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Portada de la novela Por siempre tuya.

Por siempre tuya.

Lucía se aventura hacia lo desconocido con el firme propósito de esclarecer los misterios que marcan su origen. Al arribar a su destino, las indagaciones sobre su identidad la conducen por un sendero imprevisto. Rodeada de enigmas y verdades ocultas, la joven halla un vínculo afectivo tan intenso que resulta inevitable. Esta búsqueda personal pronto deriva en un romance trascendental, una unión capaz de transformar su existencia y su futuro de forma permanente.
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Capítulo 2

"El misterio engendra curiosidad y la curiosidad es la base del deseo humano de comprender."

Neil Armstrong

Las palabras de aquella mujer le parecieron escalofriantes, volteó a mirarla. Esta soltó una carcajada, lo que le hizo presumir que tal vez bromeaba.

–Tranquila querida, es una broma de Felicia– respondió la mujer del mostrador.

–¡Vaya humor negro de la señora!

–Ella es así, pero es muy buena gente– dijo con tono afable

–¿No eres de por acá?– dijo Felicia entrometiéndose en la conversación.

–¡Sí! Soy de acá, sólo que sufro de amnesia– dijo en tono sarcástico.

Isadora rió de forma grotesca. La chica nueva, le había dado una cucharada de su propia medicina.

–Ves lo que te ganas por querer ser siempre chistosa– dijo mientras tosía, aún con la risa ahogada.

–¡No me parece gracioso! Estos cotadinos creen que porque vienen de la ciudad, pueden hablarle a uno como quieren.

Tomó la escoba y subió las escaleras.

–¿Tendrá un teléfono de donde pueda llamar? Mi auto se descompuso a unos metros de acá y debo buscar como remolcado.

–Claro. Allí tienes, puedes llamar.

Lucía tomó el teléfono, le parecía increíble ver aquel artefacto tan viejo, en una época con tanta tecnología digital. Dio vueltas al disco del teléfono para marcar el número de su casa. Solo deseaba que Meche atendiera y no su padre.

–¡Aló! Família Sánchez– respondió la voz femenina.

–¡Hola Meche! Soy yo. Por favor no le digas a papá.

–¡Dios bendito señorita! ¿Dónde está? Su padre anda todo desesperado desde que usted se fue.

–Meche por favor, sólo escucha lo que te voy a decir, no tengo mucho tiempo para hablar.

–Está bien mi niña, dígame.

–No sé dónde estoy, es un pequeño pueblo, pero no pienso regresar a casa. Sólo necesito que sepas que estoy bien. Cuando pueda te vuelvo a llamar. Por favor no le digas nada a mi padre.

–Está bien Lucía, por favor cuídate.

Colgó el auricular del teléfono.

–¡Muchas gracias! ¿Sabe donde queda alguna posada dónde pueda quedarme esta noche y no sea muy costosa?

–Sí se trata de barato, eso está difícil. Pero me has caído bien. Puedo dejar que te quedes en la habitación de arriba. Es mi lugar de descanso.

–Mil gracias. ¿Cómo me dijo que se llamaba?

–Me llamo Isadora, pero puedes llamarme como todos en el pueblo Isa. Es más diré que eres mi sobrina para que mi jefe no se moleste.

–¡Gracias Isa! –respondió emocionada– yo soy Lucía, Lucía López.

–¿Lucía, dijiste? Así se llama este pueblo– respondió sorprendida por aquella rara coincidencia.

–¿Es en serio o bromeas?

–¿Por qué te mentiría?

–No sé me pareció muy raro, sólo eso– dijo encogiéndose de hombros.

–Eres una chica muy linda Lucía para estar sola por estos lugares. ¿Qué edad tienes?

–Justo hoy estoy cumpliendo mis dieciocho.

–¡Oye que bien! Me parece genial. Entonces toma como regalo de mi parte, el hospedaje de esta noche.

–¡No sé cómo agradecerle Isa!

–Digamos que cuando llegué a este pueblo, tendría tu edad y una gente muy buena, me apoyó dándome alojamiento por esa noche y trabajo por una semana, mientras buscaba donde quedarme. Eso nunca lo olvidaré. Esta es mi oportunidad de devolver ese favor, ayudándote a ti.

Lucía le brindó la mejor de sus sonrisas y sus ojos azules brillaron de alegría. Se recostó del mostrador, destapó su paquete de papas fritas, tenía tanta hambre, pero se avergonzaba dd pedirle a Isadora algo de comer. Ya había dado bastante generosa con permitirle quedarse esa noche en aquel lugar.

–¿Ya almorzaste Lucía?– le preguntó Isadora.

–No, la verdad es que ni siquiera he desayunado.

–¡Dios! ¿Por qué no hablas criatura? ¿Acaso no te suenan las tripas?

–Sí, pero no tengo dinero para comprar.

–Bueno, déjame ir a la cocina y buscarte algo. ¿Puedes atender si slguien llega mientras estoy dentro?

–¡Por supuesto!

–Todo tiene su precio, tú sólo cobra y lo colocas dentro de la caja. Aunque hoy no hay mucho movimiento.

Lucía se encogió de hombros, dio la vuelta y se para del lado de adentro. Felicia bajó las escaleras y la miró sorprendida.

–¿Qué haces allí, forastera? ¿Piensas robarle a Isadora?

–¡No, no señora! Ella me pidió que le cuidara el puesto– respondió nerviosa ante la acusación de aquella mujer.

Nuevamente Felicia, soltó la carcajada. Ella respiró profundamente.

–¿Es usted muy graciosa, verdad?

–¡Si te tomas la vida en serio, no vas a llegar a los treinta años, querida!

–¿Usted también vive cerca?

–¡Sí! En el cuarto de atrás– respondió señalando un pasillo.

Lucía no pudo aguantar las ganas de reír, río y Frlicia río junto con ella. Cuando Isadora las vio reír juntas, movió su cabeza de lado a lado. Sabía que el humor negro de Felicia, resultaba siempre un puente para la amistad. Así la conoció ella trienta años atrás y así se convirtió en su mejor amiga.

–¡Ven Lucía, ven a comer!– le dijo mientras colocaba el plato en una de las mesas del restaurante.

El olor de la pasta con salsa boloñesa era exquisito. Lucía sintió que la boca se le hacía agua. Salió detrás del mostrador y se sentó a comer. Realmente no sólo olía exquisito, también sabia a gloria.

–Lucía se quedará esta noche en mi habitación de descanso. Tengo que regresar a la mansión esta noche.

–Está bien, yo estaré pendiente de ella– dijo Felicia.

–Sí alguien la ve, le dices que es mi sobrina que llegó de viaje.

–No te preocupes Isadora. Yo me encargo.

Cuando Lucía terminó de comer, quiso hacer lo que normal hacia en su casa, cepillarse y dar su siesta de la tarde. Pero no estaba en su casa. Ya no.

En ese instante, cayó en cuenta que su vida había cambiado otra siempre.

–Puedes subir, si quieres Lucía, imagino estarás cansada– le comentó Isadora.

Ella asintió con la cabeza. Era como si cada cosa que pensara o sintiera aquella, mujer desconocida lo supiera y le leyera la mente.

–Ven querida, yo te llevo– le propuso Felicia.

Después de todo, la mujer del humor negro, era tan generosa y amable como Isadora. Subió tras ella las escaleras. Felicia abrió la puerta. Ella entró.

–Allí está el baño, puedes usarlo– dijo mientras abría el closet y sacaba una toalla– toma data un baño. Eso te hará sentir mejor. Se nota que lloraste.

–¡Gracias Felicia, eres muy amable!

–También se nota que eres gente fina, hablas hasta bonito.

Lucía sonrió con el comentario.

–Te dejo para que te bañes.

Cuando Felicia salió, ella comenzó a desvestirse. Lucía era una mujer hermosa, su cabello era largo, de un castaño intenso, y sus ojos azules la hacían ver mucho más blanca. Era delgada, pero con un cuerpo escultural. Sus piernas eran gruesas y largas, como las de las bailarinas.

Bailar, ese era su sueño. Todo lo que había hecho, era por lograr su sueño. Abandonar su casa, sus lujos, a su padre; todo eso era por lograr su sueño.

Abrió la regadera, el agua estaba fría, buscó donde ponerla tibia, pero no encontró, sólo tenía una única llave y era la de abrir y cerrar el agua.

Se estremeció por tercera vez en el día. A su mente vino el rostro, la sonrisa y el porte musculoso del hombre con rasgos alemanes.

¿Quién era aquel hombre tan guapo? ¿Sería del pueblo? Tal vez estaba como ella allí, sólo de pasada.

Se secó y colocó la misma ropa. Se recostó en aquella cama pequeña, sintió un alambre que lastimaba su costado. Se levantó y acomodó del otro lado. Se sentía cansada deseaba formar un poco. Pero no dejaba de pensar en el chico rubio, ni en su padre, ni en que haría de ahora en adelante.

Estaba tan acostumbrada a que su padre decidiera todo por ella, estaba tan acostumbrada a los lujos, a la buena comida, a no tener preocupaciones, a dormir hasta tarde, a recibir la comida en la cama, a no tener que preocuparse por ropa, comida, ni dinero. Pero ahora todo era diferente.

La angustia comenzó a apoderarse de su mente. ¿Dios podría soportar tanto? Por momentos pensó en volver a su casa. Pero entonces, todo habría sido en vano. Tendría que pedirle perdón a su padre por pretender hacer realidad sus sueños, a parte de tener que someterse a cumplir todas sus órdenes.

Tampoco estaba dispuesta a eso.

Finalmente se quedó dormida por algunas horas. Despertó casado escuchó que alguien tocaba su puerta. Se levantó y abrió.

–Buenas noches Lucía, Isadora ya se fue. ¿Me acompañas a cenar?

–¡Sí! Déjame lavarme la cara y ya bajo.

–Te espero entonces. No tardes mucho. Mira que el viejo que sale en el pasillo, le gusta salir a esta hora para tomar su café.

Ella la miró asustada. No sabía si se trataba de otra de sus bromas o si está vez hablaba en serio.

–No juegues con eso, por favor.

–No juego, te lo digo en serio.

–Entonces, espérame aquí, sólo me cepillo y bajo contigo.

–¡Vaya que eres miedosa!– dijo y rió al verla preocupada.

Felicia la esperó en la habitación hasta que salió del vaño. Bajaron juntas hasta el comedor de la cocina.

Ya la mesa estaba servida. Tostadas, café con leche, omelette y queso rallado.

Lucía como con mucho apetito. Felicia la observaba, mientras comía.

–¿De dónde vienes Lucía?

–De la capital, vivo en Caracas.

–¿Por qué estás por estos lados? ¿Se nota que eres una joven de buena posición?– le comentó Felicia.

–¿Alguna vez has tenido un sueño?

–¿Uno? Miles, pero son eso, sólo sueños– respondió jocosamente como suele hacerlo.

–Es justo lo que deseo evitar, que mis sueños se queden en mi imaginación. Quiero ser bailarina y mi padre se opone a ello.

–Bueno yo quería ser actriz, pero como no tenía padre, pues, el dinero se opuso a ello.

Nuevamente Lucía no pudo evitar reír con aquel comentario.

–¡No se puede hablar en serio contigo!

–Pues... ¡No!– contestó, soltando su estrepitosa risa.

–Cuando llegué, me topé con un hombre muy guapo, rubio, de ojos muy azules. ¿Quién es él?

El rostro de Felicia cambió bruscamente. Su sonrisa se desvaneció y se quedó pensativa.

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