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Portada de la novela Poséeme

Poséeme

Santino Rivas, un prestigioso abogado marcado por la frialdad y la incapacidad de sentir afecto, cruza su camino con Abril Evans. Ante la urgencia de costear la operación de su hermana, la joven de 21 años acepta una propuesta inquietante: recibir el dinero a cambio de su entrega total. Bajo un contrato que impone discreción y veta cualquier sentimiento, Abril se sumerge en una relación de poder y lujo donde deberá elegir si sucumbir ante el control de Santino.
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Capítulo 3

Ni bien Abril llegó hacia la oficina, explicó lo sucedido, dado que algunos clientes habían llamado a la agencia y se habían quejado de la tardanza. La verdad que solo había estado 20 minutos varada en el tránsito. Tiempo suficiente para que le costará su trabajo ¿Qué iría hacer ahora? Había perdido su segundo sustento y con él las ilusiones de juntar cuanto antes el dinero para que Catalina pudiera volver a caminar.

- ¡Grandísimo imbécil! – entro al departamento a los gritos y tirando su morral al suelo.

- ¿qué sucedió, por qué estas tan temprano en casa? – indaga sorprendida Erika quien aparece desde la cocina con un delantal de chef y toda llena de harina y detrás de ella, Cathy, toda enharinada y conteniendo la risa. Aunque claramente la imagen era divertida y las tres estallaron en carcajadas.

- ¡qué te pasó hermana? – y fue entonces que recordó por qué estaba tan enojada.

- Por culpa de un imbécil, perdí el trabajo. – eso fue suficiente para que la sonrisa se borrara del rostro de la niña por completo. – no… no… amor que cómo sea conseguiré ese dinero para que podamos viajar.

- Sí y yo la voy ayudar. – dice Erika, aunque, a decir verdad, juntar esa suma y encima en dólares era casi imposible. Pero no podían romper las ilusiones de la niña, porque solo ella sabía lo que se sentía estar postrada en esa silla de ruedas. De repente, el teléfono de la casa, sonó y las tres se miraron fijamente y Cathy al mismo tiempo que Erika gritaron.

- ¡otra vez ese pesado! – y concluyeron con risas.

“El pesado” no era otro más que Mauro, su novio con quien llevaban 1 años y medio de relación y tenían planes a futuro juntos.

Desde que había pasado todo aquello de los padres de Abril, siempre estuvo predispuesto ayudarla, hasta trabajaba el doble para poder juntar algo de dinero y ponerlo “en el pozo” de dinero para que Cathy pudiera volver a caminar. Ella merecía poder cumplir su sueño de ser una gran bailarina y sabía cuan importante eran sus piernas para lograrlo.

- Hola amor. – habla del otro lado de la línea.

- Hola mi vida ¿cómo estás? – le pregunta ella tratando de que no se le notara el malestar por haber perdido el trabajo.

- Bien, por suerte bien. Pero gracias a Dios que pude comunicarme con vos, quiero invitarte a comer a un lugar muy lindo. – él llevaba un mes en su segundo trabajo como cajero en un banco y quería invitarla a cenar a un lugar lindo donde ella pueda sentirse cómoda sin preocuparse por nada. Llevaba seis meses alterada por las circunstancias y era momento de respirar un poco.

- No lo sé amor, tengo que cuidar a Cathy y ayudar a Erika con la cena. – dice, pero de fondo él podía escuchar los gritos de ambas mencionadas que desestimaban su escusa.

- Por favor mi amor, te juro que no te vas arrepentir. Además, tengo muchas ganas de tí. – era increíble como él, refiriéndose a sexo, podía sentirse tan intimidado. Será por eso que le gustaba tanto y lo quería tanto. Se sentía enamorada, nunca antes se había sentido así.

- Bueno, esta bien. – dice poniendo los ojos en blanco.

Esa misma noche, había elegido ponerse un vestido blanco que resaltaban muy bien sus pechos grandes y turgentes y cómo sería una noche especial y fogosa, se había elegido un escote prominente, pero a la vez sugestivo porque ya que llevaba un encaje color piel que te daba a creer que no solo le cubría sus pechos esa tela blanca, cuando era un todo.

Eligió ponerse unos zapatos taco aguja de color plateado y para el cabello, se lo dejó suelto en tanto el flequillo, negro como la noche, estaba colocado hacía un costado. Como maquillaje, se puso pestañas postizas, un delineado de gato que resaltaban sus ojos cafés oscuros y un rojo fuego en sus labios que podría encender ideas a cualquier hombre o mujer que pasara por la calle.

Una vez que estuvo lista, el timbre sonó y cuando ella abrió la puerta, se encontró con su novio, vestido casi de gala, por el lugar donde iban, y con una flor en la mano. Una rosa roja como sus labios.

- Awww. – dijeron al unísono Cathy y Erika. Lo cierto era que se estaban burlando de lo cursi que podía ser a veces ese hombre, pero aun así le encantaba para ella. Por qué, además, él había sido muy importante para las dos cuando murieron sus padres.

- Basta. – dijo ella riendo a sabiendas de que ese tipo de comentarios lo hacían poner rojo a Mauro.

- Hola amor. – dice por lo bajo y deposita un beso en sus labios.

- Hola vida mía. – contesta ella mirándolo con ojos de enamorada. - vamos porque estas dos dicen cualquier estupidez. – y se van al compas de las risas de su hermana y su amiga que los miran desde la puerta.

- ¡usa condón cuñado! – le dice Cathy y Abril se dio la vuelta para hacerle señas de que cierre la boca conteniendo la risa.

- Igual traigo uno en el bolsillo. – suelta él avergonzado.

- ¿sólo uno? – y ríen. Si había algo que le gustaba a ella, era el sexo y si era con él, mucho mejor.

Cuando llegaron al lugar, ella quedó enamorada de la ambientación. Las luces eran de colores cálidos que daban la impresión de ser un lugar amplio, cuando en verdad no lo era tanto. Cuando la chica de recepción se acercó a ellos, él dijo su nombre y entonces los acompañó hacía una de las mesas que daban a la ventana que, a su vez, daba a una fuente llena de luces con ángeles tirando agua de sus bocas. Un sueño realmente.

- Es hermoso y debió haberte salido una fortuna. – dice ella mirándolo con amor.

- Nada es mucho para ti. – entonces ella, sintiéndose afortunada extendió su mano y la tomó.

- No sé que haría sin ti. Te quiero tanto. – y se levantó para tomar sus mejillas y acercarlo a su rostro. Quería besarlo.

- Te amo. – dijo él entre sus labios.

- Y yo a ti. – concluyo con una sonrisa.

Se habían pedido unas pastas con salsa y para beber vino tinto. No era el más caro, pero por era lo que podía pagar.

Durante la cena hablaron de todo tipo de cosas, especialmente sobre la operación de Catalina y pese a que él le ofreció darle la mitad de su sueldo ella no lo aceptó. No era mucho lo que ganaba y no quería que terminara por pensar que se aprovechaba de su buen corazón. Ella debía sacar sola a su hermana.

Le contó también, el incidente que había tenido esa mañana, aunque no le mencionó que la despidieron de su trabajo dado que no quería darle más preocupaciones, ya era suficiente con que su hermanita estuviera desanimada con sus ilusiones rotas de volver a caminar. Ella no sabría cómo, pero conseguiría ese dinero.

- Voy al toilette. – dice ella y el ríe. Es que Abril no era de esas mujeres refinadas, pero si hacía un buen papel cuando debían ir a lugares como en el que estaban cenando.

- Te amo. – le dice y ella se acerca a su oído para decirle algo que provoco que se pusiera duro.

- No veo la hora de estar entre tus piernas. –

Abril era dos mujeres en una. De repente era una mujer tranquila, dulce y romántica y por que no tímida, y por otro lado, era una apasionada de la vida y amante del sexo como ninguna otra que había pasado en la vida de Mauro y amaba el sexo oral por sobre todas las cosas. “por amor al arte” decía siempre que se arrodillaba a sus pies y él no podía dejar de perderse entre el negro de sus pupilas dilatadas.

Ni bien se dirigió al baño, el teléfono, que guardaba en su cartera de mano sonó, y cuando lo atendió se distrajo llevándose por delante a una persona que volcó una copa de vino entre sus pechos.

- Lo siento se…. – y no pudo terminar la frase porque ambos, al unísono dijeron los mismo.

- ¡¿me estás siguiendo?! – él no pudo evitar llevar sus ojos a sus pechos, que estaban empapados del vino que llevaba en su mano y el vestido blanco, se torno de un color rosado. Lo quería matar.

- ¿Puedes dejar de mirarme los pechos? – le dice ofendida mientras intentaba secarse con las manos el desastre que le hizo. – y darme una mano. – en ese momento ella se dio cuenta de lo que dijo y elevó su mirada. – no, me malinterpretes. Me refiero a que me des algo para secarme ¿pero a que idiota se le ocurre venir a los baños con un vaso de vino? – dice muy molesta, pero a todo ello, no había recibido siquiera una disculpa. - ¿y bien? – él la mira sin expresión alguna. - ¿vas a fingir que no me estas mirando los pecho o por lo menos te vas a dignar a pedirme disculpas? –

- Tu me la debes a mí. – dice tajante.

- Que soberbio que eres. – dice con rabia y no puede evitar morder su labio inferior.

- Eso que acabas de hacer fue excitante. – en ese momento ella levanta su mirada y nota que las pupilas de sus ojos toman gran dimensión en ellos. – hazlo de nuevo. – ella lo miro extrañada y lo empujó para adentrarse al baño.

- Lo que una tiene que aguantar de hombres degenerados como usted. –

Algo había pasado dentro de ella, al igual que en él. Ese gesto fue tan excitante que el solo cerrar los ojos e imaginarla haciéndolo de nuevo ya sentía como su miembro se iba despertando. Pero Abril era muy diferente a las mujeres con las cuales estaba acostumbrado a relacionarse íntimamente, ella era rebeldía pura y no se dejaba intimidar por él y eso, en cierta forma, le atraía.

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