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PROTEGIDA POR EL DON

Con solo 17 años, la vida de Carla Rossi cambia drásticamente al salvar a un hombre herido. El desconocido resulta ser Fabrizio Antonucci, el implacable líder de la mafia italiana, quien decide protegerla a toda costa. Atrapada en un mundo de lujos peligrosos y enigmas sobre su propio origen, Carla enfrenta una intensa atracción hacia el Don. Entre secretos familiares y amenazas externas, ambos vivirán un conflicto letal donde el deseo desafía al miedo.
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Capítulo 3

Capítulo 3: Una Propuesta Peligrosa

Carla caminaba por los pasillos de la mansión con el corazón en la garganta.

Era impresionante.

Las paredes estaban decoradas con obras de arte caras, los suelos de mármol brillaban bajo la luz de las lámparas doradas, y todo desprendía un aire de lujo que jamás había imaginado.

Nada de esto era para ella.

Subió las escaleras con pasos lentos hasta llegar a la habitación que le habían asignado. Al entrar, se quedó sin aliento.

El baño era más grande que su propia sala de estar en casa.

Había una bañera enorme de mármol blanco, una ducha de vidrio con detalles dorados, y toallas suaves perfectamente dobladas sobre una mesa.

Se acercó al espejo y vio su reflejo. Su rostro estaba pálido, sus ojos asustados.

Se mordió el labio y empezó a desvestirse con movimientos mecánicos.

El agua caliente cayó sobre su piel y cerró los ojos, dejando que el vapor la envolviera.

Pero su mente no se calmaba.

Pensaba en Fabrizio. En su propuesta. En cómo la había metido en su coche sin opción. En cómo había disparado a un hombre frente a ella sin dudar.

Pensaba en su mirada intensa, en la forma en que la había observado como si ya le perteneciera.

Un escalofrío la recorrió.

Cuando salió del baño, se puso un vestido sencillo que encontró en el armario. Seguramente alguien lo había dejado ahí para ella.

Respiró hondo, tratando de reunir valor, y salió de la habitación.

Cada paso que daba hacia la oficina de Fabrizio se sentía como un paso más hacia el abismo.

Cuando llegó a la puerta, dudó.

Pero no podía evitarlo.

Llamó suavemente.

-Entra.

Su voz profunda traspasó la madera y le revolvió el estómago.

Carla giró el pomo y entró.

La oficina era igual de lujosa que el resto de la casa. Un enorme escritorio de madera oscura dominaba la habitación, y detrás de él, sentado con una expresión indescifrable, estaba Fabrizio Antonucci.

Sus brazos tatuados descansaban sobre el escritorio, y sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo con intensidad.

Ella tragó saliva.

-¿De qué quieres hablar? -preguntó, su voz temblorosa.

Fabrizio se recargó en su silla.

-Carla, ¿cuántos años tienes?

Ella frunció el ceño, sorprendida por la pregunta.

-Diecisiete... recién cumplidos.

Fabrizio asintió lentamente.

-Hmmm...

Se levantó de su silla y caminó hacia ella con pasos calculados.

Carla sintió su cuerpo tensarse cuando lo vio acercarse.

Fabrizio era alto, fuerte, demasiado imponente.

Cuando estuvo justo frente a ella, levantó una mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

Carla contuvo la respiración.

-Para protegerte como debe ser... -su voz era baja, grave- tienes que ser mi mujer. Y lo serás.

Su mujer.

La frase la golpeó como un balde de agua fría.

Fabrizio la miraba con intensidad.

-Te daré todo lo que quieras. -Su pulgar rozó suavemente su piel-. Eres preciosa.

Carla estaba paralizada.

Fabrizio también era demasiado atractivo. Su mandíbula cincelada, sus ojos oscuros, su cuerpo fuerte cubierto de tatuajes...

Nunca había estado tan cerca de un hombre. Y menos de alguien como él.

Temible. Peligroso. Letal.

Pero su belleza era hipnótica.

Su olor a madera y tabaco, su voz ronca... todo en él era una trampa.

Una trampa en la que no quería caer.

Carla respiró hondo y se obligó a apartarse.

Negó con la cabeza, su voz temblando pero firme.

-No quiero casarme.

Fabrizio la observó sin expresión.

-No quiero ser tu mujer.

Su mirada se oscureció.

-No quiero tu mundo. No quiero nada de ti.

Su pecho subía y bajaba con fuerza.

-Solo quiero mi LIBERTAD.

El silencio cayó sobre ellos.

Pero Carla supo en ese momento que su deseo no importaba.

Porque Fabrizio Antonucci siempre conseguía lo que quería.

El aire en la oficina se volvió más pesado, cargado de tensión. Carla sentía su corazón golpear con fuerza contra su pecho, pero no apartó la mirada de Fabrizio.

No quería mostrarse débil.

Pero él no parecía afectado en lo más mínimo por su rechazo.

Fabrizio la observó en silencio por un momento, su expresión inescrutable, su mirada oscura y penetrante.

Entonces, con una calma inquietante, pronunció las palabras que la hicieron estremecerse hasta los huesos:

-No tienes opción.

Carla sintió que el estómago se le encogía.

-Aquí mando yo. -Su tono era frío, autoritario, indiscutible-. Y las reglas son las siguientes.

Caminó lentamente alrededor de su escritorio, acercándose a ella con cada palabra.

-Uno. Harás lo que yo te diga y actuarás como mi mujer.

Carla abrió la boca para protestar, pero Fabrizio levantó una ceja, desafiándola a interrumpirlo.

-Dos. No saldrás de la mansión sin mí o sin algunos de mis hombres.

Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Fabrizio se acercó más, su voz bajó un tono, pero fue aún más amenazante.

-Y tres. Recuerda que me perteneces.

Carla sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro.

-Tu cuerpo me pertenece. No tienes permiso para rechazarme.

Sus palabras la golpearon como un puñetazo.

Los ojos de Carla se llenaron de lágrimas de rabia y miedo, pero se negó a derramarlas frente a él.

-¿Lo entiendes? -preguntó Fabrizio con tranquilidad, como si estuviera dictando las normas de un simple contrato.

Carla tragó saliva con dificultad. Su instinto le gritaba que corriera, que escapara, que hiciera lo que fuera para salir de esa mansión...

Pero no tenía escapatoria.

Fabrizio inclinó la cabeza, como si esperara su respuesta.

Ella apretó los puños y asintió apenas con un movimiento de cabeza.

Un destello de satisfacción cruzó los ojos de Fabrizio.

-Bien. -Se giró y caminó de regreso a su escritorio-. Ya que las reglas están hechas, vete a tu habitación de momento.

Carla no se movió.

-Después te buscaré.

Su tono le erizó la piel.

-Martina estará a tu disposición. -Continuó hablando con naturalidad, como si nada hubiera pasado-. Lo que quieras, se lo pedirás a ella.

Carla sintió que sus piernas pesaban una tonelada mientras daba media vuelta y caminaba hacia la puerta.

Cuando su mano tocó el pomo, la voz de Fabrizio la detuvo.

-Y, Carla.

Ella se quedó paralizada.

-No intentes nada estúpido.

El miedo la paralizó por un segundo.

Pero no respondió.

Abrió la puerta y salió de la oficina con el estómago revuelto.

Sabía que su pesadilla apenas comenzaba.

Carla estaba sentada en el borde de la cama, abrazándose las piernas.

El miedo aún recorría cada fibra de su cuerpo.

Las palabras de Fabrizio resonaban en su cabeza como un eco constante.

"Me perteneces."

Sintió un escalofrío y se mordió el labio para contener las lágrimas, pero era inútil.

El llanto silencioso la sacudió, el nudo en su garganta se hizo más fuerte. Quería despertar de esta pesadilla.

Entonces, un golpe suave en la puerta la hizo saltar.

Se quedó inmóvil, su respiración se aceleró.

-¿Señorita Carla?

Era una voz femenina, tranquila, con un acento italiano más marcado.

-Soy Martina. Estoy aquí para ayudarla.

Carla tragó saliva.

-Pase... -su voz salió quebrada.

La puerta se abrió lentamente y una mujer de unos cuarenta años entró en la habitación. Martina tenía el cabello castaño recogido en un moño y un rostro amable, aunque su expresión estaba cargada de cautela.

-El señor Fabrizio me ha pedido que esté a su disposición -explicó-. Cualquier cosa que necesite, puede pedírmela a mí.

Carla asintió lentamente, sin decir nada.

Martina la observó por un momento antes de sonreír con dulzura.

-¿Quiere cenar algo?

Carla negó con la cabeza de inmediato.

No tenía hambre. No podía comer cuando sentía que el estómago se le cerraba de miedo.

Pero Martina no pareció convencida.

-Tiene que comer algo, signorina.

Carla suspiró.

-No tengo hambre...

-Hago una sopa riquísima -insistió Martina-. Le va a gustar.

Carla la miró con los ojos vidriosos.

Por alguna razón, la calidez de la mujer le recordaba a su madre.

-Solo un poco... -susurró.

Martina sonrió y asintió.

-Bien. No se arrepentirá.

Carla sintió una ligera sensación de alivio en su pecho.

Por primera vez desde que llegó, alguien la trataba con algo de humanidad.

Pero ese pequeño alivio duró apenas unos segundos.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando sintió una presencia a sus espaldas.

Un silencio sepulcral llenó la habitación.

Martina se tensó de inmediato.

Carla sintió cómo el aire se volvía más denso antes de girarse lentamente.

Fabrizio estaba allí.

De pie en la puerta, observándolas en completo silencio.

Su mirada oscura pasó de Martina a Carla, analizándolas.

Martina bajó la vista de inmediato, mostrando respeto.

-Scusi, Don Fabrizio... -murmuró con nerviosismo antes de inclinar la cabeza y apresurarse hacia la puerta-. Me retiro.

Carla sintió su corazón acelerarse.

Martina cerró la puerta detrás de ella.

Y ahora estaban solos.

Fabrizio no dijo nada. Solo la miraba.

Carla sintió que la habitación se hacía más pequeña.

Sabía que él no había venido solo para verla.

Había venido a reclamar lo que creía suyo.

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