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Portada de la novela Pequeña Mía.

Pequeña Mía.

El flechazo fue inmediato para él; desde aquel primer encuentro, tuvo la certeza de que su destino estaba ligado al de ella. Estaba dispuesto a superar cualquier barrera con tal de salvaguardar su unión. No obstante, la joven, cuya máxima ambición es graduarse en medicina, acabó destruyendo sus esperanzas de una manera imprevista. Esta historia narra una entrega total que culmina en un alma rota, demostrando que se puede herir profundamente sin tocarse.
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Capítulo 3

Apresurada camino por los pasillos de la universidad rumbo a la salida.

—Tienes que esforzarte más —comenta el chico que está a mi lado.

—¿Y quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer?—pregunto, deteniendo mis pasos para enfrentarle.

—Vine a...

Alzo mi palma para que se detenga.

—Viniste porque ellos te lo pidieron, conmigo no te hagas, y no me sigas, tú y yo somos simples conocidos, no vengas a opinar de si me esfuerzo o no, que te quede claro —me doy la vuelta, dando zancadas hacia la salida.

Estoy ardiendo en rabia, hoy no es un buen día que digamos, estuve trabajando tanto para ese proyecto y resultó ser un fracaso, como mis padres nunca asisten a nada que tenga que ver con mis estudios desde pequeña, no tendré que darles ninguna explicación.

Sacudo la cabeza echando mi melena hacia atrás, miro hacia el frente buscando a mi chófer, pero se me escapa el aire de la impresión, jadeo sorprendida, doy varios pasos hacia atrás, y me pego de espaldas a una pared.

¡¿Qué está haciendo él aquí?!

Respiro agitada, sin poder asimilar aún que él esté ahí, y con un ramo de flores, siendo tan cursi como en las películas, Dios, en serio no piensa rendirse.

Acomodo mi cabellera sobre mis hombros y soplo mis palmas por el sudor, suelen sudarse por mis nervios, respiro hondamente y salgo de mi escondite, llena de nervios y con las piernas hechas gelatinas, es demasiado para mí tenerlo en frente, es que es tan guapo, y tan misterioso también.

Avanzo, nerviosa y jugando con mis manos entrelazadas. Cuando chocamos miradas, sucede algo extraño, como si una conexión entre nosotros hiciera chispas, ni siquiera parpadeamos durante el rato que nos quedamos mirándonos intensamente.

Sus ojos son de un café oscuro que hasta podía confundirse con negro, sus labios tienen un tono morado, su barba está bien recortada, y sus cejas sacadas perfectamente, su postura y en la manera en la que mira se podía decir que era de un depredador muy peligroso, es alto y grande, delante de él, soy un pinguino.

—Estás aquí —suspiro, sosteniendo con fuerza la tira de mi mochila.

—¿Ujum?—inquiero, acercándose. Desvío la mirada tragando grueso. —. ¿Te pongo nerviosa?

Suelto una pequeña risa temblorosa.

—Ya quisieras.

Sonríe travieso, alejándose un poco, cosa que agradezco, no sé por cuánto tiempo podía aguantar la respiración.

—Te traje éstas flores —me extiende las flores blancas.

Las tomo un poco nerviosa, ¿en serio? ¿un poco? Estoy que mis piernas ya no son seguras.

—Gracias, eso ya no es tan común —vuelvo a mirarlo a los ojos.

—Yo menos —me guiña un ojo.

—No seas cursi —me balanceo oliendo las flores, me encantan las flores blancas, tengo varias favoritas, y raramente no me gusta una más que otra.

—¿Qué? No me digas que eso te derrite —dice divertido

—¡Ey! —lo tomo del brazo alejándonos del lugar.

—Ya —alza las manos en defensa. —. Te propongo dos cosas, es una o la otra, no se vale ninguna, te llevo a casa o a comer helado —se coloca frente a mí, deteniendo mis pasos.

—Eso es trampa —chillo, bajito a penas. —. Mary tuvo que haberte dicho algo, sabes que no te dejaré llevarme a casa y que tampoco negaría una invitación a comer helados —me cruzo de brazos fulminándolo con la mirada.

—Vale, lo acepto —entra sus manos en los bolsillos delanteros de su pantalón. —. Pero, no te me escaparás.

—Ni modos, no eres de aceptar un no —me encojo de hombros.

—Déjame ayudarte, sólo espero que no lleves piedras ahí —retira de mis hombros mi mochila y la lleva a la suya. —. Vamos que el helado no vendrá a nosotros —empieza a alejarse.

—Muy gracioso —ruedo los ojos caminando junto a él.

No pasa ni diez minutos y ya estamos en una heladería, mientras como de mi helado de fresa con mermelada encima me desahogo con él sobre mi proyecto, de hecho sino me hubiera preguntado por como iba con la universidad ni me acordaba.

Paso un mechón detrás de mi oreja mientras siento su mirada como fuego sobre mí.

—Me gusta poder ver tus expresiones, por teléfono sólo puedo imaginar tus facciones, gestos y eso —expresa, mirándome confuso.

Sonrío sin poder evitarlo.

—En cambio yo siempre tengo presente tus ojos —confieso tímidamente.

—OHH —jadea, haciéndose el impresionado. —. Eso es lindo.

Mira su teléfono por unos segundos y bufa.

—¿Todo bien?—pregunto, no quiero sonar metiche, pero la curiosidad no me deja.

—Los tórtolos —rueda los ojos.

—¿Se pelearon?—pregunto, con cierto interés.

Niega con la cabeza, y me encojo de hombros ya que no entiendo.

—¿Tú crees que ese matrimonio funcione?—su pregunta me sorprende, aunque debo admitir que también pensé en eso.

—No lo sé, tal vez un milagro de amor los salve a ambos.

Me mira sin parpadear y sonríe.

—La niña cree en el amor —dice divertido.

—Todo aquel que ama en este mundo, a quién sea que ama, cree en el amor —tomo la última cucharada de mi helado.

Nos quedamos mirando a los ojos sin parpadear ninguno de los dos, él me mira de una manera intensa como si me retara con la mirada, yo no le agacho la cabeza a nadie, y ese placer ni al poderoso de mi padre se lo doy.

—Que seguridad —dice con orgullo en la voz.

—¿Debería tenerle miedo señor?—junto mis manos debajo mi barbilla.

—No, pequeña, de hecho sólo doy miedo cuando mi territorio se ve amenazado —guiña un ojo, ese gesto se ve tan sexy en él.

—Me tengo que ir —le aviso, tomo mi mochila del respaldo de la silla y me paro.

—Te... Olvídalo —sonrío bajito, se para y me deja caminar delante, como si me cuidara la espalda.

Al estar fuera del local volteo para despedirme.

—Te seguiré robando hasta que tengamos otra cita, ya tuvimos una antes, ¿Por qué no otra?—me mira con tristeza. —. Esto no ha sido una cita, no lo uses como pretexto.

—Puede ser —me acerco y beso su mejilla fugazmente antes de darle la espalda.

Al llegar a casa, le pido disculpas a mi chófer quien por suerte no se pasó el rato esperándome ya que me vio marcharme con el moreno.

Me pongo en contacto con mis compañeros para realizar otro proyecto, no me queda de otra, termino la lista de cosas y se las envío.

—Señorita —escucho el chillido de la puerta.

Giro sobre mi asiento y veo a la ama de llaves en mi puerta.

—¿Qué sucede?—pregunto mirándola.

—Los señores solicitan de su presencia en la sala —me avisan con serenidad.

La miro sin saber que decirle, no tengo ganas para tener una conversación con ellos, lo único seguro y bueno es lo que ellos digan, mi opinión no vale.

—Diles que me siento indispuesta —giro regresando mi vista al ordenador.

—La solicitan sí o sí —aclara.

—Vale, ya voy —gruño molesta, ella no tiene la culpa de nada, pero no estoy de humor para soportar a mis padres.

Cierro de golpe el ordenador y bajo a la sala para ver de que se trata su llamado.

—Pueden ahorrarse las disculpas, estoy haciendo esa carrera por mí, no por ustedes y no espero a que me apoyen —hablo mientras paso a sentarme frente a ellos.

—¿Qué pasó con Manuel? —pregunta mi padre.

Río.

—No sabía que tenía un niñero, saben perfectamente que no me agrada, y no quiero tener esta conversación, tengo muchísimas cosas más importantes que hacer —exclamo parándome.

—Siéntate —demanda mi padre.

Ruedo los ojos, y me siento de mala gana.

—Eres una dama de sociedad, y te comportas como tal —dice con molestia, mirándome como si fuese de lo peor. —Manuel es...

—Sí, sí, hijo de tus socios, amigos, lo que sea, no me interesa, estoy segura de que el hecho de que me apoyen con mi carrera tiene un precio y no son ideas mías —sin darles tiempo a que comenten algo regreso a mi habitación.

Bufando me vuelvo a sentar frente a mi ordenador, todo enojo desaparece cuando veo un mensaje de él, sonrío como boba.

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