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Portada de la novela Por fin te encontré

Por fin te encontré

Lance Mckeson es un millonario rebelde que oculta un pasado traumático tras una fachada de lujos y seducción. Su camino se cruza con el de Karina Lara, una mujer precavida que utiliza sus prejuicios como escudo emocional. Aunque son polos opuestos, surge entre ellos una química imparable que los obliga a enfrentar sus mayores temores. El desafío será descubrir si su amor podrá sanar las heridas antiguas o si los secretos los separarán para siempre.
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Capítulo 3

Al día siguiente

New York

Lance

El dolor de cabeza es insoportable. Apenas abro los ojos, la resaca me golpea como un tren en marcha. Han sido días de fiesta tras fiesta, pero lo de anoche fue demasiado. Esas chicas parecían expertas en beber, y yo… bueno, no sé ni cómo llegué a mi departamento.

Llevo una mano a la frente, intentando aliviar el malestar, cuando el celular vibra sobre la mesita de noche. Lo tomo sin mucho interés, pero al ver la pantalla, el estómago se me revuelve.

Treinta llamadas perdidas de mi madre.

—Mierda…

Desbloqueo el teléfono y reviso la fecha. 2 de enero. Debí haber ido a la oficina.

Me incorporo de golpe, pero el movimiento me marea. Estoy jodido. Mi madre debe estar furiosa, y mis sospechas se confirman cuando el celular vuelve a sonar. Tomo aire y contesto.

—Sí, madre…

Apenas logro articular esas palabras cuando su grito me atraviesa el oído.

—¡No lo puedo creer, Lance! ¡Por una vez te pido algo y no puedes cumplirlo! Me prometiste qué harías las cosas diferente, pero me equivoqué. Tu hermana tiene razón: eres un inmaduro.

Me paso una mano por la cara, tratando de lidiar con su furia.

—Madre, por favor, deja de gritar y escúchame. Mañana estaré en la oficina, sin falta.

Lo único que oigo es el sonido seco de la llamada al cortarse. ¡Genial! Me dejo caer en la cama, cerrando los ojos. Quizás, si duermo un poco más, la resaca pase.

A la mañana siguiente

Anoche el timbre sonó, sacándome de mi letargo. Con un esfuerzo pesado, me arrastré fuera de la cama y abrí la puerta. Phillip me esperaba del otro lado con su habitual sonrisa socarrona, como si no entendiera lo que era una resaca infernal. Apenas pude procesar lo que decía. Su entusiasmo por salir otra vez me parecía una tortura. Después de días de excesos, mi cuerpo ya no aguantaba más y la llamada furiosa de mi madre seguía retumbando en mi cabeza. No tenía opción, debía enfrentar la realidad.

Negué con la cabeza y le dejé claro que esta vez no iba a acompañarlo. Phillip suspiró con fastidio, murmuró algo sobre perderme una gran noche y se encogió de hombros antes de marcharse. Cerré la puerta con un suspiro pesado y me apoyé contra ella. El mareo todavía me nublaba los sentidos, y el dolor de cabeza era insoportable. Mañana me esperaba un día largo, uno que, sin saberlo, cambiaría todo. O me convencí de eso.

En fin, el despertador me arrancó del sueño con su insistente pitido. Me quedé un momento mirando el techo, sintiendo el peso de la resaca aún presente, aunque menos agresiva que anoche.

Me arrastré fuera de la cama, me duché y me vestí con desgano. Frente al espejo, ajusté la corbata con manos torpes. No sé qué hacía aquí. No quería estar aquí. Pero el acuerdo estaba hecho: seis meses en la empresa y después sería libre. Seis meses y podría largarme de nuevo a Francia, mi hogar... o algo parecido.

Así el frío de la mañana me golpea al salir del edificio. La ciudad bulle de vida, autos y personas moviéndose con prisa, como si el mundo dependiera de cada uno de sus pasos. Me pierdo entre ellos, avanzando con el piloto automático hasta llegar al edificio de la empresa.

Estoy frente al ascensor. Mi estómago se revuelve con ansiedad. Seis meses, me recuerdo. Solo seis meses.

Observo a la gente subir y bajar, y cuando el ascensor finalmente llega, me meto en uno vacío. Me apoyo contra la pared, dejando que el zumbido mecánico del motor me arrulle por un instante. Justo antes de que las puertas se cierren, una figura aparece apresurada. Una chica. Hace señas desesperadas, y sin pensarlo, presiono el botón para detenerlas.

La chica entra rápidamente, con la respiración agitada por la prisa. Es menuda, de unos 1,65 metros, con una piel blanca que contrasta con su cabello castaño, lacio y perfectamente alineado sobre sus hombros. Sus ojos marrones me atrapan de inmediato; hay algo en su mirada intensa, afilada, como si analizara cada detalle a su alrededor sin que nada se le escapara.

Se coloca en una esquina del ascensor, acomodándose con naturalidad, y aunque su expresión es neutra, hay una energía contenida en su porte, una presencia que no pasa desapercibida. No sé si es la manera en que frunce apenas los labios o la confianza silenciosa en su postura, pero algo en ella me resulta hipnótico. Además, su sonrisa me envuelve de una manera absurda.

Sin pensar, suelto:

—Te he buscado toda la vida y por fin te encontré.

La sorpresa cruza su rostro. Me observa como si estuviera loco, luego niega con la cabeza y deja escapar una sonrisa, una de esas que desconciertan.

—Porque tú eres la mujer de mi vida —añado con tono juguetón, probando suerte.

—¿Realmente te funciona esa frase? —pregunta con curiosidad, arqueando una ceja.

—No lo sé. Dímelo tú… ¿funciona?

Ella sonríe de nuevo, pero esta vez hay algo más en su expresión. No sé qué es, pero me deja una sensación extraña en el pecho, como si algo hubiera cambiado sin que me diera cuenta.

El ascensor sigue subiendo, más personas entran y salen, pero yo sigo atrapado en su presencia.

—¿Trabajas aquí? —pregunto, intentando prolongar la conversación.

Ella no responde, cambio de táctica.

—Es mi primer día en este trabajo.

—Espero que te vaya bien —responde al fin, con un tono neutro.

—Ya lo es, porque te conocí.

Ella suelta una leve risa y sacude la cabeza.

—¿En qué piso te bajas?

—En el siguiente.

Estoy tan distraído con ella que ni siquiera noto que marqué el piso equivocado. Cuando las puertas se abren, tengo que salir. Antes de que se cierren de nuevo, me giro.

—¿Mañana te veré?

Ella solo sonríe, pero las puertas se cierran y me quedo allí, sintiéndome como un completo idiota. ¿Qué diablos me acaba de pasar?

Un momento después

Las escaleras me han dejado sin aliento, pero apenas noto el ardor en mis piernas cuando llego a mi piso. Mi mente sigue atrapada en lo que acaba de suceder en el ascensor. La puerta automática de la empresa se abre con un leve zumbido, y el aire acondicionado me golpea el rostro, disipando el calor del esfuerzo.

El murmullo de voces, el sonido de teclados aporreándose y el eco de pasos apresurados llenan el espacio. Apenas doy unos pasos cuando una voz familiar me saca de mis pensamientos.

—¡Lance, por fin llegaste! —Roger aparece desde el pasillo, con una carpeta bajo el brazo y una expresión entre la impaciencia y el alivio—. Pensé que no vendrías.

Parpadeo, tratando de concentrarme.

—Aquí estoy —murmuro, todavía sumido en la confusión.

Roger frunce el ceño y me escanea con la mirada.

—Hey… ¿qué tienes?

No respondo de inmediato. En cambio, me llevo una mano al cuello y respiro hondo. No tiene sentido, pero mi pecho se siente extraño, como si una presencia invisible se hubiera instalado ahí. Roger chasquea los dedos frente a mi cara.

—Tierra llamando a Lance…

Parpadeo y niego con la cabeza, intentando recomponerme.

—Roger, no tienes idea de lo que me acaba de pasar.

Su expresión cambia en un instante. Me observa con una mezcla de curiosidad y diversión.

—Déjame adivinar… ¿conociste a una chica?

Cruzo los brazos, apoyándome contra la pared del pasillo.

—Sí, pero no cualquier chica. Ella es diferente.

Roger suelta una carcajada corta y sarcástica.

—Lance, siempre dices lo mismo.

Niego con la cabeza, sintiendo la necesidad de convencerlo, aunque ni siquiera yo entiendo del todo lo que siento.

—No. Esta vez es diferente.

Él inclina la cabeza, entrecerrando los ojos.

—¿Cómo lo sabes?

Me quedo en silencio por un segundo, buscando una explicación lógica, pero lo único que me sale es:

—Solo lo sé.

Roger me observa durante unos segundos más, luego suspira y esboza una media sonrisa de diversión.

—Lance, amigo… estás perdido.

Me río, pero en el fondo sé que tiene razón. Algo en mí ha cambiado en ese ascensor, y todavía no sé cómo procesarlo.

Karina

El murmullo incesante de la oficina llena el aire con el repiqueteo de teclados y el sonido apagado de teléfonos sonando en distintos cubículos. Pero nada de eso logra distraerme de lo que acaba de ocurrir en ese ascensor.

Ese hombre…

Sacudo la cabeza, apretando los labios. No puede ser que todavía esté pensando en él. Un completo desconocido, con una sonrisa demasiado confiada y frases sacadas de una telenovela barata. Seguro es un mujeriego más, uno de esos que lanza líneas ensayadas a cualquiera que se cruce en su camino. Y sin embargo…

El recuerdo de su mirada me asalta de nuevo. Marrón, intensa, como si realmente creyera cada palabra que decía. Inhalo hondo y exhalo lentamente, tratando de concentrarme en los documentos que tengo frente a mí. No es momento para distracciones.

—Karina, disculpa… —La voz de Cristina me saca de mi ensimismamiento.

Levanto la mirada y la encuentro parada frente a mi escritorio, sosteniendo un montón de papeles con expresión de apuro.

—¿Puedes ayudarme con estos documentos? Sé que no es tu trabajo, pero no confío en nadie más.

Su tono es casi suplicante. Cristina no suele pedir favores a la ligera, así que asiento sin pensarlo demasiado.

—No te preocupes, Cristina. Claro que te ayudo.

Ella me dedica una sonrisa agradecida, pero no se marcha. Su postura cambia sutilmente, su expresión se vuelve más seria.

—En realidad, necesito algo más.

Dejo el bolígrafo sobre la mesa y cruzo los brazos.

—Dime.

Cristina vacila un momento antes de hablar, como si midiera sus palabras.

—Como sabes, mi hermano empezará a trabajar aquí y necesito a alguien que le enseñe el funcionamiento de la empresa.

Frunzo el ceño de inmediato.

—Cristina, hay otras personas más calificadas para eso.

—Lo sé, pero siendo sincera, no quiero problemas con las secretarias. —Suspira y sacude la cabeza con resignación—. Mi hermano es un mujeriego. No puede ver a una mujer sin querer algo.

Ah. Ahora todo tiene sentido.

—Y tú eres una chica centrada, no como las demás que se derriten por cualquier galán —añade, con una sonrisa que pretende ser halagadora, pero que solo me hace sentir como si me estuviera condenando a una tarea tediosa.

Genial. Ahora soy la niñera de un casanova.

Aprieto los labios, intentando encontrar una forma educada de negarme. Pero en cuanto abro la boca para responder, mi corazón late más rápido. Porque tengo un presentimiento…Un presentimiento que me dice que esto se saldrá de mis manos.

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