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Portada de la novela Proyecto criminales

Proyecto criminales

Al salir del reformatorio, Azael Kahler inicia su etapa escolar enfocado solo en el trabajo y la diversión. No obstante, su encuentro con Isis Blair altera su destino drásticamente. En un ambiente cargado de hostilidad, nace entre ellos un vínculo especial que desafía los prejuicios externos. Mientras la sociedad lo juzga por su pasado oscuro, Isis logra ver su esencia real, transformándose en la única persona que Azael decide amar y proteger con devoción.
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Capítulo 1

—No podemos seguir así, chicos, tenéis que poner de vuestra parte –nos exige el oficial.

—¿Y si no queremos? –espeto, y me cruzo de brazos sobre la mesa de metal.

A mi lado los otros seis chicos largan una carcajada, haciendo que el oficial golpee con fuerza la mesa de la sala de los castigados.

—Mirad, niñatos –calma su respiración y suelta un bufido parecido a un toro –, estáis en un jodido reformatorio, y si no queréis ir directos a la cárcel cuando salgáis dentro de un año, os tenéis que reformar ¡¿Queda claro?!

—Por desgracia, sí –mascullo.

—Azael, no me jodas y cállate.

Elevo las manos con una sonrisa orgullosa, he conseguido hacer enfadar al gordo.

—¿Y qué propones para que nos reformemos? –pregunta mi único amigo: Elías.

El oficial Marcos murmura algo que no logro comprender y toca su enorme barriga suspirando, ‹‹Ni que estuviera embarazado –pienso››

Los siete chicos que nos encontramos sentados a lo largo de la mesa de metal bufamos al ver su poca capacidad de pensar rápido.

Los siete somos unos criminales, estamos aquí metidos por hacer cosas verdaderamente malas ante la ley, pero nos la suda completamente eso. Todas las reglas de este puto reformatorio me las paso por los cojones.

—Os vamos a meter en un proyecto –suspira.

Frunzo el ceño y me inclino sobre la mesa intentando saber si esa mierda que ha dicho es verdad.

—¿Un proyecto? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Casitas con macarrones?

Mis frases sacan una carcajada al resto de chicos, a pesar de tenerme miedo e inventar rumores falsos del porqué de mi estadía aquí, tienen los cojones de calificarse de amigos.

—Joder, ¿Podrías callarte? –ruge el oficial, despeinándose su pelo rubio.

—No, quiero saber que puto proyecto es ese.

Mueve una silla de plástico hasta estar sentado al otro lado de la mesa y nos mira uno por uno con una mueca en los labios. Suspiro cansado por tanto suspense y golpeo la mesa con fuerza levantándome de golpe y tirando la cutre silla de plástico al suelo.

—Siéntate –ordena –. Azael, siéntate –vuelve a ordenar.

Con toda pesadez cojo la silla y me siento de brazos cruzados.

Las asquerosas paredes azules llenas de mierda es lo más colorido que puede haber en todo el jodido reformatorio, es una puta mierda estar aquí, pero no me queda otra, cumplo por mis pecados.

—Joder dínoslo –exige el chico que hay sentado a mi lado.

No me sé ninguno de sus nombres, tampoco me interesa, prefiero no saber nada de nadie de aquí, ni siquiera de las chicas, todas ellas parecen tios con tetas y coño.

—En un mes que empiezan las clases iréis los siete a un instituto a hacer vuestro último año, necesitáis relacionaros con otro tipo de gente, por lo que iréis por las mañanas al instituto y nada más salir de las clases quiero vuestros culos aquí ¿Sí?

Descruzo mis brazos sobre el pecho y apoyo las manos sobre la mesa intentando descifrar si esto es una broma. Quiero salir de aquí echando hostias, y poder salir aunque sea unas horas me vale, aunque sea para un puto instituto. Llevo tres años encerrado aquí, no puedo salir bajo ninguna circunstancia a no ser que vengan mis padres, pero me pregunto ¿Qué padres?

Todos aceptamos pertenecer al proyecto, así que Marcos no tiene problema con ello y nos deja salir de la sala de castigados para ir a nuestras habitaciones.

—Hermano habrá tías sin pelos en las piernas –bromea Elías mordiéndose el labio –, estoy harto de pajearme con las revistas porno que le robo al segurata.

Uno de los chicos que había con nosotros en la mesa pasa por mi lado casi corriendo, y me río al ver lo cagado que son todos conmigo. Todos me temen, y eso me gusta.

Pasamos por los pasillos blancos escuchando los murmullos de la gente y sus críticas principalmente hacía mí, pero ya estoy acostumbrado a ello, y me la suda lo que digan, ellos no saben nada de mí, y yo de ellos mucho menos. Comparto la habitación con mi amigo, y si no fuera por las paredes llenas de tías desnudas y la ventana que da al exterior, me moriría de asco en este sitio. Varias veces he intentado escaparme, pero los hijos de puta tienen a un vigilante debajo de cada ventana, y en cada pasillo de la planta de las habitaciones hay por lo menos tres policías que nos controlan. La puerta de metal chirría cuando la cerramos detrás de nosotros, y lo primero que hago es sacarme el paquete de tabaco de debajo de la almohada, sin importarme la norma de que no se puede fumar en el centro.

—Compraré una botella de vodka en cuanto salgamos de aquí.

Se lanza en su cama y empieza a sacar botellas vacías de vodka, cerveza, sidra y whisky.

Pongo los ojos en blanco y me quedo mirando las cuatro paredes mugrientas de esta cárcel para menores. Expulso el humo del cigarro y escucho a mi amigo roncar en la cama de enfrente. Aquí todo es una puta mierda, incluso las camas, se te clavan los muelles en la espalda y te dejan jodido, por no hablar que por las noches apagan las luces a las diez, y da gracias que hay ventanas para que entre la luz de las farolas de la calle, si no, no ves nada. Apago el cigarrillo en el suelo y me tumbo con la ropa y zapatos sobre la cama para descansar. De verdad que esto es una puta mierda.

- - -

—¡Levantaos! –Exclaman golpeando con fuerza la puerta de metal – ¡Vamos!

Me levanto de la cama con pesadez y saludo a mi amigo en mitad de un bostezo.

—¡Ya vamos joder! –exclama Elías lanzando un zapato contra la puerta.

Esta se abre repentinamente y el vigilante al que saco dos cabezas me mira apuntándome con la porra, la que supongo que ha usado para golpear la puerta. Todos los días se hacen turnos para llamar a nuestra habitación, porque los vigilantes de aquí son unos gilipollas que me temen, y suelen dejar al más pringado para que nos levante.

Le arrebato la porra de las manos y le apunto con ella, deleitándome al ver como traga saliva y se intenta hacer el gallito. Es un retaco al que con un puñetazo dejaría en el suelo, pero quiero salir de aquí, y hace por lo menos dos meses que no doy una paliza a un superior.

—A la siguiente, te la meto por el culo de una sentada –amenazo.

—Salir a desayunar –ordena con su pésima voz autoritaria.

Largamos una carcajada mi amigo y yo y le rodeamos para salir de la habitación y seguir el mismo camino que guían el resto de chicos. Se forma barullo cuando toca bajar unas escaleras metálicas para bajar a la segunda planta, dónde se encuentran las habitaciones de las chicas, el comedor, y la salida al patio. Ando con las manos en los bolsillos y aparto de mi lado a la misma chica que siempre pide follar, es fea de cojones. Elías y yo conseguimos entrar en el comedor, y nos sentamos en una mesa alejada del resto, sufriendo las miradas del resto de personas desde catorce años a diecisiete.

—¡No nos miréis! –rujo.

Todos vuelven a centrar su atención en los de su mesa, y yo obligo al primero que pasa por mi lado a darme su comida, sin rechistar deja la bandeja con un café y un trozo de bizcocho delante de mí, y mi amigo me aplaude por ello.

—Eres el puto amo –ríe, y observa alrededor –. Tú, friki, dame tu comida –coge a un chico de la camiseta y este rápido deja su comida en la mesa –. Así me gusta.

Nada más soltarle, el chico corre hacia otro lado y mi amigo empieza a devorar su comida junto a mí.

—Quiero dejar ya de ver las mismas putas caras de los mismos gilipollas –gruño, viendo cómo una mesa de chicos no para de mirarnos.

Mi amigo asiente con la boca llena y enseña su dedo del medio a todos los gilipollas que nos miran con prejuicios. Todos saben que el crimen cometidos por mí es el peor, pero ellos tampoco se salvan, sino ¿Por qué están aquí encerrados?

—¡¡Al patio trasero!! –gritan los oficiales, dando por terminado el fin del desayuno.

Dejo la bandeja sobre la mesa y espero que todo se vaya vaciando para salir al patio.

Todos los días son iguales, desayuno, estar en el patio, comida, estar en el patio, irse a duchar y a cambiarnos, cena, y a la cama. Salvo cuando empiezan las clases, que pasamos la mitad del día encerrados en la tercera planta para aprender. Una puta mierda.

—Echo de menos a Carlota –confiesa mi amigo.

—Iremos a verla, no te preocupes –aseguro, y esquivo a unos cuantos gilipollas que se interponen en mi camino.

Nuestro patio es, prácticamente, un descampado con rejas para que no nos escapemos y unas cuantas mierdas para hacer deporte. Cogemos asiento en unas gradas que hay a los pies de la pista de fútbol y baloncesto y a pesar de estar prohibido, me saco un cigarro de los pantalones.

Desde que estoy aquí no he visto a ninguna puta persona de mi familia, si es que así se le puede llamar a lo que tenía.

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