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Portada de la novela Promesas Rotas en Polanco

Promesas Rotas en Polanco

Engañada por Sasha, Elena cargó con una culpa injusta que le arrebató a su abuela y el amor de Máximo hace seis años. Ahora, ella es una artista de éxito, pero él vuelve convertido en un magnate implacable que busca venganza por las mentiras del pasado. Tras sufrir un atentado y ver a Máximo defender a su enemiga, Elena decide escapar a Barcelona. Su adiós definitivo es un mensaje revelador que expone la verdad que él siempre ignoró.
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Capítulo 2

Hace seis años, en un pequeño pueblo de Oaxaca, la abuela de Lina Salazar estaba muriendo.

El médico dijo que solo un tratamiento experimental podría salvarla, un tratamiento que costaba 50,000 pesos. Lina no tenía ese dinero. Era una artesana humilde, y esa cantidad era una fortuna inalcanzable.

Desesperada, aceptó un trato con un coleccionista de arte de la Ciudad de México. Él compraría su "primera gran obra", una colección de alebrijes únicos, por el precio exacto que necesitaba. La condición era entregarlos personalmente en una de sus fiestas privadas.

Su media hermana, Sasha, fue quien le consiguió el "contacto".

"Es tu oportunidad, Lina. Demuestra tu talento y salva a la abuela", le dijo Sasha con una sonrisa que parecía sincera.

Lina no confiaba en ella, pero la desesperación la cegó.

La fiesta era un caos de gente rica y depravada. El coleccionista tomó los alebrijes y le ofreció una copa a Lina para celebrar. Ella bebió, y el mundo se volvió borroso.

Lo siguiente que supo fue un dolor agudo y el olor a antiséptico de un hospital rural. Tenía heridas internas graves. La colección de alebrijes había desaparecido, y el dinero nunca llegó.

Su novio, Máximo Castillo, un estudiante de derecho sin un peso pero con un corazón lleno de ideales, la había esperado fuera del quirófano durante horas. Cuando Lina salió, pálida y rota, él la miró con los ojos rojos de ira y dolor.

"¿Qué pasó, Lina? ¿Dónde estabas?"

Ella no podía decirle la verdad. No podía contarle la humillación, la agresión. No podía arrastrarlo a un mundo de gente peligrosa que podría destruirlo.

Así que mintió, con una frialdad que la destrozó por dentro.

"Hice lo que tenía que hacer."

Lo miró a los ojos, forzando una expresión de desdén.

"Tu idealismo no paga las facturas médicas, Máximo."

El rostro de él se descompuso. La incredulidad se transformó en un profundo desprecio.

"Así que te vendiste."

No fue una pregunta. Fue una sentencia.

Máximo se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás. Desapareció de su vida.

Dos semanas después, su abuela murió.

Seis años más tarde, Lina se había convertido en una maestra artesana. Su nombre era conocido en todo Oaxaca. Estaba en la Ciudad de México, a punto de firmar un contrato con una galería de Barcelona. El contrato le daría una nueva vida, pero le exigía renunciar a su ciudadanía mexicana y no volver jamás.

Era su única salida para escapar de los fantasmas de su pasado.

Justo antes de entrar a la oficina del abogado, vio una revista en un quiosco. En la portada, un hombre con un traje caro y una mirada de acero. El titular decía: "Máximo Castillo, el Tiburón de Polanco".

Era él. El estudiante idealista se había convertido en un abogado corporativo de élite.

Esa noche, mientras empacaba sus últimas pertenencias en un modesto hotel, su teléfono sonó. Un número desconocido.

"¿Hola?"

"Soy yo. Máximo."

La voz era fría, irreconocible.

"Necesitamos vernos."

El corazón de Lina se detuvo. Quizás era una oportunidad. Una oportunidad para explicar, para aclarar el malentendido que los había separado.

"¿Dónde?", preguntó ella, con la voz temblorosa.

Él le dio la dirección de un hotel de lujo en Polanco.

Cuando Lina llegó a la suite presidencial, lo encontró de pie junto a la ventana, observando las luces de la ciudad. El traje impecable, el reloj caro, la arrogancia en su postura. Ya no quedaba nada del chico que había amado.

Se giró y la miró de arriba abajo, con una sonrisa burlona.

"Veo que te ha ido bien. Dime, ¿qué hombre rico te ha financiado el éxito esta vez?"

La humillación la golpeó con fuerza. Quería gritar, explicarle que cada pieza que había vendido era fruto de su trabajo, de noches sin dormir y manos agrietadas.

Pero antes de que pudiera hablar, la puerta de la habitación se abrió.

Sasha Ramírez, su media hermana, entró sonriendo. Se acercó a Máximo y lo besó en los labios.

"Cariño, ¿ya llegó tu invitada?"

Luego miró a Lina, sus ojos brillando con un triunfo cruel.

"Hola, hermanita. Qué bueno que viniste. Queríamos invitarte personalmente a nuestra boda."

El mundo de Lina se vino abajo. La reunión era una farsa. Una cruel puesta en escena para restregarle su victoria.

Sasha se aferró al brazo de Máximo.

"Máximo ya sabe toda la verdad sobre ti, Lina. Sabe cómo mi padre te dio una fortuna para el tratamiento de la abuela y cómo te gastaste el dinero en lujos, dejándola morir."

Lina miró a Máximo, buscando una pizca de duda en sus ojos, pero solo encontró hielo.

"Es verdad lo que dice", dijo él. "Tu padre me lo contó todo."

"¡Miente!", gritó Lina, desesperada. "¡Mi padre y su madre, tu madrastra, me odian! ¡Ellos nunca me ayudarían!"

"Basta", la interrumpió Máximo con desprecio. "Ya escuché suficiente de tus mentiras. Vete. No queremos a gente como tú en nuestra boda."

La echó de la habitación como si fuera basura.

Lina se quedó en el pasillo, temblando. Había perdido la oportunidad de irse a Barcelona. La notificación de la galería decía que el plazo final para firmar era esa misma noche.

Había perdido su futuro por una falsa esperanza.

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