Portada de la novela Prohibido seguir al corazón...

Prohibido seguir al corazón...

8.8 / 10.0
En Prohibido seguir al corazón..., Mauro arriesga su carrera en este romance LGBT+ al enamorarse de Cristiano. Al leer libros online gratis, descubrirás si este psicólogo sacrificará su ética por un deseo prohibido en una de las historias románticas más intensas de la Casa Hogar Renacer.
Resumen de Prohibido seguir al corazón...
El psicólogo Mauro vive volcado en su labor dentro de la Casa Hogar Renacer hasta que Cristiano, un joven misterioso, se cruza en su camino. Lo que comienza como una relación profesional pronto se transforma en una pasión prohibida que desafía sus principios morales. Entre sesiones de terapia y secretos, Mauro se enfrenta a un dilema ético devastador: proteger su carrera o entregarse a un sentimiento peligroso que podría destruir su mundo por completo.
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Prohibido seguir al corazón... Capítulo 1

No era de las personas que tomaban riesgos; no era alcohólico ni fumaba. Llevaba una vida tranquila y estructurada, soñando con terminar una maestría, ir a Italia algún día, pero, sobre todo, con dejar una huella en estos niños. Así era, hasta que llegó él.

"Mau, no lo compadezcas, no empieces a ver sus características," me digo a mí mismo. "No te acerques demasiado, eres un profesional. No termines enredado entre sus ojos, sus mejillas y el olor de sus manos."

¿Podré frenar este sentimiento lleno de locura y pasión a tiempo? No debo romper las reglas en el trabajo:

1. "Somos hermanos de vida; debemos ser educados y respetuosos entre nosotros."

2. "Está prohibido enamorarse en la Casa Renacer."

3. "¿Los cuidadores son una figura paterna o no?"

Gritaba como un loco desesperado, tratando de encontrar algo. ¿Qué había pasado? Traté de comunicarme, pero la sangre corría entre mis dedos y tratar de contener la hemorragia en su cabeza no era suficiente. Creo que, de la impresión, me fui desmayando poco a poco, perdí la conciencia, cerré los ojos y caí al suelo. Fue como si el tiempo retrocediera y reviviera aquella tarde con mi madre.

-Mau, tu comida.

-Gracias por la fruta, mamá. Tú siempre estás preocupándote por mí.

-De nada, en serio me preocupa que te alimentes bien -exclamó mi madre-. La papaya será tu cena.

-No lo creo, en Casa Renacer nunca hay tiempo. Recuerda que soy su cuidador: bañar, cenar, vigilar, estar de aquí para allá. No me da tiempo, ¡créeme!

-Lo bueno es que solo vas los fines de semana. Solo los ves dos días. ¿No te parece eso fascinante?

-No lo creo. Si los vieras cuando entramos, mi compañera y yo, solo ver sus caritas de alivio y sus sonrisas... -Mau hablaba en un tono leve, pero de repente subió la voz de manera feroz-. Y vi cómo la cara de mi hijo cambiaba a una más relajada.

-Crée-me, cada vez que llegamos, sus recibimientos y cómo disfrutan cada momento dentro de la casa... es como si odiaran a Andrea.

-¿Y quién es ella?

-La otra cuidadora. Tiene una mirada fuerte.

-¿Fuerte? -dijo ella en tono de pregunta.

-Sí -confirmé moviendo la cabeza-. Yo diría que más bien es amargada.

-No, mamá, solo es exigente -dije riendo-. Pero me has contado de las miradas fulminantes que les echa a los niños.

-Sí, ¿y eso qué? -pregunté aún más intrigado.

-Que no es obvio. Tú, como su cuidador y, sobre todo, como psicólogo, deberías saberlo.

-¿Saber qué? -pregunté aún más intrigado.

-Pues que no es obvio. Ustedes significan el momento de soltar toda la presión que les mete esa mujer amargada -me dijo mientras tomaba rumbo hacia la cocina.

-No la conoces, ¡amargada ella! ¡Por favor! Más bien se estresa muy fácil.

-¿Estresarse de qué? -preguntó con voz incrédula.

-Mira -continuó Mau-, tratando de defenderla desde esta perspectiva, a Andrea le ha tocado la parte dura. Primero, está embarazada.

-¿Y? Los niños no tienen la culpa de sus hormonas.

-Lo sé, pero con un niño tan violento como Juan, no solo pone en riesgo su vida, sino la de su bebé. Claro, esto aumenta sus nervios.

-Con decirte que los niños me contaron que los grandes se han golpeado con él por protegerla.

Claro, aquí tienes una versión revisada y ajustada del texto:

---

-Además, me has dicho que esta semana han recibido nuevos niños -le dije a mi hijo, reincorporándome a la conversación.

-Exacto.

-Mamá, no la estoy justificando, pero a Andrea le toca la peor parte: recibirlos y analizarlos a detalle, y a veces estos niños traen un montón de problemas.

-Yo creo que por eso tiene que tener un carácter tan duro -dijo sarcástica-. Lo bueno es que los fines no nos llegan sorpresas, mucho menos niños nuevos -suspiré-. Ay, mamá, me quedan veinte minutos, el tiempo justo para llegar a las cuatro a Renacer -dije, apresurando mis pasos hacia la puerta.

-No lo olvides -gritó desde la cocina-. Hijo, la vida te da sorpresas y, cuando menos lo esperas, esta te reta. ¡Pero hoy no será el día! Si no ha pasado nada en un año de servicio y otro trabajando, ¿por qué habría de pasar ahora?

-Nunca digas que no, no te cierres a la posibilidad, ya te lo he dicho.

-Claro que sí podría ocurrir, ¡lo tengo claro! Pero créeme, a nuestro valioso gobierno ya le cuesta el trabajo que tiene como para sacrificar su valioso tiempo en un fin de semana. Además, ¡eso nunca va a pasar en mi turno!

-Si tú lo dices -se acercó a mí para dejar un beso en mi mejilla-. ¡Si yo lo digo! -me reí-. Bueno, ya me voy.

Durante el trayecto en camión traté de no pensar en la larga conversación con mi madre. Sabía dos cosas: ella tenía razón y, además, me preguntaba: ¿cuándo tendría que afrontarlo? Me bajé del camión, toqué el timbre y, a los pocos segundos, se asomaron por la ventana los abundantes ojos negros de Andrea.

-Hola, Mau -saludó ella mientras yo continuaba entrando.

Andrea procedió a ponerme al día con las novedades. Traté de escuchar la información que Andrea proporcionaba, pero una sensación extraña me invadió: su cara fingía escuchar a Andrea, pero mi mente estaba en otro mundo.

En Renacer ya había una rutina: llegaba el cuidador, entregaba, gastaba, daba quejas, y comentaba quién se había portado mal.

-¿Quién no? Y, sobre todo, los avisos importantes -dijo Andrea. No le costó trabajo notar que Mau no seguía la conversación, por lo que habló más fuerte.

-Mau, Mau, ¡Mau, regresa!

-Perdón, ¿qué pasó? -pregunté desconcertado.

-No escuchaste nada de lo que he dicho -preguntó Andrea.

-Claro que te he escuchado -insistió Mau.

-Bueno, eso espero. Como te decía, con la llegada de Juan hay más peleas y, sobre todo, mucha tensión, lo cual genera golpes -explicó Andrea.

-Eso me estresa. A mí me tocó recibir a ese niño; no te niego que llegó flaco, mal vestido y hasta desnutrido, pero nunca me imaginé que fuera tan violento. ¡Cuidado! Siempre está provocando a los demás -advirtió Andrea.

-En fin, no sabemos por qué vida ha pasado -dijo ella, saliendo hacia la calle-. Nos vemos -me dijo, agitando la mano para despedirse.

Cerré la puerta, caminé por la cochera y dejé la mochila en la enfermería. Los niños ya corrían por la sala y algunos se acercaron a abrazarme. Caminé a la cocina y dejé mis alimentos en el refrigerador. Mi compañera, Jazz, no había llegado. Me había dicho que la cubriera hasta las cinco. Entre la plática con Andrea y la llegada tarde, ya eran las cuatro y media. La cena no tenía nada preparado. Los niños estaban frente a la tele y yo tenía que cocinar.

**Cristiano**

Llevo dos semanas en la calle desde que tuve que salir huyendo, pues la policía me había intentado atrapar. Cuando descubrieron que vivía solo, me persiguieron y tuve que escapar. Empiezo a oler mal, pues no me he bañado. He sobrevivido a base de limosnas. He estado en varias casas hogares como Carmelita de Querétaro, pero me escapé hace casi un año. Pasé varios meses en esta zona, pero las cosas comenzaron a ponerse feas y me escapé por segunda vez. Había estado en dos o tres casas más; la verdad, no recuerdo bien. Mi padre, un hombre muy poderoso, siempre me sacaba en poco tiempo. En Carmelita ya llevaba un año, y en sus mensajes lo único que hacía era decirme que pronto saldría. Como eso nunca sucedió, decidí tomar el asunto en mis propias manos, huyendo de Querétaro hasta Celaya. Fue muy poco astuto, ya que cometí el error de robar un teléfono e intenté rastrear a la gente de mi papá. No solo no logré encontrarlo, sino que me detectaron; gracias al aparato, descubrí que estaba en alerta Amber estatal. Y así es como ahora me encuentro frente a las cuatro paredes de esta oficina.

-No podemos quedarnos así -agregó Sara-. Debemos encontrarle una casa y, créeme, Daniel, regresar a Carmelita no es la mejor idea. Si ya se escapó una vez, te garantizo que lo hará de nuevo.

Esos dos tipos discutían del otro lado del cristal, seguramente debatiendo si me regresaban o a qué casa me integraban. Me muero por saber quién será mi nueva víctima. Ya lo había decidido: no dejaría que ninguna estúpida casa se opusiera, al menos no hasta que fuera el dueño del mundo.

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Tabla de contenidos de Prohibido seguir al corazón...

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