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Portada de la novela Perverso Millonario

Perverso Millonario

Aleksander Konstantinov proyecta la imagen de un ejecutivo perfecto, pero bajo esa fachada late un peligroso lobo ruso. Por mandato de su padre, Dimitri, llega a Manhattan con un objetivo letal: ejecutar a la hija ilegítima de su madre. No obstante, la misión de venganza se quiebra cuando una atracción imparable surge entre ambos. El despiadado licántropo, habituado a la destrucción, halla en su víctima la única fuerza capaz de calmar su instinto salvaje.
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Capítulo 3

Mis labios detestan las palabras retorcidas y engañosas que solo me hacen aborrecerlo. Sí, de seguro intenta envolverme en una falacia. Es un demente. Sollozo de pronto, ha dicho algo sobre la mafia, lo que recrudece mi situación ahí.

No es cualquier loco, es el peor. El miedo me amarra, me vuelve cenizas.

—¿Qué quieres de mí? —sopeso bajito, mis latidos vuelan bajo su mirar malicioso.

—Te preguntas, ¿qué quiero de ti? —repite, me aguanto las ganas de rodar los ojos, su acento es tan impertinente —. Deberías de estar postrada ante mí, después de todo te he salvado de nuestros enemigos. Así que no seas malagradecida.

¿Qué rayos se cree este idiota?

—No eres Dios, imbécil —rechisto disparándole odio.

No debí decirle eso, en respuesta me aprieta el rostro con tanta fuerza que gimo de dolor. Obligada a mirarle a los ojos me quema su mirada. La rabia que dispersa con desafuero es hielo, y bordea también un fuego destructor.

Me hace daño, me trata de vil forma, es el malo, un secuestrador, asesino, encima un mafioso, aún así ¿por qué sigo pensando en su físico impactante?

—Apuesto a qué no quieres ser una presa, si es tu caso, no me provoques. No te imaginas las mil maneras que pienso en como puedes saciar mi apetito, Luna —advierte con notable lascivia en los ojos, en el tono descarado de su voz.

—No te atrevas —lo enfrento haciendo el intento de retirarme, me lo impide levantándome en un movimiento inesperado.

Sus atrevidas manos están en mi cintura, me mantiene en pie, sinceramente no podría resistir por mi cuenta. La energía y la fuerza en mi escasean. Pero su agarre es brusco y solo me lastima más. Libra una mano y la pasea sobre mi mejilla lastimada, parece estudiar el golpe. Incapaz de soportar su invasión, evado sus verdes grisáceos que no dejan de leerme.

—Tu insolencia se lo ha ganado, pero no soy tan malvado, haré que te revise un doctor —declara como si fuera en verdad benevolente. Luego hace una mueca de desagrado, se aprieta el tabique de la nariz y niega con la cabeza —. Apestas, vas a necesitar que te duche.

¿Qué?

Abro de par en par los ojos.

Él de ninguna

manera lo va a hacer.

***

“Susto De Muerte”

Ciudad de New York.

6 meses antes.

El día augura un clima frío, es de esperarse el panorama grisáceo durante esta estación del año en la ciudad que nunca duerme, es invierno. Tomo de la percha la gabardina beige, y me doy un vistazo en el espejo, para el día de hoy he decidido llevar un vestido blanco al ras de las rodillas, stilettos del mismo color y escaso maquillaje. Mi cabello castaño y lacio permanece en un recogido, algunos flequillos adornan mi frente. Tal parece que me veo bien, así que tras cerciorarme de que todo está en su sitio, puedo irme a trabajar.

Y sí que debo darme prisa.

¡El tiempo apremia!

Llego al parking, presiono el botón del control para desbloquear las puertas. El Porsche blanco parpadea con las luces delanteras. Me encamino al auto y abordo. Me meto en el tráfico tedioso, es terrible, ni modo. En la espera me pongo a escuchar la radio, no suena una melodía que calme mi impaciencia, todo lo contrario, habla el locutor repitiendo qué hora es.

¡Faltan cinco minutos para las ocho y media!

El retardo se lo echo a mi descuido, no debí quedarme despierta hasta altas horas de la noche. Pegar un ojo se me dificultó, en parte era el estúpido insomnio que aparecía inoportuno.

Uno que otro claxon suena detrás, a mi par, por todos lados. Como si eso cambiara algo. Bueno, apenas avanza la cola.

Bufo.

Le marco a mi padre.

—Buenos días Lunita, ¿pasó algo?

—Buenos días, padre. Estoy atascada en el tráfico, lo siento…

—Calma, hija. No pasa nada si no puedes acompañarme en la reunión.

—En serio quería estar, y no creo que llegue a tiempo. Me siento pésima.

—No te preocupes, ya debo entrar, cuidado al conducir.

—Espero que todo vaya bien.

—Ya verás que sí.

La llamada termina, vuelvo a poner el móvil en su sitio. Al cabo de media hora pude escapar del horrible tráfico. No lograré estar en la junta, al menos estaré presente para darle la bienvenida al nuevo accionista de la empresa. Mi pecho rebosa de felicidad a sabiendas de que el futuro del negocio familiar ya no se irá en declive.

Aunque falta hilvanar sobre algunos puntos, ya queda nada para que nuestros problemas económicos se acaben.

Llegar a Miller.Inc me saca una sonrisa, es mi zona de confort, desde que tengo uso de razón es uno de los lugares en que me siento bien. Ahora que también es mi zona laboral, me complementa.

Saludo a Paulina tirándole un beso al tiempo que me apresuro tomando el elevador.

—¡Ten un excelente día! —desea antes de que las puertas espejadas se cierren.

Logro corresponder con una sonrisa.

Una vez he llegado al piso, me encuentro de frente con la secretaria de papá.

—Buenos días, Regina.

—Bienvenida, joven Miller. Iré por unos cafés, luego lo llevaré a la sala de reuniones, con permiso —añade urgida.

—Entiendo.

Entro a la enorme oficina de mi padre en busca de unos folios firmados. Me los llevo conmigo a mi puesto; todavía no me gradúo de administración de empresas, pero mi padre me ha dejado la vacante de asistente administrativa, él cree en mí, en el potencial nato que tengo con los cálculos. Cosa que heredé de él.

Karol, la jefa de administración, me da mis tareas diarias. Es una mujer hermosa de abundante melena rojiza, perfeccionista, y sin dejar de lado su dulzura y comprensión a la hora de evaluar mi trabajo.

—Preciosa, Luna, ¿cómo estás? —su ojos miel comparten un brillo simultáneo que aviva el buen humor que trae junto a una suave sonrisa.

—Karol, de hecho me siento mal por llegar tarde, ansiaba estar con papá en la junta —hago un puchero.

Rodea el escritorio, se posa frente a mí y sus delicadas manos se posan sobre mis hombros dejando la sutil caricia de apoyo. Logra que sonría un poco.

—Ánimo, ya será la próxima, por otro lado, ten la plena seguridad de que esa reunión será un éxito. Hace mucho que conozco a Riccardo, es un sujeto de fiar, benévolo y sabe que con su aporte a este lugar va a conseguir exorbitantes ganancias.

—Tienes toda la razón del mundo, ahora si me lo permites, iré a trabajar. —aviso, hago el amago de retirarme, su mano se enrolla alrededor de mi antebrazo, impidiendo mi salida. La miro —. ¿Qué?

—¿Cómo van los estudios? Te necesito aquí, pero importa más la universidad —admite en un tono bajito.

—Todo bien, no te preocupes, puedo combinar ambas cosas sin perder el ritmo en cualquiera de las dos. Oye, Karol, ¿puedo tomarme la tarde libre? —averiguo, rara vez me negaría algo así, de todos modos pregunto.

—Por supuesto que sí, has trabajado duro estos días, que te lo mereces, preciosa. Antes de que te vayas, ve por dos cafés —añade guiñando un ojo.

—Claro, ¿descafeinado?

—No, hoy me apetece un delicioso capuchino.

—De acuerdo, volveré pronto.

De volada me marcho camino a la cafetería favorita de mi jefa, no es que la de Miller.Inc no le agrade, sino que cruzando la calle está una reconocida que frecuenta desde pequeña, eso me contó. También se ha vuelto mi elección a la hora de tomar café de distintas maneras. La distinción del lugar se lo ha ganado por su atención y la mezcla explosiva de sabores en cada orden.

Es un sitio donde sentarse a tomar un café, mientras afuera llueve y poder mirar millares de gotas a través del vidrio, lo vuelve un momento de calma y especial. No lo sé, así lo siento, a mi parecer Coffe City York es indescriptible.

Antes de poner un pie en la carretera, la balacera empieza, a todas direcciones, el miedo se apodera de mí. Me quedo paralizada, el terror se ha apropiado de mi cuerpo y no quiero ser una víctima, un cuerpo caído. Necesito protegerme, de la nada aparece un sujeto que tira de mí, me lleva de la mano, quisiera saber su identidad.

Todo es tan rápido, que no me da tiempo de reconocerlo. Me apremia a subir al auto en el puesto de copiloto, él hace lo mismo abordando al volante.

—Estás a salvo —me dice en un tono tranquilizador que por un momento ha logrado ahuyentar la inquietud.

Al fin lo miro, tras clavar los ojos en los suyos tan familiares vuelvo a respirar con normalidad.

—¿Jake?

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