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Portada de la novela Prohibido Amor

Prohibido Amor

Tras siete años de matrimonio con Mauricio, el único hombre en su vida, la rutina de Violeta se quiebra por completo. La aparición de un tercero irrumpe en su monótona realidad, despertando en esta docente emociones intensas y desconocidas hasta ahora. Atrapada en un dilema moral, se entrega a un romance clandestino que desafía su estabilidad. Este vínculo prohibido se convierte en su camino para explorar deseos ocultos y hallar el amor verdadero.
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Capítulo 1

Tal vez, muchos al leer esto, piensen que era una mujer sin moral, ni escrúpulos. Y eso, hoy no me perturba tanto como en ese entonces.

Él era tan diferente a otros, a su corta edad sabia más sobre la vida y el amor, que algunos cuarentones, incluso que mi esposo Mauricio.

Su forma de mirarme en el salón de clases, me perturbaba. Si en algún pasillo coincidíamos, su proximidad erizaba mi piel y un calor repentino me invadía, a diferencia de mi vagina, que solía salivar como el perro de Pavlov en su experimento de condicionamiento clásico.

Los problemas con Mauricio eran constantes, y entiéndase que no lo use nunca como pretexto o argumento para justificar mi comportamiento.

Una tarde luego de la clase, salí a tomar el bus. Y él estaba allí, sentado en uno de los asientos. Me ofreció su puesto. Yo era su profe de literatura.

Aún recuerdo su emoción al verme subir al bus y la mía, al cederme el asiento con tanta caballerosidad.

–Gracias Ricardo– lo llamé por su nombre. Estilaba a diferencia de algunos colegas, aprenderme los nombres de mis estudiantes y no sus apellidos.

Confieso que de él, me sabía su nombre completo, su edad y hasta sus gustos. Esos ojos verdes, que en momentos se entremezclaban con destellos color miel, me endulzaban las ganas. Él permaneció de pie, frente a mí, me miraba y sentía su calor pélvico aproximarse a mi hombro, cada vez que algún pasajero bajaba o subía del bus.

–¿Va para su casa, profe?–me preguntó

–Sí, bueno antes debo bajar en el centro para ir a un cajero.

–Ah, yo voy por allí cerca de la plaza Bolívar. Puedo acompañarla, si desea.

–Te lo agradecería, pronto oscurecerá y ya sabes como está todo de peligroso en el centro.

Alguien pidió parada, él espero a que yo me levantara. Su cuerpo estaba tan próximo al mío, que no pude evitar estremecerme y sentir mi respiración agitarse.

Me cedió el paso. Bajé del bus y lo esperé. Caminamos hasta la plaza, él iba de mi lado esquivando la cantidad de personas en las paradas de los autobuses. Era viernes, llegamos al banco, cerca a la plaza, donde él debía estar.

–Gracias por acompañarme hasta acá.

–¿No quiere que le esperé mientras saca el dinero?

–Te lo agradecería aún más. Me pone nerviosa estar en este lugar sola. Sacamos el dinero. Caminamos nuevamente a la plaza.

–Nuevamente agradezco tu compañía Ricardo.

–No te preocupes profe. ¿Te puedo tutear?

–Claro, pero no delante de tus compañeros. Ellos no entienden de respeto. Ya los viera, tuteándome creyendo que somos íntimos y pensando que por ello, ya aprobaron.

–Bueno, yo no estoy buscando eso.

–Lo sé, eres uno de mis mejores estudiantes en la clase.

–Quizás porque amo la poesía y no puedo negar, que admiro su forma de enseñar.

Sonreí algo ruborizada.

–Te dejo entonces, debes estar esperando a alguien.

–No, al contrario. Siempre vengo a sentarme aquí en las tardes y ver el transitar de las personas. Me gusta imaginarme como alguno de ellos. ¿Ves aquel que va vestido de traje?–preguntó acercándose a mí.

–Sí–contesté con curiosidad

–Es un ejecutivo de alguna gran empresa. Debe tener mucho dinero, pero también debe tener algunos problemas, las personas que trabajan mucho, no tienen mucho tiempo para distraerse.

–Genial tu apreciación.

–¿Estás apurada?

–Realmente no.

–Siéntate y acompáñame un rato. Me gusta tu compañía.

Me senté y él se sentó muy cerca de mí. No podía evitar querer besar sus finos labios mientras hablaba.

–Eres una de esas pocas mujeres con las que se puede hablar, sin sentirse solo. Digo porque la mayoría de mis amigas, son de mi edad, pero ellas no comparten mis mismos gustos.

–Me complace saber que tienes ese concepto tan valioso sobre mí.

–Mira, mira aquel hombre que recoge las latas del basurero, ¿lo ves?

–Sí, lo veo

–Ese es un hombre feliz, porque no necesita más que lo necesario para vivir. Sabe a donde ir, busca lo que necesita, en este caso las latas, las recoge, las vende y tiene su dinero y tiempo para dormir.

–La vida es complicada. Algunos tienen lo que desean y no son felices. Otros por el contrario, tienen poco y eso le es suficiente para serlo.

–Exactamente, es lo que quería decir, a través de un ejemplo. Mira a tu izquierda, observa la chica que camina apresurada con la chaqueta de cuero y minifalda, es una dama de compañía; siempre está en esa esquina y cuando camina rápido es porque ta tiene algún cliente. Su vida transcurre rápido, el tiempo para ella es oro y dinero.

Todas las tres historias se relacionaban. Todas tenían que ver con el tiempo. Todas apuntaban a un mismo horizonte, la vida. Él y yo éramos esclavos del tiempo. Yo una década mayor que él.

¿Cómo entonces había tantas cosas comunes, cómo podía entenderme y yo a él?

La oscuridad pronto se tendió como un manto sobre el cielo. Sólo los faroles nos alumbraban. Él tenía la sonrisa más increíble que había visto antes. Era su sinceridad lo que me dejaba atónita. Ya desearía yo poder ser como él. Pero, no podía. De haber sido sincera, le habría confesado las ganas que sentía de besarlo, cada vez que hablaba o sonreía. Me limité sólo a escuchar cada una de las historias que creaba con cada una de las personas que transitaban por la plaza, frente a nosotros, que no éramos tan diferentes al resto de la gente; pero que soñábamos con serlo.

–Cuéntame de ti. ¿Por qué estudiaste para profesora?

–Es una historia, algo singular. Ni siquiera quería ser profesora. Soy o fui muy introvertida desde joven y me asustaba el sólo hecho de hablar frente a mucha gente. Era callada y algo reservada. Pero cuando salí del liceo, un tío que trabajaba en el pedagógico, me llamó para decirme que había cupos para entrar un mes después de graduarme. Sin pensarlo mucho, dije que sí. Escogí literatura porque siempre me gustó leer. Recuerdo esconderme debajo de la cama de mamá a los 12 años, para leer alguna de sus novelas de Bianca o Jazmín. Y entiendo ahora, porque las escondía, eran de contenido muy erótico.

–¡Eras traviesa entonces!– exclamó.

–No, realmente muy curiosa.

–La curiosidad mató al gato, dicen.

–Sí, pero como diría Saramago, nunca se dijo si valió la pena, lo que encontró.

Él voltea a mirarme, sorprendido por aquellas palabras. Me mira fijamente y yo, bajo la mirada.

–¿Y tú? ¿Tienes planeado ya lo que vas a estudiar al salir este año? pregunté intentando desviar su atención.

–Sí y no. Si me preguntas, me gustaría viajar por todo el mundo y contar mis hazañas, así como el Cid o el Quijote.

–¡Eres un chico soñador!

–Sí, tal vez pero "la vida es un sueño", eso dijiste la clase pasada.

Sonreí sorprendida por su habilidad para escapar de algunos apuros. Vi la hora, pronto serían las nueve.

–Debo marcharme.

–Yo también debo llegar a casa. Podemos irnos en el mismo Taxi.

–Me parece estupenda tu idea.

Caminamos hasta la parada de taxis, tomamos uno. En el auto, hablamos poco. Sentía su mirada, y creo que disfrutaba al verme algo perturbada.

El taxi lo dejó primero a él; bajó del auto, pagó al conductor y se acercó a la puerta para despedirse.

–Esta ha sido una tarde única. Metió un poco la cabeza inclinándose para darme un beso en la mejilla.

Me acerqué un poco. Y sus labios rozaron levemente la comisura de mi boca. Lo miré y él sonrió. El taxista arrancó y lo vi de lejos entrando al edificio.

Durante el camino a casa, sólo podía sentir la suavidad de sus labios junto a los míos.

Sé que era una locura. Pero ¿qué es la vida, sin un toque de locura?

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