sueño, murmuró:

-Cinco minutos más... Es muy temprano...

Tras pronunciar estas palabras, sus ojos se abrieron de golpe, la conciencia golpeándola como una ola. Ana vivía sola, en un pequeño apartamento lleno de sueños rotos y facturas impagas. No reconocía la voz, ni la habitación, ni el lujo que la rodeaba.

Se incorporó de un salto, el pánico atenazándole el corazón. Aturdida, lanzó una serie de preguntas, cada una más desesperada que la anterior:

-¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? ¡Esta no es mi casa!

La joven, abrumada por la avalancha de interrogantes, titubeó antes de responder. Sus ojos reflejaban confusión y temor.

-Tranquilícese, señorita Delacroix. Soy Clara, su doncella personal. Nos encontramos en el Ducado Delacroix. ¿Se encuentra bien? ¿Desea que llame a un médico? Tal vez se golpeó la cabeza al caer al lago, lo que explicaría su desorientación.

Ana se quedó sin aliento al oír las palabras "Ducado Delacroix". Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Era el mismo nombre, el mismo lugar maldito, del hogar de la antagonista de su novela predilecta: "Un amor para siempre". La ironía la golpeó como un latigazo. ¿Acaso el destino se burlaba de ella?

En su mente, las escenas del libro se proyectaron con una nitidez dolorosa. Rosalía, la joven humilde e ingenua, hija de un barón arruinado, robándole el corazón al príncipe Diego en su propia fiesta de mayoría de edad. Un flechazo instantáneo, un amor prohibido que desafiaba las convenciones y las alianzas políticas.

El compromiso entre Diego y Valeria había sido sellado antes de nacer, un pacto entre el emperador y el duque Delacroix, dos hombres poderosos unidos por la ambición y la amistad. Pero Diego, rebelde e inconformista, nunca aceptó su destino. Consideraba a Valeria una figura decorativa, una marioneta aburrida e irritante, mimada y consentida por sus padres.

Rosalía, en cambio, era un torbellino de frescura y autenticidad. Su espíritu indomable y su belleza natural cautivaron al príncipe desde el primer instante, encendiendo una llama que Valeria jamás pudo avivar.

La envidia y el resentimiento carcomieron el alma de Valeria. Durante años, había intentado complacer a su prometido, sacrificando su propia identidad en el altar de la obligación. Pero todos sus esfuerzos se desmoronaron con la llegada de Rosalía, la intrusa que amenazaba su futuro y su posición.

Cegada por la envidia, Valeria intentó repetidas veces herir y humillar a Rosalía, pero el príncipe Diego parecía leer sus intenciones como si fueran un libro abierto. Siempre llegaba a tiempo, frustrando sus planes con una precisión exasperante. ¿Acaso poseía algún don sobrenatural? ¿O era simplemente que ella era una pésima villana?

Finalmente, Diego, harto del drama y las intrigas, rompió el compromiso sin una pizca de remordimiento. Una semana después, anunció su inminente matrimonio con Rosalía, sellando el destino de Valeria con un decreto real.

Incapaz de aceptar su derrota, consumida por la humillación y el resentimiento, Valeria tramó un plan desesperado: eliminar a Rosalía de la ecuación para siempre. Intentó envenenarla, pero su torpeza la delató. Fue descubierta y apresada por los soldados reales, su rostro pálido y demacrado reflejando la locura que la consumía.

Presentada ante el emperador, el hombre que la había visto crecer, Valeria fue recibida con una mirada gélida, desprovista de cualquier rastro de afecto. No podía creer que la niña que había correteado por los jardines del palacio fuera capaz de semejante atrocidad.

Durante el juicio, Valeria fue acusada de intento de asesinato y otros crímenes imperdonables. Debido a la larga amistad entre el emperador y el duque Delacroix, se dictó una sentencia indulgente: el exilio perpetuo del imperio. Una medida que no satisfizo al príncipe Diego, pero que se justificó para mantener la alianza militar con el poderoso ducado.

Tras el exilio de Valeria, Diego y Rosalía contrajeron matrimonio, celebrando su amor en una ceremonia fastuosa. Vivieron felices para siempre, ajenos al sufrimiento de la mujer que había intentado destruirlos. Valeria, por su parte, incapaz de soportar la soledad y el peso de sus errores, se quitó la vida un año después de su destierro, poniendo fin a una existencia marcada por la obsesión y la tragedia.

(POV Valeria)

Nunca entendí a la antagonista. Su obsesión la consumió por completo, impidiéndole ver la belleza del mundo que la rodeaba. Padres amorosos, un ducado próspero, personas que se preocupaban genuinamente por ella... ¿Cómo pudo desperdiciar semejante fortuna en una venganza estéril?

Yo, en cambio, soy huérfana. He estado sola toda mi vida, luchando por cada centavo, trabajando sin descanso para ganarme el sustento. No conozco el amor incondicional, ni la seguridad de un hogar. Mi mundo siempre ha sido frío y despiadado.

Ahora, aquí estoy, atrapada en el cuerpo de la villana de una novela romántica barata. No sé cómo sucedió, ni por qué me tocó esta extraña suerte. Pero una cosa es segura: no repetiré los errores de la otra Valeria. No permitiré que la envidia y el resentimiento me consuman.

Cambiaré mi destino. Reescribiré mi historia. Encontraré la felicidad en esta nueva oportunidad, aunque tenga que desafiar al universo entero para conseguirlo.

Pero antes, debo superar el primer obstáculo: convencerlos a todos de que soy Valeria Delacroix, la heredera del ducado, y no una impostora. Una tarea titánica, considerando que no tengo ni idea de cómo actuar como una aristócrata mimada y consentida.

Y, sobre todo... ¿Cómo demonios voy a romper este compromiso? Siendo la villana, cada uno de mis movimientos será analizado con lupa. Cualquier intento de sabotaje será interpretado como una confirmación de mi maldad inherente. ¡Esto será mucho más difícil de lo que imaginaba!

Un suspiro escapó de mis labios. El camino que tenía por delante era empinado y lleno de peligros. Pero no me rendiría. No podía permitirme fracasar. Mi supervivencia dependía de ello.

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